
Manuel Hernández Andrés
If you know your history
Then you would know where you’re coming from.
Bob Marley, Buffalo Soldier
Thank God it’s Friday y el lunes Memorial Day: el último puente del año. Tres semanas más de clase y daremos por rematado un año movidito. La enseñanza a estos chavales ha resultado ardua y, a mi juicio, infructífera; algo así como predicar en el desierto o hablarles a las paredes. Ha pasado todo un curso y no sé si habrán aprendido algo. Me pregunto si Mrs. Warden compartirá mi opinión; probablemente. Lo que pasa es que se calla y no lo dice, o al menos no lo dice en público; y yo ya tampoco.
Dejo el ordenador en el estante más alto: costumbre precautoria. No me fio ni un pelo de las manos largas. Miro el reloj: las once y cuatro. Por delante, cuarenta minutos de calvario. Por detrás, las sonrisas falsas, el Hello y el How are you? y demás parafernalia para guardar las formas y aparentar cortesía. Por arriba, vertiéndose como cascada monótona, una ducha templada de música relajante que calme el ánimo. Por los pies, el aire viciado del ventilador. Afuera, en pleno auge, cientos de chicharras, quizás miles, recién salidas de la tierra húmeda. Es su año de gloria tras diecisiete en el anonimato. Como sicarios sedientos, han vuelto para que paguemos el calor del verano. Dentro, Mrs. Warden repartiendo el trabajo para el periodo. Sam, esto. Ésteban, aquello. ¡Yonathan! ¡Raul!
Raúl no está, ¡bien!
Yonathan Santos se acerca parsimonioso. Yo me convierto en su sombra.
Equivalent fractions, indica Mrs. Warden.
Sigo a este portento de la naturaleza (metro ochenta y cinco a nada; cuarenta y ocho de pie; unos cien kilos de carne mal hecha) hacia el cuarto de aislamiento en la parte de atrás. ¡Cuarto de aislamiento!, si me oyese Mrs. Warden; pero ¿qué otro nombre se le podría dar a un receptáculo de apenas seis metros cuadrados, acolchado (ante todo evitar posibles pleitos), que les sirve para apaciguar las iras de estos adolescentes rebeldes?
Yonathan se mete en la silla con paleta junto a la ventana por un lado, como quien se monta a un sidecar. Yo permanezco de pie, rotulador en mano, dispuesto a que mis palabras le entren por un oído y le salgan por otro. Lo único que espero es que Mrs. Warden no nos pida ir a la biblioteca; allí aún haríamos menos y pasaría la vergüenza de que nos estuviesen mirando. Este año estoy bajo observación formal y no me puedo permitir más trifulcas. Cualquier nimiedad como lo del curso pasado me pone de patitas en la calle. Por desgracia no son buenos tiempos para la tiza. Aquí, entre las cuatro paredes del cuarto de aislamiento, estamos bien. Nos protegen las cortinas a medio echar, la música anodina, el rumor insistente de las chicharras y lo más importante, unos metros de distancia de Mrs. Warden.
All right, Yonathan. Where’s your pencil?
Hoy tengo la lección fresca. Precisamente esta semana le he estado explicando las fracciones a mi hijo de siete años.
El portentoso parsimonioso dispone encima de la paleta el carpetón. Desabrocha la cremallera y examina unas dos docenas de instrumentos de escritura de todos los colores, formas y tamaños. Parece que ninguno le cuadra. Me viene a la mente la primera vez que los vi. Había estado leyendo informes sobre ellos. Me los había imaginado escuincles crueles, pillos de estos que te miran a los ojos sin parpadear y te dan una patada en la espinilla en cuanto te descuidas, una mezcla entre el Jaibo y Lázaro de Tormes. Aquel día, en cambio, no me parecieron tan fieras. Estuvimos hablando de manera informal (platicando, como dicen ellos) a la vez que escribiendo en fichas los procedimientos de seguridad para el laboratorio de ciencias. Yo les leía el procedimiento y a modo de resumen les subrayaba las palabras más importantes: don’t, play, with, fire; ellos las copiaban en cartulinas blancas.
