
Fernando Martín Pescador
Carmelo Ramos Rebullida tiene uno de los nombres más sonoros que conozco. Tres erres que rugen bien distribuidas. Dos emes dispuestas estratégicamente. Y una ele y una elle que llevan a la lengua a acariciar nuestra zona alveolar. Para aterrizar de lleno en el planeta Carmelo Rebullida, en Montañana (Zaragoza), hay que atravesar su casa, entrando por la puerta principal y saliendo por la que da a su huerto/jardín. Hay que dejar a la izquierda las higueras y las tomateras, para encontrarnos, al fondo y a la izquierda también, con el pequeño edificio que conforma su estudio. Ya dentro, en un espacio mucho más amplio de lo que uno podía imaginar, Rebullida te muestra, generoso, sus últimas obras. Cuadros bastante grandes que levanta ligeramente para sacarlos a la luz y mostrártelos en mejores condiciones. Evita hacer comentarios. Es consciente del derroche visual y deja que su espectador hable. Su obra es toda su vida y, sin embargo, no habla mucho de sus cuadros. Prefiere mostrarlos. Dejar que el color y las formas fluyan hacia nosotros.
Carmelo habla con modestia. Con mucha prudencia. Tiene interiorizado el respeto que muestra hacia los gustos estéticos de los demás. Escucha atento nuestros comentarios sobre sus cuadros. Es el momento de empezar nuestra entrevista.
¿En qué momento supiste que ibas a dedicar tu vida a las artes plásticas?
Comencé a pintar por puro azar. Mi tío Manolo era perito mercantil y, cuando tenía tiempo, se relajaba haciendo copias de pinturas muy sencillas. Le recuerdo pintando, sobre todo, gatos. Al hombre le faltaba un brazo y, cuando tenía que abrir lo tubos, sufría lo indecible con algunos de ellos, sobre todo con los que no usaba de manera usual. De manera que tenía que llamar a mi tía para que se los abriese. Imagino que así, día tras día, resultaba la cosa muy tediosa y un día, viendo que yo sentía mucho interés, me regaló su maravillosa caja de pinturas americanas. Y así fue como comencé a pintar.
Mi primer cuadro fue una copia de un paisaje de una revista. Me resultó sencillo y fue un éxito. A todo el mundo le gustó, de manera que seguí pintando. Me producía una enorme satisfacción y encima se me daba bastante bien. Más tarde quise estudiar Bellas Artes pero no pude porque, entonces, los que habíamos estudiado Formación Profesional no teníamos acceso a la Universidad. De manera que tuve que aprender a base de ver muchas exposiciones, de visitar muchos museos y gracias a mi enorme curiosidad.
Al principio no pensé que un día pudiera dedicarme a esto, pero, cuando llevaba como doce años pintando, empecé a presentarme a concursos y gané dos muy importantes: el primer premio del concurso Ciudad de Ponferrada y el primer premio del concurso Ciudad de Ejea de los Caballeros. Estos premios me permitieron dejar mi trabajo en la oficina técnica donde trabajaba después de terminar Ingeniería Técnica Industrial.
Es justamente en ese momento cuando me planteo seriamente dedicarme todo el tiempo a pintar. Eran tiempos muy difíciles, pero nuestra fe y nuestras ganas eran inquebrantables. Eran los ochenta, había una bohemia maravillosa y un grupo bastante numeroso de artistas de todo pelaje acudía por la plaza Santa Cruz a enseñar sus cuadros: Laborda, Cásedas, Aransay, Iris Lázaro, Burges, Mariano Viejo, Pacheco Ruiz Monserrat, Cesar Sánchez, el Grupo Forma y muchos más. Toda esta aventura está recogida en el libro Zaragoza. La ciudad sumergida, de Eduardo Laborda.
En el 1978 realicé mi primera exposición en la Galería Traza, ya desaparecida, y recibí muy buenas críticas. Años más tarde me quedaría finalista del Premio Blanco y Negro, el premio más importante de pintura joven de aquellos tiempos en España.
En un momento de tu vida aparece la enfermedad. Un linfoma intestinal que, como me has contado alguna vez, marca un antes y un después en tu biografía.
