
Felipe Díaz Pardo
En la época estival, las ventanas se abren al mundo. La luz entra en el interior de nuestras casas y nos damos cuenta de que existe vida más allá de las cuatro paredes de nuestra vivienda. Era ese mi caso, que habito una diminuta morada que tiene la suerte de contar con un pequeño balcón a la calle. Su escasa superficie la invade un diminuto pasillo con ansias de convertirse en el laberinto que nunca llegará a ser por mucho que se empeñe. La adquirí en un momento de mi vida, allá por mi ya lejana juventud en que un trabajo estable y más o menos prometedor y la ilusión de una relación sentimental, que también preveía duradera, que me dio alas y me hizo caer en la trampa de querer formar parte de la casta de propietarios, aunque fuera a costa de unos pocos metros cuadrados de suelo mal construido y peor enlosado.
Era una casa antigua en un barrio más viejo todavía, en donde sus habitantes llenaban las aceras cada mañana en lamentable tertulia para hacerse partícipes los unos a los otros de los achaques y enfermedades que la edad les tenía destinado a cada uno de ellos, dada la edad provecta de los mismos. En tal entorno me sentía un ser privilegiado, lleno de vida y vitalidad y rodeado de unos vecinos que me trataban con el cariño con que se trata a los hijos e, incluso, a los nietos, categoría de parentesco que parecía mantener a su lado.
Tan idílica situación cambió el día en que las ilusiones de un principiante se fueron al traste. La supuesta unión amorosa se rompió cuando la mujer a la que quería encontró mejor acomodo con otro hombre que le prometió mayores comodidades y un futuro más prometedor, y me quedé solo.
Desde entonces mi vida ha transcurrido con la monotonía propia de las existencias planas, que discurren bajo la tiranía de horarios de un vulgar oficinista y de los paseos rutinarios por el barrio y algún que otro por la ciudad, visitando museos, ferias de artesanía y cualquier evento esporádico propio de la inventiva municipal.
Esa subsistencia tan anodina se volvió a trastocar de nuevo hace unos meses, como castigo a mi impertinente costumbre de observador empedernido, fruto, como se puede inferir, de mi oscuro y triste tránsito por el mundo que acabo de describir con la brevedad necesaria. El aburrimiento de cada tarde me ha hecho otear desde tiempo inmemorial, bien a través de los cristales en estaciones inclementes del año, o bien apoyado en la barandilla del balcón, cuando las suaves temperaturas lo permiten, el trasiego de viandantes que circulan por la calle o escudriñar la vida del vecindario que se trasluce a través de los ventanales, miradores y demás huecos en las fachadas que traspasan la intimidad de sus habitantes y dejan a la intemperie la existencia secreta y particular de los que allí residen.
Esto sucedió desde el mismo momento en que, sentado cómodamente en el sofá, y al dirigir la vista hacia la superficie transparente que me separa del exterior, me fijé, en la figura de un hombre que estaba apoyado en la barandilla de uno de los balcones de la casa de enfrente. Dado el tiempo transcurrido desde que allí vivía, conocía perfectamente los detalles de todo aquello que existía a pocos metros de mí. Había sido testigo de la transformación de aquella arteria insignificante en el callejero de una gran ciudad, pero llena de movimiento y transformaciones continuas. El viejo edificio que tenía enfrente, una antigua corrala, ejemplo del antiguo urbanismo del barrio en los siglos pasados, fue derruida hacía ya unos años y ahora allí se erigía un moderno edificio desde el que aquel nuevo inquilino día tras día se acoplaba sobre aquella baranda como si fuera un intruso que examinada nuestras vidas.
Al principio, tal personaje no me causó más interés que la justa, hasta que vi que se convirtió en un elemento invariable del paisaje. Todas las horas del día las pasaba allí, con una parsimonia y paciencias envidiables, mirando hacia el horizonte, fumando pitillo tras pitillo y paseando por los escasos metros cuadrados de la terraza, que a los pocos días fue ocupado también por un colchón que en las horas diurnas de la jornada permanecía apoyado en la pared.