¿Cómo se llama?, me preguntó muy educadamente Raúl en algún momento.
Miguel, contesté.
Ahora que lo pienso no sé porque les di así, de primeras, mi nombre de pila, en vez del acostumbrado Mr. Garsía; quizás ya intuía que no iban a ser alumnos míos por mucho tiempo. Muchos eran los que habían venido y muchos los que se habían ido un día sin dejar rastro.
Saca por fin un lápiz. La punta rota, para variar. Yonathan se levanta como un viento huracanado y sale en busca del sacapuntas sin mediar palabra. No pedir permiso al maestro consiste en un aviso en este sistema de warnings que tienen, pero no se lo doy. Si algo he aprendido en estos meses de convivencia es que, hasta cierto punto, es mejor que hagan lo que impulsivamente les pide el cuerpo. Las restricciones en estas mentes complejas no provocan sino ansiedad innecesaria, germen de peores comportamientos.
Melodía laxante ininterrumpida, ambiente átono, luz tenue, y mi mente divaga de nuevo. Recuerdo la voz grave de Mrs. Warden, toda circunspecta, explicándonos el sistema de amonestaciones del programa: uno, advertencia; dos, conversación privada; tres, visita a la directora. Después prosigue con lo del sistema de puntos que oscila entre el 2, trabajan bien, y el 0, no quieren trabajar. Un 2, 2, 2 es la puntuación óptima a conceder si se comportan como es debido, hacen lo que hay que hacer y, sorprendentemente (al menos así me lo pareció entonces), si no se autolesionan. Al rato, en la sala de reuniones, recopilación de las andanzas vitales del pieza mano a mano con la trabajadora social. Yonathan proviene de una familia mexicana muy desestructurada, pues no se tiene constancia de que el padre biológico habite en casa, me informa una. La madre está sin trabajo y recientemente se ha visto desahuciada, continúa la otra. Las desgracias se aglutinan como en la página de sucesos de un diario. A destacar que el caza del hermano mayor cayese al golfo Pérsico el año anterior o que al hermano pequeño le acabasen de recomponer el aparato digestivo tras haber ingerido lejía. Por lo visto, Yonathan no había realizado muy bien sus labores de páter familias en una de las muchas tardes que pasaban solos los menores mientras la madre lustraba la casa de la vecina, o a la vecina. Yonathan hablaba de dos mamás. La trabajadora social, más morbosa, de debilidad por el sexo débil.
Are you ready?, le pregunto una vez se sienta con su lápiz afilado.
Yonathan se pone a tararear un reggae. Interpreto que está listo y empiezo con una pequeña introducción a las equivalentes. Poco a poco entramos en la lección. La regla de oro de las fracciones: multiplicar o dividir numerador y denominador por el mismo número, aunque no uso tales tecnicismos, sino arriba y abajo, pues la experiencia me ha hecho aprender que el bagaje académico que acumulan estos chavales es, por falta de un epíteto mejor, limitado; cada vez que he usado un léxico algo complejo, y no es que yo sea ningún académico, se me han perdido.
De espaldas a la puerta, Yonathan no ve quién acaba de entrar al aula. Mrs. Warden intercambia unas palabras con la trabajadora social, primero; después gesticula y señala nuestro búnker.
¿Qué onda?
Raúl (o Raul, como lo llaman ellas), guatemalteco, separado de sus padres durante varios años, aterriza un día en Chicagoland (esa megalópolis de nueve coma ocho millones de almas desalmadas) desarmado, sin papa de inglés ni de español, analfabeto total. Criado por un abuelo en Livingston, una vez en los Estados Unidos renuncia del cariño de sus padres y lo busca en las carnes prietas de las adolescentes de cabellos platino que pululan por los pasillos. Expertos en educación observan su comportamiento. Les choca, lo contrastan, lo interpretan como falta de cariño, choque cultural, desconocimiento de límites, mas pronto lo restringen. Raúl acaba inmerso en este panóptico (formalmente Programa de Aprendizaje y Descubrimiento Altamente Organizado), donde hasta para ir al baño tiene que ir acompañado de un adulto. Para controlar la libido, una pastillita al día, nada serio. Contra pronóstico, sin embargo, el muchacho se encuentra como en casa, pues por cada americano que hay en HOLD (siglas del programa en inglés), hay al menos cuatro hispanos.