En 1992 estuve en la Exposición Universal de Sevilla. Me gustó muchísimo, pero mi mayor recuerdo de la visita fue la de un cansancio enorme que, naturalmente, achaqué al calor. Era verano y había unas temperaturas altísimas, lo cual parecía estar justificado. Pero, tras regresar a casa, y viendo que el cansancio iba en aumento, me hicieron unos análisis y salió que tenía una anemia ferropénica galopante. Me hicieron varias pruebas, ya que tenía dolores fortísimos en mi vientre y no veían nada. Así que, en Enero de 1993, fui ingresado de urgencias y descubrieron que un tumor había perforado mi intestino. Tras su análisis, se descubrió que era un linfoma no Hodgking.
Fue una experiencia muy dura, tanto a nivel físico como emocional. Me dieron de alta en el hospital dos meses después con un peso inferior a cincuenta kilogramos. Mi imagen me recordaba a la de los prisioneros en los campos de exterminio nazi y, más aún, cuando me ponía mi pijama de rayas. Recuerdo que quise hacerme unas fotos en blanco y negro con la cámara de fotos y mi madre no me lo permitió bajo ningún concepto.
Tardé dos años en recuperarme, para lo cual me marché a vivir a Sevilla. El diagnóstico era muy severo y mi futuro muy incierto. Yo me encontraba muy incómodo en Zaragoza y sabía que Sevilla, con un clima más benigno en invierno y sus gentes siempre tan extrovertidas, me iría bien. Y para allá partí.
Me instalé en Sevilla en un apartamento en la calle San Vicente, muy cerca del Museo de Bellas Artes, en pleno casco viejo y, enseguida, pasé a formar parte del paisaje. Me dediqué a pintar, a conocer la ciudad y a integrarme con la gente. Enseguida hice amigos (incluso me enamoré), así que tuvo un efecto terapéutico extraordinario. La gente en el sur tiene una filosofía de la vida extraordinaria. Saben disfrutar con cualquier cosa, saben reírse de sí mismos y eso es muy difícil (al menos en el norte). A cualquier cosa le ponen una buena dosis de humor y así la vida se hace más liviana y los problemas son más llevaderos.
Mi experiencia sevillana duró dos años y he regresado muchas veces para ver de nuevo la ciudad y ver exposiciones de amigos o algún acontecimiento importante. Durante mi estancia hice una exposición con los cuadros que había pintado allí. Regresé renovado, simplifiqué mi vida y di más importancia a las pequeñas cosas de la vida. El hecho de vivir solo me dio una enorme confianza en mí mismo y me abrí más a la gente, dejando que mi vida fluyera sin más.
Llevas unos cuantos años pintando y, en tu búsqueda artística y de expresión, te has acercado a muchos estilos pictóricos. Háblanos de algunas de tus etapas artísticas más importantes, por qué te aventuraste en su exploración, qué aprendiste de cada una de ellas.
Mis comienzos no distan mucho de los de cualquier pintor. Mis primeras obras son paisajes figurativos de corte impresionista que me sirvieron para adquirir una técnica que luego desarrollaría. Pronto siento la necesidad de crear algo más personal, teniendo como referencias a Ortega Muñoz y Vaquero Palacios, que me interesan por la síntesis que hacen del paisaje.
Más tarde, e influido por Enrique Gran y por pintores como Martínez Tendero y Eduardo Laborda, comienzo a pintar cuadros entre la abstracción y la figuración. Estas obras de tipo organicista están llenas de sugerencias, donde planos y bultos se mezclan en originales composiciones. El cuadro Espacial 2, de esa época, fue finalista del Premio Blanco y Negro en 1978. Este premio era el más importante de la época para pintores jóvenes.
Poco después, y como consecuencia de un viaje a Basilea y Zúrich, conozco la obra al natural de Paul Klee, que me emociona y atrapa, como ningún otro, por sus cuadros de texturas y su magia. Comienzo a incorporar texturas muy sutiles y llenas de sugerencias a mis cuadros y A. F. Molina escribe: «Rebullida goza de un componente poético inestimable, es la pintura del pálpito, fe de vida del hombre simbólico resumen de sus angustias y desvalimientos; también de sus instantes de exaltación y de gozo. El artista está soplado por la inspiración, el buen espíritu le susurra a la oreja y sus lúdicas invenciones siempre nos atraen, como las ilustraciones de un libro infantil que nos fascinara».
