
Angélica Morales
(En escena dos mujeres frente a una maleta. Todo parece indicar que es una casa abandonada. A su alrededor hay muebles viejos tapados con sábanas blancas. La luz es triste, de un amarillo pálido).
UNA: Creo que he traído demasiadas cosas.
OTRA: Siempre te pasa lo mismo.
UNA: Siempre no, es la primera vez que me escuchas decir eso, así que es algo nuevo para ti.
OTRA: Pero te conozco y sé que aunque hayan pasado los años y ya no estemos juntas, lo tuyo no es seleccionar.
UNA: Cuando me muera me gustaría llevármelo todo.
OTRA: No sé si iba a caber tanto trasto en tu ataúd.
UNA: Quiero que me quemen. La ceniza no ocupa lugar, es solo polvo, partículas de cosas felices que después se ponen a flotar en el aire. Con un poco de suerte, pasa alguien al lado de tus cenizas, abre la boca de forma accidental y te engulle. Eso es lo que yo llamo reencarnación exprés.
OTRA: Eso es lo que yo llamo mala suerte o putas cenizas de mierda.
UNA: Qué mala boca tienes.
(Se quedan quietas junto a sus maletas. La luz se va oscureciendo y suena música de ópera. Hay un oscuro denso y cuando vuelve a abrirse la luz, las dos mujeres están sentadas en un sofá, con una copa de vino en la mano. Ahora el espacio no está desnudo. Hay una especie de salón viejo, con muebles cubiertos por sábanas blancas)
UNA: Me gusta escuchar ópera cuando llueve y no hay nadie en las aceras, cuando los pájaros duermen o tiritan en sus ramas, cuando parece que el mundo se rompe y alguien, tras el tabique, da su último suspiro.
OTRA: Quisiera imaginarte, pero me resulta difícil.
UNA: No todos los cantantes de ópera son gordos y sudan y tienen los dientes amarillos.
OTRA: ¿Ah no?
UNA: En absoluto, ¿conoces a Jonás Kaufmann?
OTRA: No.
UNA: Pues es un divo moderno, tiene mucha personalidad y además es muy atractivo.
OTRA: (No contesta, apura de un trago la copa y se sirve más vino) ¿Quieres un poco?
UNA: Sí, gracias. ¿Crees que a papá le gustaba realmente el vino?
OTRA: No, no creo que le gustase realmente nada, excepto él.
UNA: Era un egoísta.
OTRA: Era un monstruo.
UNA: ¿Crees que hay familias que son felices, que consiguen amarse de verdad?
OTRA: No estoy segura. Es posible, depende de muchos factores.
UNA: Pues en mi opinión no depende de nada. Nacen así las familias, se quieren sin pensar, porque se lo manda el corazón, porque se gustan, porque les apetece estar unidos o conocerse.
OTRA: Eres una romántica.
UNA: Y tú demasiado trágica. Si por ti fuese, todo serían historias de color gris, con un final de sangre.
OTRA: Me gusta la sangre.
UNA: Demasiado.
OTRA: Y a ti te gusta el color rosa y los lacitos de encaje. ¿Qué llevas en esa maleta que pesa tanto?
UNA: A papá.
OTRA: Podías haber buscado una forma más sencilla.
UNA: No se me ocurrió otra cosa que meterlo ahí. La maleta es nueva. Lo malo es que ahora tendré que tirarla y comprarme otra. Y me costó una pasta, ¿sabes? (Da un sorbo)
OTRA: Te pagaré mi parte.
UNA: ¿En cuántas partes crees que lo he cortado?
(Oscuro)
(Cuando vuelve a encenderse la luz, las dos mujeres están sentadas en el suelo, revolviendo entre viejas fotografías)
UNA: (Mirando una foto) Aquí estás enfadada porque no querías subir otra vez a la noria.
OTRA: Estaba enfadada porque me acababas de vomitar en el vestido. El vestido era nuevo y lo estrené ese día. Ese día era Navidad.
UNA: Papá en Navidad siempre nos llevaba a la feria.
OTRA: Bueno, decir que nos llevaba a la feria es mucho decir. En realidad, nos dejaba en la feria y él se iba al bar.