La presencia de Raúl puede hacer que las fracciones y sus equivalencias se vayan al garete. De cualquier manera, yo prosigo.
Fracciones equivalentes, Raúl.
Raúl me mira con ojos de estar interesado, abre la ventana y sonríe. Yo hago como que no veo nada; si se quiere asar, allá él. Dibujo una pizza en la pizarra, la parto en tres trozos y sombreo dos.
Hey! Give it back, stupid!
Tu mamá.
El espabilado de Raúl quiere copiar lo que con tanto esfuerzo ha escrito Yonathan en su libro de ejercicios. Como es lógico, este no le deja.
You’re really dumb!
Tu mamá.
Intento apaciguar la cosa y le pido a Yonathan que deje que Raúl copie los dos primeros problemas de fracciones. Yonathan se niega. Agarra el libro con las dos manos y lo protege encogiendo el cuerpo y agachando la cabeza sobre él, como si el quarterback le hubiese pasado la pelota y ahora se la quisiese quitar el contrario. Raúl dice que está bien, que como Yonathan es retrasado mental necesitaba más el libro. Yonathan le responde: Your mom. El intercambio de insultos dura unos segundos más. Queda claro que en ocasiones estos chavales no se soportan.
That’s enough, sentencio. Raúl, vete a trabajar a tu mesa y si te trabas, te destrabas, me gusta decirle y nos reímos un rato; yo, de su uso guatemalteco del idioma, él, de la rima fácil, quizás. No obstante, esta vez no lo hago. No quiero reavivar el fuego por otro frente. Simplemente le digo que si no sabe algo yo le ayudo en un rato.
Garboso, con esa gracia, ¡con ese tumbao!, que tienen los caribeños, Raúl se va a su silla con paleta no sin antes subirse los pantalones caídos, colocarse el paquete y cuchichearle algo a Dulce, una mexicanita que le hace tilín. Luego le doy a Mrs. Warden mi versión del parte de guerra en el búnker si me pregunta por él, si no, con el acostumbrado dos dos dos ya está. Contra menos sepa mejor.
Yonathan está alterado. Sombrea la pizza en su libro apretando con saña el lápiz, consiguiendo salirse de los márgenes.
I won’t share anything with that scumbag… He’s malo… He’s a dog.
Así, mirando a Yonathan mover los gruesos labios de arriba abajo como un sordomudo inquieto, me abstraigo. No sé por qué relaciono su apellido, Santos, con el famoso Tanilo Santos de Rulfo. Quizás sea por el vía crucis que atraviesan todos estos inmigrantes hasta llegar hasta esta Tierra Santa para, una vez aquí, darse cuenta de que esto no es sino un Infierno como cualquier otro: largas, largísimas jornadas laborales, escasos beneficios, múltiples facturas que, como cada lunes, no dejan nunca de llegar. Lo que es seguro es que Mrs. Warden no va a incluir al famoso cuentista mexicano en su plan de estudios, ya no por cuestiones patrias, ni siquiera religiosas, sino porque no lo debe conocer de nada. Es más, descubrir que Rulfo habla de deseo carnal, infidelidades, deslealtad, humores, secreciones internas o muerte laescandalizaría. Lo que se me antoja más triste es que probablemente Yonathan tampoco llegue a conocerlo nunca, a pesar de que hacerlo le haría mucho bien.
Curioso resulta que el desasosiego del ingenuo dé paso a la alegría del pillo. ¡Qué cabrón!, pienso esbozando una media sonrisa. Este Raúl es un tocapelotas; como parecen serlo, en distinto grado, todos los demás. A veces me imagino lo que debe suponer para Mrs. Warden, ¡tan americana, tan gringa, ella!, estar lidiando con un tal Raúl, un Yonathan, un Esteban, una Dulce: nombres que relucen como piedras mojadas en un camino donde la aglutinación de Masons, Bills, Ethans, Michaels intenta cubrirlos con su broza para que no destaquen. Deben resultarle, como el canto que se mete en un zapato o esa arenilla seca que raspa la conjuntiva los días de viento, una molestia constante.
