
J. R. G.
Los oídos de Anthalos zumbaban con el eco de las cien mil gargantas que llenaban el ágora con sus eufóricas voces. El coro atronador, fruto del éxtasis que una ocasión como aquella provocaba en la población de la capital imperial, amenazaba con derrumbar los muros y las columnas que formaban los límites del foro con su terrible vibrato. Ciudadanos de todas las partes del Imperio habían acudido a la ciudad a tomar parte del más sagrado de los días: el Festín del Rey. Un acto tan divino como generoso. El Festín del Rey había sido una tradición mantenida viva gracias a la buena voluntad de todos los grandes Jerarcas que, como su padre y el padre de su padre antes que él, ahora era Anthalos II el que tenía el honor de continuar. A unos metros de la muchedumbre, sobre un escenario ovalado que albergaba nada más que un sencillo pero elegante altar de plata, Anthalos se bañaba en los vítores que sus súbditos le dedicaban desde cada rincón del ágora. Espacio donde el Festín había tenido lugar de forma casi ininterrumpida durante los últimos seis siglos.
Aún recordaba la última celebración de tan sagrado evento. Fue su padre el que dio el banquete, como así lo hizo su abuelo, su bisabuelo y cada Jerarca que le precedió. A sus jóvenes e inocentes ojos, había sido una imagen aterradora. Su madre y él lo presenciaron desde el balcón del Palacio Imperial. Miles y miles de personas se congregaron en aquella misma plaza para recibir el banquete. Una cacofonía apoteósica formada por un sinfín de voces que, de alguna forma, armonizaban para formar una misma ininteligible canción. Una canción que era tan aterradora como era celestial. El pequeño Anthalos, abrumado por la sobreestimulación de sus sentidos, se agarró a la cintura de su madre llorando de miedo. Su madre, la gran Andara, era la Jerarca consorte y la mujer más fuerte que había conocido Anthalos. Se portaba con la rectitud y elegancia de una estatua, pero su firmeza era superior. Andara acarició la cabeza de su hijo con una mano y, con la otra, le levantó la barbilla hasta que los ojos del pequeño se alinearon con los suyos. Le limpió las lágrimas y, con una sonrisa, le dijo: «No temas, tu padre los está bendiciendo. Y ellos le están devolviendo la honra». Aquello consoló al príncipe y le hizo más fácil ser testigo de la ceremonia. No obstante, una cosa era presenciarlo y otra muy diferente era conducirlo. Su madre le dijo que no debía preocuparse pues, cuando fuera mayor y le tocara a él, no se sentiría tan pequeñito, pues, desde abajo, las cosas se veían diferentes. Tenía razón, otra vez. Desde abajo, se veía diferente. Anthalos no estaba seguro de si para mejor o no, pero era cierto que era una experiencia distinta. A pesar de ello, no sintió miedo, pero sí ansiedad.
El público había pasado de la euforia a la exaltación y el coro se había vuelto ensordecedor. Cien mil almas anhelando, y tan solo una con el poder de calmar aquel anhelo. Anthalos alargó su brazo derecho y lo acercó al gentío, que trataron de alcanzarlo con desesperación. Su mano se acercó a ellos y mil se alzaron buscando su tacto. Estaba en un escenario, pero se sentía diminuto. El contraste de su individualidad en contraposición a la inmensurable masa de personas allí presentes suponía una lección en humildad que su posición como Jerarca rara vez proporcionaba. Anthalos se regocijó con las implacables olas de adoración que emanaban de su pueblo. Estaban ansiosos con recibir el Festín. Por supuesto, el Festín no estaba dispuesto para saciar el hambre de la población. Eso sería imposible. El acto era un símbolo, una bendición dirigida a para satisfacer el alma del pueblo, no su estómago. Este hecho no lo hacía menos especial, pues, como había sido testigo el ágora en la que se encontraban, la idea de estar presente para la ceremonia era lo suficientemente alentadora como para atraer a peregrinos de todas las esquinas del mapa.
Treinta años habían pasado desde el último Festín y, como la última vez, la Jerarca consorte y los príncipes contemplaban la ceremonia desde el balcón del Palacio Imperial. Anthalos levantó la mirada y se encontró con la de su primogénita, la princesa Anna. La niña, que no había cumplido aún los 10 años, lo observaba con la misma mirada asustada con la que él contemplo a su padre, diminuto y sobre el escenario, a varios metros por debajo de él. Le sonrió, indicándole que no había nada que temer, pues el día llegaría en el que ella, al igual que su padre, tendría el honor de conducir la ceremonia.
Así pues y sin más dilación, el Jerarca Anthalos II, protector del Imperio y cabeza de la Eclesiarquía, ofrecería el Festín a su pueblo. Dio la espalda a la multitud, que incrementó la intensidad de su canto de forma equivalente a la creciente expectación. El altar se encontraba frente a él. Un rectángulo de plata sin decoraciones ni remaches. Su aplastante sencillez otorgaba un punto más de vulnerabilidad al papel que estaba a punto de jugar en él. Anthalos se quitó la toga, quedando desnudo frente a todos los presentes. Acto seguido, pasó una mano por la superficie del altar. Estaba frío. Determinado, escaló el metro de altura del altar y se tumbó sobre él. Yaciendo allí, el cielo se abría sobre él, en un azul homogéneo únicamente interrumpido por las escasas y esparcidas nubes que guardarían testimonio del ritual. Los primeros peregrinos comenzaron a subir al escenario, algunos portaban cuchillos, otros portaban cuencos. El Festín había comenzado.



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