
Felipe Díaz Pardo
Desde hace un tiempo vivo con mi hermano. Al principio se me hacía raro, pero ahora, he de confesar que me he acostumbrado a su compañía. El día en que llegó a casa lo encontré sentado en el salón y apenas había cambiado desde la última vez que lo vi con la apariencia de las personas normales. Tal vez mostraba un rostro más sosegado y apacible y unos movimientos más pausados, pero era el mismo. Es normal, al fin y al cabo, es el mismo.
Su imagen de aquel día, y que más o menos se mantiene hasta ahora, no tenía nada que ver con la que presentaba en los últimos años. Entonces su cara demacrada, la piel cetrina, la mirada huidiza y una delgadez propia de quien se deja llevar por caminos que nunca se deben transitar dibujaban una figura tristemente destruida. “Es lo que tiene cuando se pasa al mundo de las sombras”, fue lo que, irónicamente, me respondió al preguntarle por tan espléndido como inusitado cambio en su presencia.
Desde aquel momento en que ha aparecido de nuevo en mi vida, cada tarde, después de mi llegada a casa, las horas se me hacen más cortas con su animada conversación. Desde hace un tiempo, las paredes de mi casa se han convertido en mi refugio, mis guardianas silenciosas. Este lugar es ahora mi propio mundo, rodeado de libros, de los objetos que atesoro con cierto cariño y la luz suave de la lámpara de lectura. La gente podría pensar que soy un bicho raro, un ermitaño. Y no les falta razón. Mi hermano, en cambio, había sido siempre todo lo contrario. Un huracán de energía, una tormenta de risas. Su vida era una puerta siempre abierta, un torbellino de caras y de historias.
Éramos como el día y la noche. Él era el sol ardiente de un verano sin fin; yo, la luna solitaria en el gélido invierno. Nuestros padres siempre lo decían, a veces con cariño, a veces con una pizca de frustración. Recuerdo un verano en la playa. Él corría sin parar, con los pies descalzos, construyendo castillos de arena que la marea se llevaba sin piedad. Yo, en cambio, me sentaba bajo una sombrilla, con un libro o un tebeo en la mano, observando a la gente o mirando al infinito, sintiendo la brisa salada y la molesta arena sobre la piel.
Pero a pesar de esa diferencia de caracteres disfruto mucho con su compañía, con la que se hace más llevadera la soledad. Los divorcios, además de ser una ruina económica, en el más estricto sentido de las palabras, también suponen un motivo para la culpa, otro de los rasgos que adornan mi idiosincrasia, para la nostalgia y la melancolía.
El caso es que su existencia llena la casa y me saca de mi caparazón. Sus risas de los primeros tiempos volvieron a retumbar en una casa que se me hace grande y extraña. Me cuenta historias de sus viajes cuando ya era un ser desbocado, de sus inexplicables desapariciones durante días, de sus amores fugaces, que trajeron demoledoras consecuencias para aquellas mujeres que con ellas los compartió y de aventuras alocadas y sin sentido, fruto de una mente ya trastornada.
Después de tantos años de distanciamiento hemos podido recordar toda nuestra infancia y primera adolescencia juntos. Intereses y caracteres tan distintos nos habían separado y ahora volvíamos a coincidir gracias a los recuerdos. Hay también ocasiones en nuestras charlas para reprochar ciertas actitudes y decisiones sobre nuestra educación por parte nuestros progenitores que, tal vez, fueron el motivo, en parte de tal disparidad entre hermanos. Pero siempre volvemos a las anécdotas y chiquilladas en las que yo, casi siempre, salía perdiendo.
En este sentido, la burla de mi hermano se inicia muchas veces con el recuerdo de aquella vez en la que, tras pegarse con una pandilla de chicos del barrio, tan gamberros y alborotadores como él, y perseguido por ellos, se acercó al lugar en donde yo estaba, en el parque cercano a casa, en donde me encontraba con un amigo, tan apocado como yo, hablando de nuestras cosas, como forma habitual de pasar el rato. Al no poder darle caza aquel grupo de contrincantes infantiles, se desquitaron conmigo, como forma subsidiaria y fraternal de resolver sus diferencias con un familiar tan directo, mientras quien estaba conmigo, absorto como estaba siempre en su mundo, próximo al autismo, no se dio cuenta del altercado hasta que este paso. “Vaya amigos que te echabas”, se ríe mi hermano cuando recuerda el suceso.
Y es cierta tal opinión sobre mi inclinación y tendencia en aquella época para relacionarme con los chicos de parecida personalidad a la mía. Yo siempre fui tímido e inseguro, mientras que mi hermano era un ser extravertido e impulsivo que quería obtener al instante todo lo que le apetecía, sin pensar en si conseguirlo era posible. Lo que deseaba en ese instante lo quería a toda costa y lo quería ya. Hay quien a esa forma de ser la califica de “intensa”, cuando no es otra cosa, a mi entender, que un rasgo propio de las personas caprichosas y antojadizas. Sea cual sea la opinión al respecto, lo que sí está claro es que ese talante y conducta en la vida contribuyó a fraguar en él un temperamento que le llevaría a la ruina. Siempre he estado convencido de tal afirmación y de la fragilidad de su carácter. Solo los débiles y los que no tienen una meta clara en la vida acaban como él.
Pero todo aquello pasó y ahora, como digo, he disfrutado mucho con su cercanía, que ha hecho más llevadera esa soledad que desde hace un tiempo me acompaña. Hemos recordado nuestros días de infancia, las travesuras, las peleas y las reconciliaciones. Él se acuerda de todo, incluso de los detalles más pequeños que yo he podido olvidar. Es como si el tiempo no hubiera pasado para él, como si las décadas que nos han separado fueran solo un sueño.
La noche pasada, no obstante, tras nuestra charla rememorativa de cada día, mientras me contaba su última historia antes de desaparecer, se quedó en silencio. La risa se le congeló en los labios. «Tengo que irme», me dijo. No había tristeza en su voz, solo una calma inusual, impropia de otros tiempos. «Tengo otros asuntos que resolver, otros lugares que visitar, otras personas a las que consolar».
He intentado convencerlo para que se quedara argumentando que aún nos quedan muchas historias del pasado por recordar. Pero él solo me miró con una ternura desconocida e infinita en él. «Estaré bien», me susurró, sin más.
Esta mañana, al despertarme, he ido a su cuarto y he encontrado su cama perfectamente hecha. Las pocas pertenecías con las que llegó no estaban allí y no hay rastro de que hubiera estado en casa, excepto por el recuerdo de su presencia. Y, de repente, lo he entendido. Por un instante, me he preguntado por qué habrá venido. Supongo que para hacerme saber quién era y para recordarme la conexión que en otro tiempo habíamos tenido.
El misterio se ha resuelto. Todo ha sido una ilusión, una visita inesperada, pero por la que siento una profunda gratitud al saber que alguien tan cercano y cuyo recuerdo empezaba a difuminarse nunca se había ido.



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