
Benito García
Aquel tugurio olía a rancio.
Sentado frente a una copa tan poco agradable como el aroma a tabaco barato que la exigua ventilación amontonaba sobre los escasos clientes, rascaba indolente el barniz de la mesa sin prestar mucha atención a los gorgoritos y contoneos de la cantante, quien con poca ropa y más escaso arte intentaba atraer nuestra atención hacia el escenario donde los focos obviaban a nuestra mirada las cicatrices que los años y hombres de una sola noche habían cincelado en su rostro.
El local había dejado muy atrás sus mejores noches. Una retahíla de fotos enmarcadas en la pared junto a la barra pretendía dar fe de la ilustre categoría antaño ostentada: desde viejas instantáneas en color sepia de políticos, intelectuales y artistas con rostros casi indescifrables por el poso del humo de tabaco y el paso del tiempo por la memoria de los presentes, hasta algunas más recientes, en color, de algún que otro famosillo, célebre por hazañas de edredón y plató, de exiguo recuerdo.
Allí sentado, a diez peldaños de profundidad bajo la calle, contemplaba la grotesca colección de parroquianos que ilustraban aquella velada: almas esperando mustias, apáticas, la moneda que les franquease el camino hacia el tártaro. Con las cabezas hundidas entre los hombros, alzándose esporádicamente tan solo para volcar más licor en sus gargantas.
La mujer que destrozaba nuestros tímpanos desde el escenario era la propietaria de aquel antro. Una actuación y una artista rebosante de anacronismo, extraída de una vieja película de archivo, o de una de esas vitrinas del museo, que reproducen con dioramas escenas cotidianas de otras épocas. Evidente exageración, aunque un frío cosquilleo recorría mi espalda al imaginarla a ella y a todos aquellos parroquianos dispersándose sus carnes como polvo llevado por el viento cada noche al cerrarse las puertas de aquel infame lugar.
En la barra, una morena con expresión de hastío fumaba su cigarrillo con desgana, procurando que su acompañante, un fulano en el más estricto sentido de la palabra, con bigote fino y patillas afiladas, no se percatara del gesto. Al reparar en mi aparente interés, le indicó con un gesto autoritario a la chica que se acercara a mi mesa. Ella apagó el cigarrillo, se colocó el vestido apresuradamente al bajarse del taburete, se acercó hasta mi mesa, y sentándose a mi lado me susurró al oído:
— Llevas mucho tiempo aquí, solo y aburrido como yo. La verdad es que ya estoy un poco harta de este sitio. Tengo una habitación muy cerca de aquí, y seguro que tú y yo encontraríamos algo más divertido que hacer juntos, mucho mejor que aguantar a esa vieja gallina ¿Quieres venirte conmigo? Te llevaré hasta el paraíso.
Apenas alcé mis ojos hacia su cara cansada. Quizás si no hubiera visto antes ese gesto de desdén le hubiese dicho que sí, atraído por el cuerpo que se adivinaba bajo su vestido, raído ya de lentejuelas, duro y fibroso, por una piel que bajo la línea de su falda prometía un tacto suave, por ese rostro enmarcado por una media melena de cabello negro y fino, por esa boca carnosa de labios rojos, y esos ojos oscuros y almendrados, que me invitaban a perderme.
—No podrías pagarlo — le espeté, mientras apuraba de un sorbo de mi copa. Y antes de que hubiera podido encajar el rechazo, salí de allí sin mirar atrás, aguijoneado por una vaga sensación de que algo se me estaba pasando por alto.
La calle me recibió con una bofetada de humedad y frescor; típico de las noches de otoño. Hundí la cabeza entre las solapas de mi abrigo, y me lancé calle abajo sobre los adoquines de aquel barrio viejo, sin mucha prisa por llegar a ninguna parte.
A aquellas horas de la madrugada la luz moría contra las paredes desconchadas de los callejones. Las minúsculas aceras donde reposaban papeles, bolsas de basura y borrachos no invitaban a ser ocupadas, por lo que prefería caminar sobre los adoquines. No era un lugar recomendable que frecuentar, ni por lo descuidado, ni por las malas compañías que solía haber en aquellas calles; aunque como a tantas cosas, los nuevos tiempos también se habían llevado por delante a muchos de aquellos rufianes y buscavidas de medio pelo y navaja fácil. Como el que ofendido por la respuesta que le había dado a la chica que chuleaba, me seguía a cierta distancia desde que abandoné aquella astrosa taberna. Aparenté no haberme percatado y seguí caminando, con la aparente despreocupación que el alcohol barato procura.
Doblé la esquina, tres calles después, y cuando encontré un portal adecuado, me agazapé con celeridad en el dintel. Escuché acercarse los pasos de mi perseguidor hasta que al llegar a mi altura me abalancé violentamente sobre él propinándole un puñetazo en la boca del estómago que lo dejó sin respiración. Aproveché su instante de dolor y apnea para golpearle con fuerza detrás de la oreja, hasta dejarlo inconsciente y poder registrarlo con cierta calma: una navaja automática de cachas negras, un fajo de billetes pequeños y las llaves de alguna oscura madriguera donde aquella comadreja se guarecía de la luz del sol. Estaba ocupado con tan poca ortodoxa manipulación cuando escuché sus tacones sobre los adoquines. Se detuvo a unos metros, con un respingo, y entonces me miró con aquella mirada desvalida y sorprendida que otra vez, igual que muchos años atrás, me atravesó como un cuchillo helado. Sin darle tiempo a decidir si gritar o aporrearme, arrojé la navaja a través de la alcantarilla que se abría frente al portal, y sin mediar palabra le puse el fajo de billetes en la mano, antes de que pudiera reaccionar. En ese instante una moneda cayó del fajo de billetes al suelo. La recogí y antes de que pudiera ofrecérsela, ella se apresuró a alejarse sin mirar atrás. No me atreví a mirarla, no después de aquel abrupto regreso a un pasado ya olvidado, así que guardé la moneda en mi bolsillo y me largué de allí.



Deja un comentario