En 1987 realizo una exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes en Santander, con una marcada inspiración étnica influida por el arte primitivo africano. Empiezo también a trabajar el papel artesanal, que me fabrico yo mismo, donde realizo obras muy libres, de carácter abstracto algunas y otras con una figuración muy próxima a la abstracción, muy en la línea del expresionismo alemán del grupo Cobra. Algunos de ellos se vieron en la muestra colectiva realizada en la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual IberCaja) en la exposición Cuatro presencias del arte, con Vicente Badenes, Pepe Cerdá, Margarita M y Carmelo Rebullida. Ana Rioja, hablando de mis pinturas sobre papel, dice: «Su pintura atrapa con fuerza y vigor al espectador. Sus colores son singulares y refinados, y su proceso creador empieza en el comienzo de fabricación del propio soporte».
Catherine Coleman habla de mi siguiente etapa artística: «A comienzos de los 90 empieza a realizar cuadros muy texturados realizados con pasta de papel, polvos de mármol y arenas diversas que crean ricos matices, lo que el teórico Allan Sekula ha denominado Indexicality o la huella real de la mano: La presencia física del artista. Son cuadros hermosos que huyen de la estética de lo feo. Rebullida es heredero del Informalismo Abstracto Español de los años 50 aunque el empleo de la materia y textura, no participa del Angst informalista. La estructura de sus cuadros es una malla de rectángulos con divisiones claras y contornos precisos y participa de la carga emotiva y el caos informalista. El artista ha elegido el fósil como el único motivo recurrente y nos remite al concepto de tiempo, la prehistoria y nuestros antepasados, en fin a nuestros orígenes de la vida».
A finales de los 90 abandono los fósiles y sigo pintando con materia cuadros abstractos con la idea del paisaje como pretexto. En el 2008 empiezo a meter en la superficie del cuadro pequeños espacios reticulados que crean como un mosaico abstracto que culminan en 2010 en una exposición en la Galería Pilar Ginés. Abandono pronto ese camino, en parte porque ya estaba explorado por el Grupo Pórtico (primer grupo abstracto español, incluso antes que El Paso y Dau al Set, nacido en Zaragoza).
A partir de 2010, hasta hoy, pinto con la máxima libertad, no atendiendo demasiado al concepto de estilo porque pienso que ya es algo superado. A veces retomo técnicas del pasado como las texturas y, otras veces, trabajo con pintura muy diluida, dando como resultado abstracciones y, otras, no tanto, en cuadros de gran formato. Me interesa siempre que el resultado sea fresco, placentero y sensitivo. Y siempre cambiante porque la repetición me aburre y con ella no se aprende. Además, ¿qué es la vida, sino un continuo fluir?
Me gustaría que nos hablaras un poco más de la diversidad de materiales que, además de la pintura, utilizas en tu obra. Fabricas tu propio papel y te sientes muy atraído por la textura de los cuadros. Por la piel de tus cuadros.
Siempre me interesé más por el cómo lo pinto que lo que pinto en sí. Es la piel del cuadro lo que verdaderamente me interesa, las sugerencias, atmósferas, el misterio que emana de ellas. Siempre busco la emoción pensando que, si yo me reconozco y me emociono con el cuadro, probablemente habrá espectadores que lo harán también, ya que, en el fondo, no somos tan distintos unos de otros.

En 2018 gozamos de una gran exposición tuya en La Lonja de Zaragoza. Pocos artistas aragoneses vivos pueden contar una experiencia así.
Durante dos años estuve trabajando para esta gran exposición en La Lonja, el mejor lugar para exponer en Zaragoza. Un edificio singular situado en Plaza del Pilar y que es muy visitado por varios miles de personas en cada exposición. Normalmente, se suele hacer una retrospectiva de toda una vida desde los comienzos, pero, en mi caso, decidí enseñar obra de los dos años previos, que ocuparon un 80% del espacio expositivo. Fueron grandes formatos, generalmente de 150×150 cm y de 200×200 cm, y el otro 20%, que correspondía a obras desde el año 1992, muy texturadas con apariencias fósiles.