UNA: Es cierto. Tenía la excusa perfecta. Era un modo muy familiar de emborracharse.
OTRA: Nos compraba diez viajes en cada atracción. Recuerdo especialmente el tren de la bruja. Cuántos escobazos nos llevábamos. Diez viajes horribles en aquel tren que olía a caca de perro y a algodón dulce. Con aquella bruja que en realidad era un tipo con falda y peluca, ¿recuerdas el hedor a whisky barato que desprendía su boca? Su boca era como una cueva con mil ladrones muertos en su interior, sin luz ni espejos en los que ver el reflejo de la esperanza. Y daba escobazos con inquina. Aún conservo un chichón aquí, en el centro de mi cabeza. Con los años, he llegado a pensar mucho en él, y a modo de conclusión te diré que su violencia era el resultado de una venganza, la venganza de su propia vida de mierda, como si los niños fuésemos el blanco perfecto donde vomitar toda su frustración.
UNA: ¿Pero la del vómito no era yo?
OTRA: Sí, pero eso fue después. Siempre vomitabas después, cuando la bruja que era hombre alcohólico se cansaba de golpearnos la cabeza con una escoba de tres pelos.
UNA: ¿De tres pelos?
OTRA: O de tres puñales.
UNA: ¿Y sería el mismo hombre alcohólico de siempre, año tras año?
OTRA: Siempre es una palabra difícil de asumir. Pero es posible que su vida fuese un continuo tren con niños que descarrila en el alcohol.
UNA: ¿Crees que tendría familia?
OTRA: Su escoba.
UNA: Aparte de su escoba.
OTRA: Quizá su madre era de otro país y estaba engordando en el aire de una fotografía, cualquier fotografía parecida a esta. Tal vez su madre se llamaba Katy y no tuviese dientes y fuese incapaz de levantarse de la cama porque tenía una extraña enfermedad en los huesos que hacía que, sin hacer nada, se rompiesen, como si los huesos fuesen cristal o una joya muy mimada.
UNA: Pobre bruja hombre. ¿Y tendría padre?
OTRA: (Revuelve entre las fotografías) Sí, el padre de la bruja hombre sería este señor con bigote que saluda a la cámara con el sombrero en alto.
UNA: (Mirando la fotografía) Me parece un hombre muy mayor para ser el padre de la bruja hombre. Ese señor al menos es del siglo dieciocho antes de Cristo.
OTRA: ¿Y qué más da? El tiempo no es nada, solo cifras que se pueden borrar, solo un desfile de mariposas macho a las que se les puede cambiar el rumbo de su melancolía, solo un pañuelo sucio en mitad del polvo, solo una esencia de violeta en el interior de un tambor que le canta a la tarde o a una mujer que espera frente a la ventana el regreso de su virginidad. Yo digo que este señor con bigote que saluda a la cámara con el sombrero en alto es su padre. Y digo además que su padre era militar terrible.
UNA: Eso ya me encaja más, tener un padre militar terrible ayuda a convertirse en bruja hombre y entregarse de por vida al alcohol.
OTRA: No te dejes engañar por las apariencias. A pesar de que era un militar cruel y que mataba al enemigo sin siquiera levantar los ojos del New York Times, era un hombre de grandes sentimientos; solía llorar viendo crecer las espinas de una rosa azul en el jardín y cuando los perros del barrio caían muertos a sus pies, después de lamer el brillo de sus botines.
UNA: Eso es porque el brillo de sus botines estaría impregnado de veneno, seguro.
OTRA: O porque los perros del barrio estaban viejos ya y morían sin más, frente a la belleza engañosa que brilla.
UNA: ¿Cuántos perros del barrio habrían muerto a sus pies?
OTRA: Dos: Sultán, un perro salchicha, y Perla, una perrita muy ordinaria que perteneció a una cantante de opereta.
UNA: Dos perros no es casualidad. En el brillo de los botines del señor militar había un veneno muy bello y amoroso.
OTRA: Es posible, pero nunca investigaron las muertes de los perros del barrio. En cambio, cuando murió el señor del bigote que sonríe a la cámara con el sombrero en alto, se hizo un funeral a lo grande.
UNA: ¿Y acudió su hijo, el que daba escobazos en el tren de la bruja?
