
Felipe Díaz Pardo
A pesar de llevar inmerso en este mundo de la creación literaria muchos años, uno sigue siendo un escritor desconocido, como, quizá, muchos de los que lean estas líneas. Pero no ha de pensarse que esta afirmación contiene conato alguno de pesimismo o rencor. Más bien al contrario. Y menos aún si el escritor desconocido cuenta con la madurez vital que le proporcionan la edad y la autonomía económica que le concede una profesión más o menos respetable, fruto del estudio y la dedicación y cuenta, por tanto, con la libertad de no sentirse atado a géneros, modas y desplantes de unos editores que, en ocasiones, desprecian el trabajo de quienes le proporcionan la materia prima de su empresa y en ocasiones intentan aprovecharse de las ingenuas ilusiones del autor novato.
Me sirve esta última reflexión para referirme a esa caterva de supuestas editoriales que ofrecen últimamente y de forma imaginativa sus servicios a través de miles de fórmulas, pero que, en definitiva, lo que pretenden es el que el iluso aprendiz de las letras pague la edición. Dicha técnica se presenta en sus más diversas y ocurrentes versiones cuando el autor novel o poco conocido envía manuscritos con el objetivo de publicar su obra y se ve halagado al día siguiente por esas compañías que están dispuestas a editar su libro como si de grabar estampitas de la primera comunión se tratara con el fin de repartirlas entre los amigos y familiares. En el fondo, estas empresas, que pudiéramos llamar simplemente imprentas y no de otra forma, lo único que pretenden es el beneficio económico, sin más, olvidando su necesaria función como promotores o divulgadores culturales.
El escritor que no disfruta de una mínima cobertura y divulgación de sus obras por parte de quien se las publica, para su consuelo, se siente admirado, con más o menos intensidad y aprecio, por sus más cercanos conocidos. Estos ven en él a alguien diferente, a una persona cercana que dispone de una habilidad negada a la inmensa mayoría. Pero en realidad, y eso quizá no lo tienen en cuenta, este amigo o familiar que tanto estiman no hace más que encauzar sus inquietudes, aficiones y entretenimientos por la senda de las letras, en sus más diversas manifestaciones: unas veces reflexiona sobre la práctica profesional que le da de comer; otras ensaya ejercicios literarios con la poesía, el cuento o la novela; y otras, se enfrasca en sesudas investigaciones, motivadas por el interés que aún mantiene por la materia que estudió en su juventud.
Asumido el papel que le corresponde, los efectos de los medios de comunicación tampoco afectan en gran medida al escritor, por cuanto que poco o nada se ocupan de él, a excepción de alguna reseña promocional sin apenas repercusión que, de forma mecánica y rutinaria, distribuye la empresa editorial entre las direcciones de un listado de contacto de prensa ordenado alfabéticamente en una base de datos. Si hay suerte, surge alguna entrevista, breve y telefónica, en alguna emisora de radio a la que le sobren unos minutos en un programa de horario tan intempestivo como inútil o, incluso, llegando al colmo de toda buena fortuna, podrá ser llamado por alguna televisión de cierto prestigio, que enlata contenidos culturales para distribuirlos luego en las horas más bajas de la audiencia, o por un canal de poca monta que dedica el tema de la tertulia de ese día a algo que tiene que ver con su libro. Y ya ni hablemos de la crítica, buena o mala, de sus escritos, siempre inexistente, a no ser que provenga de un buen amigo que le reconozca alguna virtud y tenga la posibilidad de lanzarle algún piropo.
Algunos aspectos de lo dicho conlleva, asimismo, una consecuencia también importante y es la de la falta de la calidad literaria de muchos de los textos publicados hoy día, dado que las editoriales a las que antes nos referíamos no cumplen su función de filtrar la paja del grano, lo bueno de lo malo. Es evidente que esta situación perjudica a quienes consideran el trabajo literario un arte y no solo el capricho vanidoso, en un momento de su vida, de ver en letras de imprenta una historia burdamente hilvanada o unos versos, fruto de la inspiración más arbitraria y errática.
No obstante, y a pesar de todo, una convicción le queda siempre al escritor desconocido: considerarse tan bueno como otros colegas de profesión, que han conectado con gustos, temas de modas impuestos por una sociedad cambiante, superficial y mercantilista, o que han dado con la ocasión oportuna para alcanzar la fama, por muy ocasional e intrascendente que sea. Por eso, si antes una carta formal y distante de la editorial de turno rechazaba su obra le hundía en la zozobra y en el desencanto absolutos, ahora sabe que cada negativa no es más que una simple opinión más, carente de auténticas razones, en la mayoría de los casos, y un motivo más para no desmoralizarse y seguir adelante. Que no va a desanimarse en su vocación de componedor de textos, los cuales ahora más que nunca responden a su intención de expresar lo que desea expresar sin condicionantes ni ilusiones de simple principiante.
En conclusión, a pesar de no alcanzar el éxito y si se piensa en positivo, para un escritor desconocido todo son ventajas, pues puede seguir creando con la libertad que le confiere el rechazo constante de parte de ese mundo editorial que solo busca el beneficio económico a toda costa con el mínimo esfuerzo por su parte. Además de este mensaje de optimismo, sirvan estas líneas también de homenaje por una labor tan perseverante y loable, a pesar del escaso reconocimiento que se recibe.



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