
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
Hoy he vuelto a leer a un clásico, aunque no sé si fue por voluntad propia o por la misma fuerza invisible que me empuja a hacer la declaración de la renta cada año. La diferencia es que, mientras Hacienda me devuelve migajas, los clásicos me devuelven preguntas incómodas, que no puedo descontar de ningún sitio. Me he preguntado si leer a Homero en 2025 no es un acto de resistencia, casi subversivo, como presentarse en una reunión corporativa con sandalias y un termo de café ajeno.
En la era de los audiolibros con voces sintéticas y las reseñas de quince segundos, abrir La Odisea es como sacar una máquina de escribir en medio de un aeropuerto: la gente te mira como si hubieras cometido una herejía, pero no sabe si debe denunciarte o pedirte una foto. Me pregunto si, en el fondo, seguimos leyendo a los clásicos porque representan una burocracia narrativa que ya no existe: un contrato tácito entre autor y lector en el que ambas partes se comprometen a perder el tiempo juntas.
Leer a Dostoievski es entrar en una oficina que nunca cierra, donde cada personaje parece estar rellenando un formulario invisible para justificar su propia existencia. Balzac, por su parte, podría haber sido un inspector de hacienda del alma humana: no se le escapaba un solo gasto sentimental, y cada pasión debía ser registrada, fechada y archivada con un sello húmedo. Uno se siente vigilado por estos autores, como si al pasar de página estuviera firmando un documento notarial que certifica que aún piensa, que aún no ha sido completamente absorbido por la velocidad idiota del presente.
Pero también hay algo profundamente absurdo en este culto a lo clásico. A veces pienso que leemos a Cervantes como quien guarda una reliquia en una caja fuerte sin atreverse a tocarla. Los prólogos académicos, con su jerga solemne, me recuerdan a los formularios de “Solicitud para comprender el Siglo de Oro”: si no marcas la casilla correcta, el Quijote se niega a abrirte la puerta. Y, sin embargo, ahí seguimos, intentándolo, como si el mero acto de leer fuera también una forma de obediencia voluntaria a una ley no escrita.
Claro que los clásicos tampoco ayudan. Se presentan ante nosotros con la misma actitud de un funcionario que lleva treinta años en el mismo mostrador: saben que los necesitamos y se permiten el lujo de tratarnos con condescendencia. Shakespeare, por ejemplo, se sienta a observarnos desde su torre de papel, convencido de que cualquier trama humana que inventemos ya la escribió él mejor y con más metáforas de las necesarias. Y lo peor es que tiene razón.
En ocasiones, me pregunto si no seguimos leyendo a los clásicos solo para confirmar que el presente no es tan original como presume. Hay autores que escriben sonetos en segundos, y lo valoro, mucho, aunque no sabe morirse de tuberculosis en un café de París mientras escribe cartas desesperadas. El youtuber recomienda libros “similares” a los que ya nos gustaron, pero nunca nos arrojará a las manos de un autor que nos incomode de verdad. El clásico, en cambio, es como ese amigo impredecible que llega a tu casa con una botella medio vacía y un discurso sobre el sentido de la vida que te deja sin dormir tres noches.
No es nostalgia, tampoco. No se trata de querer volver a un pasado idealizado. Si algo nos enseñan los clásicos es que el pasado estaba tan lleno de miseria, traiciones y mediocridad como el presente. Lo que cambia es el ritmo: en sus páginas, el tiempo se dilata como una reunión interminable en la que, contra todo pronóstico, encuentras algo valioso en medio del tedio.
Quizá seguimos leyéndolos porque nos recuerdan que no somos los primeros en sentirnos atrapados. Que Kafka, inmortal Kafka, sin conocernos, ya redactó nuestro informe psicológico. Que Virgilio sabía lo que era buscar una patria y no encontrarla en ningún mapa. Que Jane Austen entendía el desdén elegante antes de que existieran los emoticonos. En el fondo, son nuestros testigos: firmaron actas de nuestras angustias antes de que nosotros naciéramos.
Por eso, cuando cierro un clásico, no siento alivio, sino algo así como una extraña culpa y gratitud. Culpa, por haberlo dejado ahí durante meses, o años, acumulando polvo como un expediente olvidado en un archivo; gratitud, porque al abrirlo, el autor, muerto hace siglos, se comporta como si me hubiera estado esperando todo este tiempo y estuviera a mi lado.
Tal vez ese sea el motivo real: seguimos leyendo a los clásicos para que alguien, en algún rincón del tiempo, nos siga llamando por nuestro nombre.



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