
Pedro López Lara
Aún inmóvil, pero inquieta ya,
la espada sueña la batalla. Ruega
que el brazo que la empuñe esté a su altura
y sea numeroso y fuerte el enemigo,
que al cerrarse la lid brille encarnado
su filo con la sangre irreparable
de hombres que al caer sintieron digno
su fin, no fruto de un azar borroso,
sino tributo y colofón: destino.
La espada, ensimismada, inquieta, pide
que el combate alimente de recuerdos
duraderos su memoria exigente.
El sueño del acero recrea la batalla,
que, especulada, se planea en él.
Los hombres velan y no sueñan, piensan
en la batalla, afilan sus espadas,
rezan a un Dios que no escucha sus rezos,
que aún no ha decidido qué hará de ellos,
de cada uno de ellos, qué hará de sus espadas
al alba, cuando empiece la batalla.



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