
Felipe Díaz Pardo
Empezar de cero no está mal. En muchos casos, supone hacer borrón y cuenta nueva. En nuestro caso, con el anterior número de La torre del ojo, que, a pesar de figurar con el número uno, bien podía haber aparecido marcado con esa cifra que indica inexistencia, la intención era otra: la de comenzar la andadura de esta revista con la ilusión de partir de esa nada que todo lo permite para llegar lo más lejos posible.
Ahora vemos que esa nada lo permite todo, gracias a la colaboración de amigos e interesados en agrandar los territorios de la cultura. Ellos, con su generosidad, han contribuido a hacer realidad ese deseo. El aliento conseguido en las páginas de esa primera entrega sirve de viento suave y apacible para impulsar las velas de un barco que continúa su singladura con la certeza que permite un nuevo dígito, esta vez el dos, que marca el orden de la publicación y es un pretexto para su continuidad, lo cual es muestra de la consistencia de nuestro empeño y nos permite navegar por estas dulces aguas, bañadas por la poesía, el relato, la sesuda opinión, el drama hecho palabra y otras muchas expresiones que permite la palabra, todas ellas aderezadas con magníficas ilustraciones y manifestaciones artísticas gráficas que aportan más belleza a las ideas vertidas aquí.
Esta vez, estas páginas se alimentan con iniciativas nuevas y con la consistencia que nos da la seguridad del trabajo bien hecho, porque quien en ellas participa toma más confianza en la empresa que nos une. También hay voces nuevas, como deseamos que así sea en los meses sucesivos.
Tan solo queda esperar a que el fruto de tanta buena semilla sobre un terreno tan bien abonado siga floreciendo hasta que el campo que rodea esta torre que nos guía se convierta en un manto de vino y rosas, seda y esparto, hierro y carbono, como propusimos en el primer número y que con cada nuevo intento esperamos ir consiguiendo.



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