
Fernando Martín Pescador
1. Breve historia del paisaje
El hombre fue una vez nómada. Casi siempre, el hombre fue nómada en círculo y pocas veces en línea recta. Posiblemente volvía a los mismos paisajes cada año por interés meramente práctico. Recordaba el sabor de la fruta o la facilidad de la caza de aquellos parajes y volvía para disfrutarlos con una periodicidad estacional. A falta de carreteras y, por lo tanto, de mapas de carreteras, las montañas más altas y los ríos más importantes se convertían en puntos de referencia indispensables para volver a ese valle fértil o a ese lago lleno de peces. Casi seguro que esas montañas y esos ríos y ese valle y ese lago pasaban a formar parte indispensable de las leyendas de ese hombre y, de esta forma, la montaña, que tenía la forma de una mujer joven y hermosa recostada sobre sus propios brazos, protagonizaba una pequeña historia de amor con ese río, que parecía la lanza de un heroico cazador de la tribu. Esas montañas y esos ríos y ese valle y ese lago parecían imperturbables y se presentaban sin cambios ante los ojos del hombre nómada cada vez que éste volvía a visitarlos. Y el espíritu de las leyendas con la mujer hermosa recostada y el bravo cazador blandiendo su lanza seguían siendo los mismos y se consolidaban como elementos inmutables del paisaje interior del hombre nómada.
Eran difíciles de perturbar pero no imperturbables. Lo primero que cambió fue el valle. En él aparecieron las primeras aldeas, junto al río. A pesar de que fueron los primeros brotes de esta alteración del paisaje, los cambios eran mínimos. Los materiales de construcción para las casas eran de por allí cerca y, por lo tanto, se asimilaban en armonía. Los surcos de cultivo junto a la aldea apenas se distinguían desde la cima de la montaña. Tuvieron que pasar muchos años para que a las aldeas se les ocurriera construir una catedral. En algunos casos tardaron más de trescientos años en construirla. Los campanarios casi tocaban el cielo y suponían un mayor impacto en el paisaje pero uno miraba hacia otro lado, a la derecha o a la izquierda, y los paisajes del hombre nómada permanecían prácticamente intactos.
Cada vez eran necesarios más surcos de cultivo al lado de las ciudades hasta tal punto que toda Castilla fue convertida en campos de trigo. Las pisadas que el hombre nómada dejaba en sus viajes desaparecían pronto en la vegetación del paisaje como las ondas de una piedra en el río. Sin embargo, las fuertes heridas que producían las gentes, que ahora se movían con carros de una ciudad a otra, sanaban peor y cicatrizaban en carreteras de asfalto. Quedaban todavía, sin embargo, esas montañas y esos ríos y ese valle y ese lago que había visto el hombre nómada. Y si se hubiera querido filmar una película sobre la vida de ese hombre nómada de hace más de diez mil años, habría bastado con retirar algún poste de luz eléctrica para recrear la mayoría de sus paisajes de forma casi íntegra.
La verdadera revolución en el paisaje se produce a partir de la segunda mitad del siglo XX. Ya no es necesario que una carretera siga el curso del río. Ya no es necesario si quiera un túnel. Esas montañas y esos ríos y ese valle y ese lago son, por lo tanto, prescindibles. Y se empeñan siempre en ponerse en medio de nuestros proyectos. Las nuevas excavadoras y la agilidad de las flexibles políticas de recalificación de terrenos han sometido al paisaje a unas intensas sesiones de quimioterapia y radioterapia como si el médico y el cáncer fueran la misma persona. La lanza del heroico cazador de la tribu está siendo embotellada por una compañía de refrescos azucarados y la mujer hermosa recostada sobre sus propios brazos se ha hecho ayudante de un mago que la sierra en dos o tres pedazos un par de sesiones diarias. Apenas le quedan ganas de mover los dedos de los pies, para demostrar que le pertenecen, cuando el mago gira una de las partes de la caja mágica y el público aplaude anonadado.
2. Paisaje interior del homo cómputens
Todo ser humano tiene un conjunto de paisajes interiores. Y en la contemplación prosaica, tal vez artística, de esos paisajes interiores se deleitaba Jack el destripador. A menudo de forma un poco menos virulenta, siempre ha habido, en la tribu humana, cavernarios dibujantes de bisontes y bardos rápidos con el laúd o las palabras que han intentado captar y plasmar algunos de los paisajes que se pueden encontrar en el interior de toda la comunidad. Han utilizado medios diversos (pintura, escultura, arquitectura, música, poesía, cine, gastronomía…) pero al final el objetivo era el mismo: captar y plasmar los paisajes comunes a todo ser humano. Desde comienzos del siglo XIX y hasta nuestros días se da la paradoja de una tendencia individualista en la que el artista reclama cada vez más el derecho a plasmar tan sólo sus propios paisajes interiores. Pero, en mi opinión, trascienden aquellos que, consciente o inconscientemente, logran captar esos paisajes individuales con los que más gente puede sentirse identificada. Paisajes individuales comunes a todos. Y, como he sido un optimista desde que era así de pequeño, me gusta pensar que, aunque marcado por ellas, todo esto va más allá de las leyes que rigen nuestros mercados.
Las posibles coordenadas del paisaje interior del ser humano son el espacio y el tiempo (Si hay coordenadas, tendremos que pensar que el número de paisajes interiores del ser humano podría llegarse a contar pero, si es así, yo me atrevería a decir que el posible número de paisajes es infinito menos uno). El espacio, como indicábamos en nuestra Breve historia del paisaje, ha sufrido tal transformación en los últimos cincuenta años que nos ha pillado a muchos desprevenidos. Los niños se aburren con las leyendas del hombre nómada porque no entienden los términos que servían para hablar de elementos del paisaje hoy inexistentes. Los centros comerciales, las catedrales de nuestro tiempo, se levantan en menos de tres meses y nos ofrecen las frutas y la carne que antes ofrecían los valles fértiles a los que retornaba el hombre nómada (En las paredes de nuestras cavernas, muchos de nosotros hemos empezado a pintar manadas de carritos de la compra para auspiciar una buena cacería). Ante tal confusión en la coordinada espacio, algunos artistas profundizaron en la coordinada tiempo y se pusieron a excavar en los paisajes, a descubrir nuevos estratos de nuestro suelo. Unos, tal vez los más espabilados, encontraron oro y petróleo. Otros, los más exigentes quizá, encontraron raspas de peces fósiles, que es lo más parecido que hay en el mundo a una radiografía, el más profundo de los paisajes humanos.



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