OTRA: Me temo que no. Nunca conoció a su padre. Su madre, la señora Katy, le dijo que su padre había muerto en el mar, dentro del abrazo de una ola, un día gris de agosto, puede que muy cerca de las costas de Australia. Hay quien se atreve a afirmar que el barco transportaba de contrabando 400 pianos alemanes y que tan solo consiguieron salvarse del naufragio unas cuantas partituras y una soga.
UNA: A pesar de todo creo que, si se hubiesen conocido, se habrían amado. Tenían muchas cosas en común; su odio a los perros del barrio y su amor por el alcohol y los barbitúricos.
OTRA: ¿Quién te ha contado lo de los barbitúricos?
UNA: Pura intuición. Todo hombre de mar se entrega a los barbitúricos del pasado, toda bruja infantil hace el amor con la droga del presente.
OTRA: Has olvidado las noches.
UNA: Las noches sirven para dormir o para planear crímenes.
OTRA: ¿Cuántas veces planeaste matar a papá?
(Oscuro)
(Cuando se abre la luz, las dos mujeres están saltando a la comba mientras canturrean)
LAS DOS: (Tres veces seguidas) “¡Compañía Arrendataria de Monopolios Petrolíferos Sociedad Anónima!”.
UNA: (Deteniéndose y tomando aire) No estoy segura de lo que es realidad y ficción, por qué la locura tiene un nombre o se corresponde a una pastilla de color azul tomada en ayunas, cada día, mientras miras los trenes pasar en la memoria y un niño cruza la acera con su monopatín. A veces no entiendo el mundo, su motor o las cosas más pequeñas. He llegado a pensar que ni siquiera sé pensar, mucho menos comunicarme o tomar una decisión. No tengo espacio en mi cabeza para los catecismos, ni siquiera recuerdo el número de mi documento de identidad. Nada, me parece que me he criado en el vacío, que soy un globo pinchado que va dejando un rastro a flores muertas a su paso, a semillas de árboles que no crecerán jamás.
OTRA: ¿Eso no lo dijo Faulkner?
UNA: ¿Quién es Faulkner?
LAS DOS: (Cantando a la vez) “¡Compañía Arrendataria de Monopolios Petrolíferos Sociedad Anónima!”.
(Oscuro)
(Cuando regresa la luz, las dos mujeres están de nuevo sentadas en el sofá, fumando cigarrillos, con sus maletas sin abrir cerca)
UNA: Nunca he sabido de qué color es el petróleo.
OTRA: Será negro, como todo lo que nos hace infelices.
UNA. Es posible que sea negro, sí. Lo he visto en las películas, cuando James Dean excava sobre un pozo y sale líquido negro. Luego se hace rico, pero es tremendamente infeliz porque el petróleo se ha comido su vida y su normalidad.
OTRA: En cualquier casa había normalidad excepto en la nuestra.
UNA: Porque papá trabajaba cuidando el petróleo en una compañía que tenía el puño muy prieto y que regalaba carpetas de color azul y nos daba dinero para ropa, becas para estudiar, campamentos de verano para destruirnos…
OTRA: No me hables de los campamentos de verano. Son un horror. Nunca he entendido para qué sirven. Yo fui a uno y a partir de entonces dejé de ser la niña feliz que era. Me pasó lo mismo que a James Dean cuando descubrió aquel pozo de petróleo.
UNA: ¿Y qué descubriste tú en el campamento?
OTRA: Que los niños siempre quieren follar y fumar y escaparse de noche y meter bichos entre los sacos de dormir y caminar como un hombre que empieza a pudrirse en cuanto sale el sol y su cabello relumbra.
UNA: ¿Intentó propasarse contigo algún chico?
OTRA: No, yo era demasiado fea para eso. No tenía tetas aún y lucía un bigotito infantil mono, pero espeso. Los chicos se conformaban con meterme arañas en la mochila y escucharme gritar. En cambio, a ti…
UNA: A mí, nada.
OTRA: Sí, tú te enrollaste con Iñaki. Te tocó las tetas, os escapasteis juntos de noche, os besasteis bajo el fuego de su pelo y después te enseñó a cavar letrinas.
