
Elena Belmonte
CLAUDIO: (Triste.) Sé que era miércoles y hacía frío. Lo sé porque… Bueno, qué importa, lo sé. Me encontré a Ray en la calle y me dijo que venía del bar de Lucas. Iba a buscar a su novia… Todo el mundo sabíamos que Ray no iba a casarse con su novia. A lo mejor todo el mundo menos él porque Ray… Pero… ¿qué importa ahora o importaba entonces que Ray no fuera a casarse? Lo único que importa es que yo le conocía desde siempre. Era el chico que jugaba al baloncesto en el patio de la escuela. El chico al que le gustaba leer y se llevaba mal con su hermana… Y saber esas cosas de alguien te obligan…, te obligan a no perjudicarle, ni mucho menos matarle… No sé por qué no recuerdo su cara… Se ha ido emborronando como si le lloviera encima. Lo que sí recuerdo es que era de noche y él salía del bar de Lucas y me dijo «qué raro está hoy Lucas y qué raro el bar de Lucas tan solitario hoy, ni siquiera han venido los gamberros esos que bromean tanto al fondo de la barra». Me pareció que Ray estaba triste. Pero era el típico tío manso que prefiere sonreír… Le dije que vaya nochecita para cruzar el descampado hasta casa de su novia. Y luego entré en el bar. Y allí estaba Lucas con esa malicia que le ponía los ojos en forma de puñal y me soltó aquello «los tíos esos no han venido hoy porque van a gastarle una broma a Ray esta noche, en el descampado». ¿Qué tipo de broma? «Nada», dijo él, «solo quieren divertirse un rato». Ahora podría decir que supuse qué clase de broma. Podría decir que dejé la copa a medias para salir corriendo a buscar a Ray y que casi llegué a tiempo de advertirle. «¡Eh, Ray, deja que tu novia te eche de menos esta noche, hombre, y vete mejor a casa!». Podría decir que lo pensé, pero hacía frío y se estaba bien en el bar y él no era más que un tipo cobarde de los que se buscan su propia desgracia. No sé por qué recuerdo su mano, así…, ese gesto de levantarla en el aire mientras se despedía de mí con un «hasta luego»…
SONIA: (Rabiosa.) Pasar por la puerta del bar de Lucas. Millones de veces. Imaginarme a mi hermano apoyado en la barra fumando. Ray apoyado en la barra con su mano que fuma. Pasar por allí como si le fuera a buscar, como si le fuera a decir que mamá tiene la cena preparada. Ray apoyado en la barra. Seis meses antes de irse a la universidad. Y yo quería que se fuera. Porque yo no le tragaba. Yo quería verle lejos en esa maldita universidad. Y ahora, cinco años, y busco a Ray como si tuviera sed. Mirar las paredes de ese bar y el aluminio de la barra como si mirara a mi hermano. Un día entraré y me tomaré cien copas. Le escupiré a Lucas a la cara hasta matarlo con mi saliva. Le diré lo canalla que es. Lo cerdo y lo asqueroso que es. Con tu paño limpiando la barra como si extendieras veneno. Qué divertida aquella noche, ¿verdad? Cómo nos reímos todos, cómo se estarán riendo tus amigos todavía, cómo te ríes tú para tapar la mierda que dejas a tu paso. Qué divertido esperar a que vengan a contarte cómo fue todo. Y sí, claro, lo sentimos porque se nos fue de las manos. Pero claro este pueblo es tan aburrido, y ese chico tan tonto pensando en casarse. Entraré una noche de estas y le gritaré a Lucas hasta quedarme sin voz, llenaré de insultos las paredes de su bar, porque yo seré una chismosa, pero no tengo la culpa. Yo no tengo la culpa de ver lo que vi. ¿Qué habrías hecho tú si hubieras visto a tu hermano con tu vestido y tus zapatos de tacón mirándose en un espejo? ¿Te habrías callado? ¡No! ¡Pues yo tampoco! Tú, como un bastardo, habrías ido a contarlo. Habrías dicho que ese no era tu hermano. Que tu hermano era otro, ese con el que discutías a cada rato. Pero no Ray. Ray no. Ray iba a casarse. Ray iba a irse a la universidad. Ray era idiota, pero jamás se pondría mis vestidos a escondidas. Voy a entrar en tu bar y te voy a matar. Voy a destrozar a golpes la puerta de tu maldito bar. Y luego, la chismosa que soy, le contará a todos lo que he hecho. Lo que hicimos. Cómo matamos su boda, y su carrera, y su mano fumando, (Llorando.) y sus zapatos de tacón…
GERARDO: (Nervioso.) Había un árbol y allí le esperamos. El Nano y Pablo y yo. Y hacía un frío del demonio, joder. Lucas, el del bar, nos había dicho que ese tío cruzaba el puto descampado cada noche. Y qué bueno darle un susto a ese maricón y seguro que hasta le gusta. Tenía novia, pero todo el pueblo sabía por su puñetera hermana que le iba lo que le iba. Después de una espera del carajo le vimos llegar. Había un puto perro a lo lejos que no dejaba de ladrar. Al tío se le veía despistado cuando el Nano se le acercó y le dijo en plan gracioso «Quiero ser tu novio» y Pablo dijo «Y yo también». Yo no dije nada porque el frío me mata y porque, joder, no me parecía tan buena idea. A mí los maricones me dan miedo, la verdad. Y luego la cosa se fue animando y luego esos dos venga a decirle piropos como si el tío les gustara. Hasta movían las caderas y se reían igual que nenitas. Y así hasta que el tío pareció enterarse de lo que pasaba. «Tengo novia», dijo con cara de susto. Eso al Nano le fastidió y se puso a tocarle. Y entonces Pablo le tocó también en las pelotas. El tío estaba que se moría del susto y empujó al Nano. Y entonces supe que la cosa se iba a poner fea de verdad. Hasta se me olvidó el frío. El Nano cogió una piedra y se la rompió en la mano, menudo daño, joder, luego le sacudió un puñetazo en la cara y el tío se cayó hacia atrás. Y esos dos se lanzaron sobre él. Creo que dije «venga, joder, dejarlo ya», pero el puñetero perro ladraba y ladraba y mi voz no se oía. Me pareció que el tío aquel lloraba. Y, joder, juro que me dio pena de verdad. Estuve a punto de coger un palo y espantar a aquellos dos para que lo dejaran de una vez. La cosa no tenía gracia. Si ese tío quería ser maricón que lo fuera. Pero por Dios santo que el jodido perro dejara de ladrar como fuera. Y eso es lo que hice. Me largué a callar al perro. Y ahora, joder, no hay noche que no sueñe con la mano de aquel tío aplastada por la jodida piedra, mientras todo lo demás, al fin, se quedaba en silencio.



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