
Juaco (Joaquín Miñarro)
Dos escalones, redondos. Una manta enrollada y otra tendida. Los pies, descalzos; los brazos y las manos, en el regazo. No se ve el rostro, solo se intuye; el color de la piel y ese hueco en la pared con rejas en forma de rombos. Esa foto es lo último que tenemos de ti.
¡Si es que eras tú!
Quizá no te acuerdes. En realidad no sé si puedes recordar y, ni siquiera, si quieres. Cuando desapareciste, lo hiciste como todo en tu vida: sin dar explicaciones.
No te importaba nada, y si te importaba, disimulabas muy bien. Dejaste todo… y a todos.
No, no te creas que alguien te echó de menos. Sería aceptar que eras imprescindible.
Cuentan que…
La gente intentaba evitar bajar esas escaleras, pero era difícil, no había otro sitio ¡Maldito escalón! Un perrillo se acercó, husmeó el cuerpo tendido y salió corriendo. Pasó entre las piernas de los transeúntes, algunos de los cuales, asustados, casi tropiezan y caen. Otros, sin embargo, intentaron cogerlo y alguno que otro, le lanzó un puntapié.
Pero ¿a dónde se dirigía el perrillo? A él no parecía importarle el peligro. Por fin la encontró. Ella le cogió entre sus brazos. Mientras el perrillo jadeaba, sacaba su lengüita y daba unos ladridos, que eran más quejidos que otra cosa. Nervioso y sin parar de moverse, se zafó de sus brazos; desde el suelo, con unos ladridos más contundentes, le indicó que le siguiera.
Nerviosa, pasaba entre la gente que se la quedaba mirando mientras seguía a Golfo; no le gustaba que le llamaran golfillo, era ya un perro adulto. Las ropas de ella, viejas y usadas. Se notaba. Pero… iba limpia y el pelo, recogido.
Agachada le miró, sus lágrimas cayeron sobre el rostro de él. El perrillo le olisqueó.
¡Coorten! No te puedes reír ni restregarte la cara. ¡Estás muerto!
¡Otra toma! ¡Y van…!



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