La verdad es que fue todo un reto. Eran lienzos que envolvían al espectador y creo que en las paredes de la Lonja quedaron muy bien. Tuve que hacer una maqueta a escala, porque el espacio expositivo es complejo, ya que hay como siete espacios diferentes, que hacen muy complicado saber muy bien el número de cuadros que caben y fue bastante laborioso elaborarla ya que también tenía que hacer miniaturas a escala de los propios cuadros, pero, al final, me dio una idea muy clara de cómo iba a quedar, aunque fueran necesarias pequeñas variaciones en el montaje final.
Ciertamente fue un orgullo exponer en este lugar tan imponente donde he visto artistas de tanto renombre y que tanto me han enseñado. La lista sería interminable pero citaré a Rodín, Pablo Gargallo, Tapies, Marín Bagües, Santiago Lagunas, por citar a algunos.
Realmente, cuando me llamó Rafael Ordóñez, Jefe de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, para ofrecerme la posibilidad de exponer en La Lonja, no me lo creía porque era algo que veía muy lejano. Entre otras cosas, porque sinceramente pensaba que no estaba a la altura. Yo generalmente tengo tendencia a valorar más lo ajeno que lo propio y, a pesar de que he obtenido algunos premios importantes, creía que lo disperso de mi obra, por mis continuos cambios, no me iba a hacer merecedor. Pero, mira, me equivoqué. Lo importante es que puse toda mi cabeza, mi corazón y un gran esfuerzo físico en esta exposición. Tanto es así que hasta tuve una trombosis en la pierna debido a las muchas horas que permanecí de pie preparando la exposición.La exposición fue como un premio a los más de cuarenta años que llevo pintando.
¿Cuánto ha cambiado tu vida tras la exposición en La Lonja? ¿Por dónde ha caminado tu proceso creativo desde entonces?
Acabada la exposición de la Lonja, necesitaba un descanso. Preparar la obra y su disposición (lo que sería casi como una muestra antológica de mi carrera) me llevó muchos meses de trabajo duro y gran esfuerzo. Necesitaba un paréntesis y estuve casi 2 años sin pintar. Mi madre murió unos meses después tras un largo proceso de Alzheimer. Fue una lástima que no pudiera disfrutar de mi éxito en ese maravilloso espacio expositivo por causa de su enfermedad.
Terminado ese parón, empecé a pintar de nuevo, con tal mala fortuna que tuve una trombosis en la pierna que me ha dificultado mucho seguir pintando de pie y, por tanto, me impide realizar cuadros de gran envergadura. Así que me limito a cuadros de 100×100 cm como máximo.
Mi necesidad interna de pintar se aminora y solo voy al estudio cuando realmente me apetece. Dedico mi tiempo a otras disciplinas: estudio portugués e inglés, camino mucho, hago natación y salgo con frecuencia en bicicleta.
Sigo exponiendo. He participado en varias colectivas en la galería Torrenueva y, en Noviembre de 2024, expuse individualmente en esta misma galería con bastante éxito. Eso me ha incentivado para regresar a mi estudio de nuevo y seguir en la brecha pintando con ilusión renovada. De manera que, si todo va bien, expondré de nuevo en el mismo espacio el próximo otoño de 2025. Esta vez será obra sobre papel.
Recientemente, junto a otros tres artistas de mi barrio, realicé una exposición colectiva invitado por la Alcaldía de mi barrio. Estuvo comisariada por Rafa Fernando y llevaba el título de “Origen”. Actualmente, he participado en otra más en homenaje a María Forcada en la Casa del Almirante, un palacio del siglo XVI maravilloso, junto a artistas de gran renombre como Antonio López, Farreras, Iturralde, etc.
Así que ahí sigo, porque sin pintar no se vivir y para mí la pintura es vida. Me ha dado muchas alegrías: conocer sitios, conocer gente, hacer amigos, conocerme bien y he experimentado también un reconocimiento entre cierto público que ama el arte. Como dicen los nipones encontré mi Ikigai, mi razón de ser y de estar aquí.

El tiempo vuela en el estudio de Carmelo Rebullida. Uno sale lleno de imágenes irrepetibles. Fósiles. Paisajes imaginados. Texturas. Con las puertas abiertas a los cinco sentidos. Imposible marcharse con el cerebro vacío.



Deja un comentario