Con tres quintos, Yonathan ya está más calmado. Me pregunta cómo se llama mi hijo; el otro día me vio con él en el Walgreens.
José, le digo.
Joseeeé!, contesta y se queda pensativo. Entonces dice: But why?
¿Cómo que por qué? Porque ese es precisamente el nombre de su abuelo, me gustaría contestarle; además de emblema de ruiseñores y poetas, podría seguir; pero no quiero darle más explicaciones a este pobre ingenuo; simplemente le respondo que porque nos gustaba en casa.
Why didn’t you call him Bob?, me pregunta al rato en algún momento entre un cuarto y dos octavos.
Bob, nada menos. Tú si que estás hecho un buen Bob, pienso; pero ya no le doy más pie. Le ruego, en cambio, que trabaje:
Please, Yonathan, trabaja.
Mientras usa la calculadora para multiplicar numerador y denominador por dos, me entero de por qué hubiese querido que mi hijo se llamara Bob. Me habla de Bob Marley, de lo mucho que aprecia la música de este músico caribeño, de que en Halloween se disfrazó de rastafari, de que un día le gustaría ir a Jamaica, como su hermano, el soldado, que ha estado en todo el mundo, y ahora reposa en su pecho, o al menos su nombre, sangre y credo, grabados en cinc.
Do you know who Bob Marley is?
Yes, le contesto por deferencia.
He smoked weed. You know.
Disimulo girando la cabeza. Quiero hacerle ver que no he oído nada. En la clase hay tres adultos más y si me oyen hablar de hierba con un alumno me puedo buscar un problema. Lo que a simple vista parece un comentario inocente puede convertirse en una falta grave y seguro acabar reflejada, como acabó lo de la niñata aquella el curso pasado, en mi evaluación continua. En cuenta de irnos por esos ramales peligrosos, le vuelvo a pedir que siga sombreando las fracciones, que ya solo nos queda un ejercicio más y después podrá colorear.
Do you know any of his songs?
De nuevo, fingiendo estar interesado, le digo que sí, que conozco Buffalo Soldier.
Why don’t you sing it?, me pide.
This is not the music class, Yonathan, le contesto. Dibuja, por favor.
Se pone a tatarear de nuevo el reggae de Marley mientras raya la hoja del libro como un niño de dos años. Yo lo miro paciente. Si cantar le calma, aunque esta no sea la clase de música, adelante, por mí como si llora o se tira por la ventana; mientras lo haga sin alborotar.
‘Cause every little thing is gonna be all right, concluye con un gallo tras garabatear toda la superficie blanca sin ningún tipo de concierto. Entonces, a modo de coda, irrumpe en el cargado habitáculo un sonido seco provocado: ha vuelto a romper la punta del lápiz.
I’ll get another one, dice levantándose de repente.
OK, le contesto sin más.
Se va a por otro lápiz a su estante. Junto a Raúl, observo a Mrs. Warden de brazos cruzados y cara de pocos amigos. Parece que el tocapelotas ha tirado unas tarjetas al suelo y la maestra espera que las recoja. Mrs. Freeman, una asistenta de escasos veinte años, dotada de altas dosis de paciencia y modernas técnicas de gestión del aula, atiende a Esteban. El chaval tiene la cabeza pegada al ventilador; es su momento de descanso. Mrs. Hardwood, la otra asistenta, esta con más experiencia a sus espaldas, trata en balde que Sam se siente en la silla. La única que parece estar haciendo algo de provecho es Dulce, pues colorea el águila en su libro de simbología americana. Tienen que saber dónde están, nos hizo observar Mrs. Warden la primera semana de clase; esto no es México.
Yonathan vuelve raudo. Se sienta apoyando la zapatilla en el trasero. Cambia sin motivo aparente al español y me dice:
Todo va a ir bien, ¿verdad?
