
Silvia Sotomayor
Adiós al verano.
Adiós a los días generosos de compañías claras.
Adiós a las eternas charlas
de risas contagiosas indetenibles atajadas
sólo para secarse de alegría las lágrimas.
Adiós a esos instantes,
placeres, regalos
que hacen que el tiempo se meza
y se detenga
para que puedas saborearlos
y rescatarlos
cuando el otoño taciturno y ñangotado
entre por la ventana y diga que se queda.
.
Adiós a los lugares nuevos,
asombrosos y extraordinarios
que siempre estuvieron en el mismo sitio,
y crees que desconocías
pero, al llegar, tu cuerpo
se estremece y vibra
confesándote que ya estuvo allí
que ya caminó por ellos…
Quizás en otra vida, en otro tiempo…
O quizás sólo fueron sueños…
Rincones cuya esencia cala hondo,
muy dentro;
y cierras los ojos y sueñas
con la ilusión de otro verano
para volver de nuevo.
.
Adiós a las mañanas deliciosas, exquisitas
cuya banda sonora penetra en los sentidos
en un dulce bucle de cabellos finos, ensortijados
por rocas blancas que abrazan
deslumbrantes y seductoras playas
e invitan a bailar
y perderse en el vaivén
de espuma y sal.
.
Adiós, mar.
Adiós a su hálito de sal,
a las caricias de las atlánticas aguas,
adiós al último beso del Mediterráneo.
Adiós a su manto de aguamarina,
cian, azulón, lavanda y cobalto.
Adiós al último atardecer
de soles amarillos, rojos y anaranjados
que se reflejan en la piel de los enamorados.
Adiós al último amanecer
y al último sueño
de una noche de verano.



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