La rutina se instaló, no solo en mi vida, sino también en la de aquel hombre. Pronto, su silueta apoyada en la barandilla se volvió tan familiar como el chirrido de la persiana del vecino de abajo o el aroma a café que escapaba de la panadería de la esquina. Era como si el destino hubiera decidido asignarnos a ambos el papel de observadores, cada uno desde su atalaya. Al principio, mi curiosidad se limitaba a intentar adivinar su edad, su profesión o el motivo de su perpetua presencia. ¿Era un jubilado solitario? ¿Un artista buscando inspiración? ¿O quizás alguien que, como yo, había sido golpeado por la vida y encontraba en la contemplación un refugio?
Con el tiempo, empecé a notar los pequeños detalles. La forma en que encendía cada cigarrillo con un gesto metódico, casi ritual. El embelesamiento con que, durante horas, se entretenía mirando el móvil o echando un vistazo a algún periódico o a un libro. La mirada perdida en el horizonte, que a veces se tensaba, como si persiguiera algo invisible en la distancia. El colchón, su fiel compañero diurno, parecía el único testigo de sus noches, misterioso y silencioso. Me preguntaba si dormiría allí, a la intemperie, bajo las estrellas o la luz de la luna, o si simplemente lo usaba para sus siestas vespertinas, ajeno al bullicio de la calle.
Un día particularmente caluroso, de esos en que el asfalto parece derretirse y el aire vibra con el calor, yo estaba, como de costumbre, en mi balcón, buscando una brisa inexistente. Él también estaba allí, apoyado, fumando. Nuestros ojos se cruzaron por un instante. Fue fugaz, apenas un pestañeo, pero en ese breve contacto sentí una conexión extraña. No había hostilidad, ni curiosidad intrusiva, solo un reconocimiento tácito de nuestra mutua existencia. Un silencio se instaló entre nosotros, un silencio cómodo, casi como el de dos viejos amigos que no necesitan palabras para comunicarse.
A partir de ese día, el cruce de miradas se hizo más frecuente, incluso llegamos a saludarnos de manera instintiva. Un asentimiento ligero con la cabeza, una sonrisa apenas esbozada. Sin palabras, sin invadir el espacio del otro, se gestaba una especie de entendimiento. Él era mi espejo, reflejando quizás la monotonía de mi propia existencia, pero también, de alguna manera, validándola. Supe entonces que no estaba solo en mi costumbre de observar el mundo; había alguien más, al otro lado de la calle, que compartía esa misma quietud, esa misma melancolía quizás.
Hasta que un día, la rutina se rompió. Era una mañana de principios de otoño, con el aire fresco y el cielo despejado. Salí a mi balcón, como siempre, y el espacio de enfrente estaba vacío. El colchón no estaba apoyado en la pared. La barandilla, habitualmente ocupada por su silueta, se erigía solitaria. El hombre se había ido.
Al principio, pensé que era solo una ausencia temporal. Quizás había salido a hacer un recado, o tal vez se había tomado unos días de descanso. La esperanza de verlo reaparecer me mantuvo pegado a la ventana, escudriñando el balcón de enfrente con una intensidad que nunca antes había sentido. Cada coche que se detenía, cada persona que entraba al portal me hacía contener el aliento. Pero los días pasaban y el balcón permaneció desoladoramente vacío.
La ausencia de su figura dejó un vacío palpable en mi propia rutina. Mi primer impulso, cada vez que volvía a casa, desde el trabajo o tras cualquier otra actividad realizada en mi vida normal, consistía en fijarme en aquella ventana que parecía observarme con frialdad impasible. Le faltaba algo a mi paisaje, a mi vida de observador. La quietud que antes compartíamos, esa melancolía tácita, se había transformado en una inquietud que me carcomía. ¿Qué le habría pasado? ¿Se habría mudado? ¿O algo más grave? La imaginación, siempre lista para jugar malas pasadas, comenzó a tejer escenarios sombríos.
