
Robertti Gamarra
El desmayo le sobrevino al salir del ascensor. Ahí iba ella; ¡ay, Dios! Y el suelo se movió bajo sus pies. Por una infeliz casualidad, el mármol no ofreció agarre a sus afilados tacones. Quién lo diría, Elena, la siempre precavida, tropezando así. Cayó de lado, lo cual la libró de un hematoma en la frente. Aunque, esa punzada en la sien, ¿de dónde viene?
Frente a ella, las luces del ascensor. ¿Y las piernas? Mejor ni pensar. Elena jamás salía de casa sin la lencería adecuada. ¿Imaginas caerte en la calle y que te vean con las bragas sucias? ¡Qué impresión daría, por Dios!
Se decidió por una falda roja para la cita. La primera en años. Y porque Marcos me empuja; si no, no me suscribo a una aplicación de citas. Pero cinco años sin una mano en su piel, entiéndanme. Un día abordó a su marido: esto no puede seguir así, algo se interpone entre ellos y debían solucionarlo.
—Estoy a gusto así —aseveró Marcos—. Todo está perfecto.
No tenemos hijos, casi somos libres, remató él, con una sonrisa indescifrable. Y ella: algo pasa, ¿el qué? No lo sé. No pudo resistirse a las conjeturas.
Elena se veía resplandeciente con esa falda. Se concedió una última mirada de aprobación en el espejo y se marchó, embriagada con la elegancia de sus cincuenta y seis años. El rojo me sienta bien.
Y ahí la tienes ahora, desplomada en el suelo, Dios sabe cómo.
—Si algún día me muero —pensó, sin ilación aparente—, iré directa al cielo.
Una mujer como ella, consagrada a la vida con modélica rectitud, tenía el paraíso ganado.
Le pesan los párpados. Oye pasos acercándose, voces confusas que flotan como fantasmas. Un roce frío en el cuello. Alguien la palpa, profesional y distante
—¡No la muevan!
¿Por qué no? Necesitaba volver al ascensor. Lo veía allí, tan cerca. Quizá estas buenas personas la ayuden a volver sobre sus pasos sin cuestionarla. No debía explicaciones a nadie. En todo caso, un resumen: que ya se iba, abandonando su cita. Porque fue así, ¿no? Se iba, desistía. Naturalmente, guapa. Te pesó la culpa. Tú no eres tu marido. Pues, no. Corría el rumor de que Marcos llevaba traicionándola con Nerea desde hacía años. Treinta y ocho años de fidelidad quedaron empañados. Nerea, su amiga del alma… ¡Puta! Ni siquiera la amistad de infancia alcanzaba para el perdón.
Alma doliente, Elena decidió desquitarse; organizó un encuentro casual en el lujoso Eurostars Arenas de Pinto. Estaba a punto de entrar, pero un escalofrío la frenó, como si algo le advirtiera que no debía seguir adelante. Vaciló unos segundos; su mano tembló sobre la manija. ¿Entra? ¿Huye? Demasiado tarde, ya estaba allí. Pasó la tarjeta, la puerta de la habitación 114 se abrió, sintió un golpe en la sien izquierda y el mundo se apagó.
Qué extraño. ¿No estaba saliendo del ascensor?
Sí, te caíste justo al salir. Pero el pinchazo…, en la habitación. ¿Cómo llegó hasta ahí?
Elena, céntrate. Te has caído, estás aturdida.
—¡Doctora, aún respira! —oyó que decían.
—¿Qué ha pasado?
¡Qué va a ser!, me caí al salir del ascensor.
—¿Y esto?
Ah, ¿la sien? Nada. Un golpe, un dolor.
—La han golpeado con el extintor del pasillo –sentenció alguien.
—¿Se sabe quién?
Silencio.
—El marido se entregó en comisaría. Por eso llegamos tan rápido.
Elena parpadea.
¿Su marido? No puede ser.
Venga, levántenla, ella podrá explicarlo todo. ¿Qué tiene que ver Marcos en todo esto?
Otra vez le viene lo de la muerte. Si muere, va directa al cielo. Y si la ayudan, hasta llega antes. Qué suerte. Al menos aún queda gente buena en el mundo. Siente cómo la levantan y la acercan a la luz ovalada. La puerta del ascensor. ¿Qué más podía ser? La conducen suavemente. Si muere, va al cielo. Lo acepta. Entra en la luz. Allí no la espera el cielo. Solo… nada.



Deja un comentario