UNA: Calla, no quiero hablar de eso. Regresemos al petróleo. ¿Por qué trabajaría papá transportando una manguera del vientre de un barco al vientre de otro barco?
OTRA: Es como si les hiciera una transfusión de sangre negra, ¿verdad?
UNA: Era entrar directamente en la boca feroz del capitalismo.
OTRA: Pero si papá no sabía lo que era el capitalismo. Él solo conocía el coñac Napoleón y la cerveza Mahou.
UNA: Sin embargo, trabajaba con el petróleo y acumulaba monedas en bolsas y cortaba trocitos de jamón y chorizo y los metía al arcón.
OTRA: Ya no me acordaba del arcón. En el arcón cabíamos las dos hechas pedacitos.
UNA: ¿Y por qué compraría aquel congelador tan grande?
OTRA: Igual quería matarnos y le salió mal el plan y tuvo que conformarse con hacer pedacitos a un cerdo que pasaba por allí.
UNA: Nunca nos daba dinero a pesar de tener aquellas bolsas donde se acumulaban las monedas. ¿Sabes lo que me dijo un día cuando fui a pedirle unas monedas para comprar tabaco? Que no tenía dinero. Y lo dijo así, como si fuese la única verdad que existe en el mundo, como si Cristo estuviese a su lado, crucificado en un barco del Japón y sangrando petróleo por sus costados,
OTRA: ¿Y qué hiciste tú?
UNA: Robarle todo el dinero que pude cuando se fue a trabajar.
OTRA: Menuda jugada, luego se percató de que las cuentas no cuadraban y quiso echarme la culpa a mí.
OTRA: ¿Y qué hiciste?
UNA: Robarle todo el dinero que pude cuando se fue a trabajar.
OTRA: ¿Crees que el petróleo tiene padre?
UNA: Es posible.
OTRA: ¿Y cómo sería?
UNA: (Vuelve a revolver entre las fotografías, hasta que encuentra una) Este sería el padre del petróleo.
OTRA: (Mira la fotografía y pone cara rara) Pero este señor… ¿No es el tipo de bigote que sonríe a la cámara y levanta el sombrero?
UNA: El mismo.
OTRA: Yo creía que este señor era el padre de la bruja que era hombre con peluca y bebía alcohol de niños.
UNA: Y lo es.
OTRA: Entonces…
UNA: Todos los padres que no aman a sus hijos acaban transformándose en un inmenso vacío de alcohol sentimental que puede adquirir la forma de hombre lejano o bigote familiar o sombrero elevándose del peso de la tragedia. Su corazón…
OTRA: Sigue, no te detengas, ¿cómo es su corazón?
UNA: Su corazón es de piedra y se pone a latir en noviembre, cuando los perros ladran sobre el vientre helado de un poema, cuando los hijos han muerto y ya no quedan fotografías que arrojar a los ojos del petróleo.
OTRA: ¿Me das fuego?
UNA: ¿Para qué?
OTRA: Quiero saber si mi corazón arde.
(Oscuro)
(Cuando regresa la luz, aparece en escena una mesa dispuesta y engalanada. Es una mesa de Navidad. Las dos mujeres están una frente a la otra, a cada lado de la mesa)
UNA: ¿Te falta mucho para ser mayor de edad?
OTRA: (Mira el reloj de su muñeca) 25 segundos.
UNA: En ese caso tomaremos champán, celebraremos por todo lo alto que estamos solas, que todas nuestras arañas han muerto o han asaltado a otro hogar o se encuentran a miles de verstas de distancia de un teléfono.
(Toman asiento una frente a otra. Cada una aferra su copa de champán y adquiere una posición erguida, como si fueran maniquís vivientes)
OTRA: ¿Existe una sola vida que no esté impregnada de los errores que hacen vivir?
UNA: (Da un sorbo a su copa)
OTRA: ¿Existe una sola vida clara, transparente, sin raíces humillantes, sin motivos inventados, sin los mitos surgidos de los deseos?
UNA. ¿De qué cosecha sentimental estaríamos hablando?
OTRA: De las notas de Cioran pudriéndose en la ventana.
UNA: ¿Quién es Cioran?