No tardé en darme cuenta de que mi curiosidad había trascendido la mera observación. El hombre del balcón se había convertido en una presencia silenciosa en mi vida, y su desaparición me afectaba más de lo que jamás hubiera imaginado. Decidí que no podía quedarme de brazos cruzados. Había vivido mi existencia en la periferia de las vidas de otros, pero esta vez, sentía la necesidad de cruzar el umbral. Parecía como si aquel hombre que me acompañó durante un tiempo se hubiera convertido en mi sombra y, de pronto, me hubiera convertido en un ser incompleto.
Un día, armándome de un valor que no sabía que poseía, bajé a la calle y me dirigí hacia el edificio de enfrente. El corazón me latía con fuerza contra las costillas mientras me acercaba al portal. No sabía qué iba a decir, ni qué esperaba encontrar. ¿Acaso me atrevería a preguntar por él? ¿Sería demasiado intrusivo? La duda me asaltó, pero la necesidad de saber era más fuerte.
Mientras merodeaba en la entrada del edificio, dudando en qué hacer, me percaté de la existencia de un pequeño papel que sobresalía de un buzón que bien podría corresponder con el apartamento que habitaba el desconocido, por cuanto que en su letrero figuraba un piso, que, por su altura, bien pudiera ser el suyo. Tal vez con una demasiada imprudencia, pero con el necesario sigilo y sin que nadie me viera, tiré de aquella nota que decía: “si necesitas saber más de mí, solo tienes que acudir a la siguiente dirección”.
A pesar de la sorpresa y de lo inexplicable de la situación, el descubrimiento del papel me produjo una mezcla de alivio y una ansiedad renovada. Era como si el hombre del balcón, incluso en su ausencia, continuara con su papel de misterio, dejándome una nueva pista en su particular juego. La dirección, escrita con una caligrafía pulcra y elegante, era de un barrio que yo apenas frecuentaba, en la zona más moderna de la ciudad que yo nunca había visitado. Guardé la nota con el temblor de quien esconde un tesoro y me apresuré de vuelta a mi casa.
Las horas siguientes fueron un torbellino de especulaciones. ¿Qué significaba esa nota? ¿Era una invitación, una advertencia? ¿Y por qué a mí? ¿Acaso él también me había estado observando, reconociendo nuestra extraña conexión silenciosa? La idea de que mi anonimato como observador había sido percibido me resultaba, a la vez, inquietante y extrañamente halagadora.
No pude dormir esa noche. La imagen del papel con la dirección danzaba en mi mente, impidiéndome conciliar el sueño. Al amanecer, ya había tomado una decisión. No podía ignorar aquello. Había algo en esa situación que me empujaba a ir más allá de mi zona de confort, a salir de la rutina monótona que había definido mi vida durante tanto tiempo. Esta era una oportunidad, quizá la única, de desentrañar el misterio del hombre del balcón, y, con ello, quizás, el de mi propia existencia.
Aproveché el fin de semana para hacer mis indagaciones. Me vestí con ropa cómoda, sintiendo una extraña mezcla de nerviosismo y expectación. El viaje en transporte público me pareció interminable hasta llegar a aquel lugar de la periferia. De pronto, el barrio al que me dirigía era un contraste total con el mío; edificios de cristal y acero se alzaban hacia el cielo, flanqueados por cafeterías modernas y tiendas de diseño. Las aceras se elevaban hacia el infinito, mostrando un camino sin fin que se diluía entre nubes y formas etéreas. Me sentía un extraño en ese entorno pulcro y acelerado, tan diferente al que yo conocía.
Finalmente, encontré la dirección. Era un edificio alto, de aspecto sobrio y elegante, sin ningún indicio de lo que podría encontrar dentro. Mi corazón se aceleró mientras entraba al vestíbulo. Un conserje con uniforme impoluto me miró con curiosidad. Balbuceé el número de apartamento que figuraba en la nota y, para mi sorpresa, el conserje simplemente asintió y me indicó el ascensor, como si mi llegada fuera algo esperado.
