
Raquel de Bordóns Cortázar
Me llama octubre con su nombre, me cuenta sus secretos, me escribe versos de amor mientras cae la hoja dejando escrito un soneto.
Cada mes de octubre me estremece. Su nombre sonoro me inspira; octubre, October, ottobre, outubro, Oktober, octombrie.
Su brisa resuena en mi oído recordándome que los días van a ir acortando sus horas de luz dando paso a secretas horas de conversaciones veladas y tiernas caricias al calor de la lumbre.
Octubre, contoneándose en su calendario romano y pavoneándose de ser el mes «octo». Número mágico para tantos, símbolo de equilibrio y del eterno movimiento cósmico para otros.
El mes de las sorpresas. Fue pasado el calendario juliano cuando, recién estrenado el gregoriano, vivió su primera travesura. ¡Qué mes puede presumir de haber tenido tan solo 21 días! Un amor saltaba gozoso del día 4 al 15 con haber soñado tan sólo un día con su amada.
Pues mientras unos juguetean con su encanto poético, otros poetizan la vida con su extremo realismo. Cuentan los más avezados que las noches de octubre el amor resuena en los campos de otoño de Cazorla a través de las bocas de esos bellos animales de grandes cuernos y cuerpos poderosos.
No sé si habéis escuchado brotar el deseo de los cérvidos. Es el poder de la naturaleza, el sonido de la creación y la procreación haciendo temblar las entrañas del otoño.
Sí, octubre queda en mí dejando sabor de nacimiento de vida y de transformación de lo viejo y caduco en semilla de lo nuevo. Y todo esto desde ese mes travieso que juega con nuestras emociones al igual que en 1582 jugó con el calendario.
Feliz octubre y feliz otoño.



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