(Oscuro)
(Al regresar la luz, las dos mujeres están sentadas frente a un televisor. Llevan un paquete de clínex en la mano y parece que están llorando)
UNA: Llorar es bueno. Llorar te hace resurgir de tus cenizas. El llanto es la música dulce de los ángeles antes de darte su abrazo mortal.
OTRA: Llorar adelgaza.
UNA: Llorar es bueno para el riego sanguíneo de los reptiles.
OTRA: Los reptiles no lloran.
UNA: Papá era un reptil y lloraba a moco tendido.
OTRA: ¿Qué clase de reptil?
UNA: Un cocodrilo del Caribe.
OTRA: Yo siempre he pensado en él como en un hombre. Es peor ser un hombre malo que un reptil. Papá solo era un hombre sin sangre.
UNA: Enfermo del corazón.
OTRA: Con la alegría tapiada.
UNA: Sin un patio infantil donde bailar bajo la lluvia.
OTRA: Encadenado al vicio de comprar papel higiénico y latas de atún.
UNA: Con la carne blanda y en pleno abandono.
OTRA: Con el pelo largo y las patillas largas y la calvicie anunciándose cada día un poco más.
UNA: Hay quien dice que se parecía a Antonio Mercero.
OTRA: ¿Quién es Antonio Mercero?
UNA: Papá, que hacía tortillas de patata gigantes y que jamás nos daba a probar ni siquiera un bocado.
OTRA: Porque cocinaba hacia afuera del cariño y de cara a los demás, hacía ver que era un buen padre, pero, en casa, los golpes, los insultos, las amenazas…
UNA: Nuestra habitación como una isla donde debíamos resistir desnudas.
OTRA: Sin el cariño de nadie.
UNA: Nos amó el polvo.
OTRA: Pero el polvo no cuenta porque el polvo es amante de todo el mundo. Me refiero a que solo nos teníamos la una a la otra.
UNA: ¿Recuerdas que tenía una gran facilidad para hacer de vientre?
OTRA: Se llama vaciar la hiel.
UNA: Cagar.
OTRA: Deshacer su condición humana.
UNA: Volverse animal simple.
OTRA. Volverse nada, ni siquiera recuerdo o mariposa gorda revoloteando sobre la luz de las heces.
UNA: Al final el hombre solo es eso.
OTRA: Pura mierda.
UNA: Un perfume enfermo.
OTRA: El tumor de una flor en el mes de abril.
UNA: ¿Y por qué lloraba tanto papá con cosas tan tontas como La casa de la pradera, Heidi o ese programa que se ponía a hurgar en los fantasmas del pasado, ¿cómo se llamaba?
OTRA: El bigotito de Faulkner.
UNA: No.
OTRA: Las uvas pesimistas de Cioran.
UNA: No.
OTRA: La enfermedad grave de Dios o Vallejo llevándose a la boca el esqueleto exiliado de un pájaro.
UNA: No ¡Ah, ya me acuerdo! Quién sabe dónde, de Paco Lobatón.
OTRA: ¿Y por qué lloraba tanto con las familias desaparecidas de los otros mientras ignoraba a la suya propia?
UNA: Supongo que es más fácil entregarse al dolor ajeno. Pero igual no, porque los domingos mamá escondía las cervezas Mahou y arrojaba el coñac Napoleón por el fregado. Es posible que la causa de su llanto también tuviese que ver con el dilema de no recordar con exactitud en qué lugar había dejado la manguera que transportaba petróleo, si en el pecho de un barco del Perú o en el pubis de un carguero moscovita.
OTRA: ¿Crees que papá hubiese llorado la muerte televisiva de La Veneno?
UNA: Sí.
OTRA: ¿Y qué hubiese hecho de haber sido el padre de su eterna tristeza?
UNA: Lo normal en estos casos, meterla en un arcón, cortada en pedacitos.
OTRA: Ya no me quedan más clínex.
UNA: Ya no me queda corazón.
OTRA: ¿Qué llevas en esa maleta?
UNA: La culpa, ¿y tú?
OTRA: El silencio del ruido.
(Oscuro)
(Suena un relámpago y lluvia fuerte y, a lo lejos, la música de Henri Mancini)
Fin



Deja un comentario