Al llegar a la planta indicada, la puerta del apartamento estaba entreabierta, quizá por el aviso previo del portero. Dudé por un momento, influido por la prudencia que ese momento luchaba contra la insaciable curiosidad. Pero la necesidad de saber era demasiado grande. Empujé suavemente la puerta y entré. El apartamento era luminoso y espacioso, con una decoración minimalista y obras de arte contemporáneo en las paredes. Me sentí desubicado en aquel ambiente tan diferente al mío. Recorrí con la mirada la estancia hasta que, en el salón, junto a una gran ventana que ofrecía una vista impresionante de la ciudad, lo vi. Sentado en una butaca de diseño, con la mirada perdida en el horizonte, estaba él. El hombre del balcón.
No fumaba, pero su postura era la misma, una quietud casi escultural. Al escuchar mis pasos, giró la cabeza lentamente. Sus ojos, los mismos que se habían cruzado con los míos a la distancia, me miraron con una expresión que no pude descifrar. No había sorpresa, ni enfado, solo una especie de cansancio sereno.
—Sabía que vendrías —dijo con una voz suave, apenas un murmullo.
Su voz era más joven de lo que había imaginado, con un deje de melancolía que me resultó extrañamente familiar, a pesar de no haberla oído nunca. Se incorporó lentamente y me hizo un gesto para que me sentara en el sofá frente a él.
—Gracias por haber venido. Supongo que tienes muchas preguntas qué hacerme.
Me senté en el sofá, aún aturdido por la situación. La incredulidad luchaba con una extraña sensación de familiaridad. Era como si finalmente estuviera frente a un personaje de un sueño recurrente. Él me miraba con una calma desconcertante, como si la escena fuera parte de un guion largamente ensayado.
—No sé por dónde empezar —logré decir con un hilo de voz que apenas me salía.
Él sonrió, una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos.
—Por el principio, supongo. Mi nombre es Gabriel. Y sí, te he estado observando tanto como tú a mí.
La confesión me tomó por sorpresa. La idea de que mi papel de observador había sido recíproco era, en cierto modo, liberadora. No era yo el único «raro» que pasaba horas en el balcón, perdido en la contemplación de la vida ajena.
—¿Por qué? —pregunté directamente, sintiendo una punzada de impaciencia.
Gabriel suspiró, su mirada se perdió un momento en el vasto horizonte de la ciudad.
—Vivía en aquel piso porque necesitaba un lugar de transición. Una especie de burbuja donde el tiempo se moviera despacio. Mi vida, antes de eso, era un caos. Un trabajo absorbente, una relación tóxica, el ruido constante de una ciudad que me asfixiaba. Vendí todo, lo dejé todo, y me recluí allí.
Se interrumpió, como buscando las palabras adecuadas.
—El balcón se convirtió en mi refugio. En mi terapia. Observar a la gente, sus rutinas, sus pequeñas tragedias y alegrías… me ayudaba a sentirme conectado sin la presión de la interacción. Y tú… tú eras parte de ese paisaje. Tu balcón, tus horas allí, tu propia quietud. Te vi, y en cierto modo, me vi a mí mismo. Un espejo.
La palabra «espejo» resonó en mi mente. Era la misma analogía que yo había usado.
—¿Y la nota? ¿Por qué desaparecer así? —insistí.
—Necesitaba avanzar —explicó Gabriel—. El aislamiento me había servido, pero también me estaba estancando. Encontré este lugar, este apartamento, que es un nuevo comienzo. Un espacio para volver a conectar con el mundo, pero a mi propio ritmo. La nota… la dejé porque sabía que la encontrarías. Había percibido tu presencia, tu curiosidad silenciosa. Y sentí que te debía una explicación, un cierre. Quizás, también, una invitación.
Me miró fijamente, con una intensidad que antes no había notado.
—Vi en ti esa misma monotonía, esa misma sensación de estar atrapado en una rutina. Y pensé que quizás, solo quizás, también necesitabas un empujón. Un cambio.
El silencio se cernió sobre nosotros, pesado, pero no incómodo. La verdad de sus palabras me golpeó con fuerza. Él no solo había sido mi espejo, sino también un catalizador inesperado.