Sí, le contesto, por no contestarle: ¿Y a mí qué me cuentas, Bob? Siento que les he ido dando alas a estos pardales a lo largo del año, y no de cera, y ahora quien no sabe salir de este dédalo soy yo.
Miro hacia atrás. Raúl ha sucumbido al empeño de Mrs. Warden y recoge las tarjetas del suelo. Cuando se gira la maestra, el caribeño le saca la lengua: gesto que provoca la risa en Dulce. En el fondo no son tan malos, pienso. Son como son porque no les queda otra. Tienen que estar alertas, permanecer ágiles, acumular recursos, si no, se los comería la vida.
Mr. Garsía?, me reclama Yonathan.
Yes.
Do you think that if I run really fast out there and then jump, I’ll get to that other roof?, me pregunta señalando los tejados a través de la ventana.
Donde estamos nosotros se ve el suelo del tejado del primer piso del que parece que hierva el alquitrán. Alrededor, los árboles frondosos cobijan los cientos de ojos acechantes de las malditas chicharras. ¿Qué le rondará en la mente de este chiquillo para que me pregunte que si saliendo por la ventana, corriendo por el tejado y entonces saltando, podrá subir al tejado del segundo piso? No es posible que el gordote de Yonathan llegue, la altura entre tejados es de por lo menos tres metros, así que le digo por animarlo un poco:
If you make a big jump. Like when you play basketball, you know.
Will somebody remember my feat?
Yonathan, ¿de qué hablas?
¿Recordará alguien mi hazaña?
Mientras intento en vano que averigüe que seis octavos es equivalente a tres cuartos, reflexiono sobre la formalidad tajante con que se expresa Yonathan en estos últimos minutos de clase.
Will somebody remember my feat?
Es más o menos normal que tan pronto esté eufórico que tristón que preocupado, es parte de su mente inquieta; pero tan así de profundo no lo he visto nunca, ni siquiera la semana pasada, cuando se enteró de que se tiene que volver a México (algún tipo de problema migratorio de la madre, insinuó la trabajadora social) y al año que viene ya no estará con nosotros.
¿Recordará alguien mi hazaña?
Más animado tras hacer bien el problema de matemáticas, Yonathan me habla de Shaquille O’Neal. De lo alto y corpulento que es. He’s taller than Michael Jordan, me explica.
No me resulta extraño que Yonathan se identifique con el atleta negro, pues a ambos les une el baloncesto, la desgracia de crecer sin un padre, la música con causa, la supervivencia del más fuerte.
Suena la campana.
Have a great weekend, Yona-than. Hasta el martes.
Yonathan no contesta. Guarda sus cosas en el carpetón.
Voy hacia las estanterías con la intención de rescatar el portátil de las alturas y largarme de allí con viento fresco cuando el ruido de las chicharras se hace más acuciante. Me giro para contemplar por un instante unas piernas largas deslizándose por el alféizar de la ventana.
¿Yonathan?
Me acerco hacia la luz. Yonathan huye por el tejado de alquitrán como el fugitivo que acaba de robar un banco y lo persigue la policía.
¡Yonathan¡ ¡Vuelve, Yonathan!, grito, pero el chaval ya no me oye. Tampoco oye el entusiasmo de sus compañeros, ni los Oh, my Gods! de Mrs. Warden, ni mi querer recobrar el tiempo, volver atrás, decirle que lo siento.
Yonathan simplemente corre. Corre y corre hasta que en un momento dado, ante la mirada incrédula de todos, despliega sus alas y se iza de la superficie unos centímetros. Empujado por el peso, no obstante, regresa al asfalto. Él, de cualquier manera, resuelto, sigue corriendo. Es tras dejar atrás la rémora del carpetón cargado de apuntes y férulas cuando consigue desprenderse del suelo de nuevo y elevarse algunos metros. En este instante ya no se perciben más gritos; estos, como rabia reprimida, se ahogan en el rumor ensordecedor de las chicharras invitando al buen muchacho a que se una a ellas en su viaje hacia el subsuelo. Yonathan parece ignorarlas y sigue, sigue, sigue ascendiendo, etéreo, liviano, como un Santo, hacia un cielo azul inmenso.



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