—No sé qué decir —admití, sintiendo una oleada de emociones—. Me siento… un poco ridículo por mi obsesión.
—No lo eres —contestó Gabriel, con una voz más firme—. Todos buscamos conexiones, incluso las más improbables. Y a veces, las encontramos en los lugares más inesperados, o en los silencios más profundos.
Se puso de pie y caminó hacia la ventana, contemplando la ciudad.
—Ahora que me has encontrado, ¿qué harás? ¿Volverás a tu balcón, a tu rutina? ¿O esta vez, cruzarás más umbrales?
Su pregunta quedó flotando en el aire, una invitación a la reflexión, a la acción. Me di cuenta de que la historia del hombre del balcón no había terminado con su desaparición, sino que, de hecho, acababa de empezar para mí.
Las preguntas de Gabriel resonaron en mí, no como un desafío, sino como una gentil sacudida. Tenía razón. Había pasado años siendo un mero espectador de la vida, la mía y la de los demás. La aparición de Gabriel, y ahora su explicación, habían roto ese cristal que me separaba del mundo. Miré a Gabriel, quien seguía de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra el cielo urbano.
—No lo sé –respondí, pero esta vez, mi voz sonó más fuerte, con un matiz de determinación que no recordaba haber usado antes–. Pero ya no quiero volver a mi balcón a ser solo un observador. Creo que es hora de empezar a vivir lo que veo.
Gabriel se giró, una sonrisa genuina iluminando su rostro por primera vez. Era una sonrisa cálida, que llegaba a sus ojos.
—Me alegra oír eso —dijo—. La vida es mucho más rica cuando uno se atreve a salirse del guion.
Pasamos el resto de la tarde hablando. Gabriel me contó más sobre su pasado, sus luchas y cómo había encontrado una nueva paz en esta nueva etapa. Yo, por mi parte, le abrí mi corazón sobre mi propia monotonía, mi desilusión y cómo su presencia silenciosa había sido el único punto de interés en mi rutina. Descubrimos que, a pesar de nuestras vidas aparentemente dispares, compartíamos una sensibilidad similar, una tendencia a la reflexión y una necesidad de algo más de lo que la vida nos había ofrecido hasta entonces.
Al anochecer, cuando me preparaba para marcharme, Gabriel me detuvo.
—Hay un café aquí cerca –sugirió–. Podríamos cenar algo, si no tienes otros planes.
La invitación me tomó por sorpresa. Era el primer paso real, una acción concreta que rompía con años de aislamiento. No lo dudé.
—Me encantaría –respondí.
Los meses que siguieron fueron una revelación. Gabriel y yo nos hicimos amigos. Compartimos cenas, visitas a museos en ese nuevo mundo nuevo e imaginario al que cada vez acudía en aquel autobús al que solo yo subía, y largas conversaciones sobre todo y nada. Él me animó a disfrutar de cosas nuevas. Pequeños placeres, pero suficientes para alguien que había estado estancado por tanto tiempo en una existencia solitaria y anodina. Cuando volvía a mi barrio, lo veía con otros ojos, a charlar con los vecinos, a disfrutar de las pequeñas interacciones que antes había ignorado. Incluso me animé a reorganizar mi diminuto apartamento, dándole un aire más luminoso y personal.
Y aunque ya no pasaba horas en mi balcón observando a Gabriel, a veces me apoyaba en la barandilla, mirando hacia el balcón vacío de enfrente. Ya no sentía la punzada de la pérdida, sino una extraña gratitud. Aquel espacio, antes el escenario de mi soledad compartida, se había convertido en el recordatorio de un punto de inflexión.
El hombre del balcón, mi espejo, no solo me había mostrado mi propia imagen, sino que también me había enseñado el camino para trascenderla. Mi vida ya no era plana; ahora tenía relieve, matices y la emocionante incertidumbre de lo que el futuro podía traer. Y todo, o casi todo, había empezado con un espejo en un balcón.



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