
Tina de Luis
El primer contacto con la realidad fue traumático: sus sienes, a punto de reventar; una inmensidad de púas gélidas acuchillaba sus huesos; su cuerpo, más pesado que un bloque de granito. Lo sentía ajeno, inconexo, excepto… el estómago. Ese sí clamaba a voz en grito. Una masa amarga y viscosa ascendió por su garganta. Vomitó. «Pero ¡qué leches! ¡Cómo puedo vomitar si tengo el pobre buche más vacío que el bolsillo de mi ex!». Se fue incorporando con extrema lentitud, hasta golpearse la cabeza. «¡Oh, Dios! ¡La tapa!». Entonces recordó, y el pánico la fustigó con saña. Se asfixiaba. El aire regresó a sus pulmones y el alivio, a su ser cuando la cubierta se abrió sin oponer resistencia. Estaba rota. Se contorsionó y reptó hasta salir de aquel cubículo metálico. Solo el caos, la mugre, el abandono… imperaban en aquellas instalaciones de supuesta tecnología puntera. Su moral se despeñó por los abismos de la frustración.
—¿Dónde está el personal? ¡Qué poca vergüenza! —vociferó (o al menos lo intentó).
«Un equipo de profesionales debería controlar mi despertar, como estipula el contrato. Los demandaré por negligencia, estoy viva de milagro, no gracias a ellos. Aunque… tengo la corazonada de que aquí pasa algo raro. Muy muy raro. Me da que este chisme ha fallado y la criogenización se ha interrumpido. ¡Jodida heladera de tres al cuarto! ¿Será posible encontrarse en peor situación? (y sí, lo era). ¡Oh, no! ¡Ay, mi madre! Me estoy oliendo lo peor, esto solo puede tratarse de… ¡¡¡que no estoy viva, no!!! ¡¡¡La he diñado!!! Debo de ser uno de esos fantasmas que deambulan toda una eternidad por el lugar donde la palman. ¡Maldita suerte la mía y maldito el día en que me encontré con el cartel de Mejore usted su vida. Asegure su futuro! En vez de eso, debió decir: Pase usted a mejor vida. Yo caí en la gilipollez de hacerle caso, sin tener en cuenta que una siempre acaba del mismo modo en que nace; es decir, fatal. ¡Todo esto es de coña! Me está bien empleado por ilusa, por meterme en una hibernación de saldo. ¡Porca miseria! Como no encuentre algo para llevarme a la boca, me moriré de hambre. Claro que… nunca se muere dos veces. ¿O sí? Por aquí no hay nada. Nada de nada. Sería muy capaz de zamparme alguna rata; pero, por lo visto, hasta los roedores aborrecen este estercolero.
Asomó a un exterior igual de caótico y desolado que el interior del edificio. «¡Vaya una mierda! Todo seco, podrido, solitario… ¿Qué pasa aquí? Será eso que cuentan de que algunos muertos continúan, o sea, continuamos en el mismo sitio en que estiramos la pata, solo que en una realidad paralela. Porque me niego a creer que los vivos disfruten de esta… delicatessen».
Caminó sin rumbo, tan pronto al este, como al oeste, al norte, al sur… Por doquier, la misma devastación. No podía mantenerse erguida y avanzaba con continuos y esperpénticos traspiés. Divisó a lo lejos un pequeño grupo de personas. Vio en ellas su salvación. Las llamó a gritos. La ignoraron. Intentaba acercarse, pero el cuerpo se le desmadejaba, no la obedecía, todo él era un suplicio. Gracias a un esfuerzo sobrehumano, y moviéndose casi a tres patas, se interpuso en su camino. Los extraños seres pausaron la marcha. Unos y otra se observaron entre sí. Ella se espantó, ellos echaron a correr.
«¿Por qué se han asustado así los gilis estos, por unos restos de vomitona? ¡Si están más guarros y cadavéricos que yo! Ellos sí que son auténticos espectros. Los seguiré, se les nota la experiencia, y si van en esa dirección, será por algo». Intentó seguir sus pasos, pero todo se quedó en seguir su estela, porque desaparecieron de su vista como una exhalación. Jadeaba. Se tambaleaba. Cayó al fin sobre el ardiente suelo. «Este calor me derrite, ni que me encontrara en las tripas de un volcán. Pero ¡qué estúpida soy! ¡Cómo no me he dado cuenta antes! Me hallo en las mismísimas Calderas de Pedro Botero, que, por cierto, están personalizadas. ¿Cómo, si no, han sabido que mi debilidad es la comida y que no hay nada que me joda tanto como pasar hambre? Lo que no me entra en la sesera es que ni siquiera un triste demonio haya venido a recibirme para informarme del reglamento de este lugar. Intentaré buscar a algún diablo y, si fuera una diabla, muchísimo mejor; me entiendo divinamente con ellas. Tomaré la dirección opuesta a la de ese grupo de fiambres, no quiero volver a verlos. ¡Los muy groseros!».
Sumida en tales reflexiones se hallaba, cuando vislumbró dos siluetas que se aproximaban. «¿Serán otros condenados o serán demonios de verdad? Vaya vestimentas que se gastan los diablitos, en mi vida he visto cosa igual. ¡Qué adefesios! Hasta llevan… ¿patinetes? Lo mismo da, ¡estos ya no se me escapan! Medio a rastras logró acercarse a ellos. La observaron desconcertados. Ella no dejó que rechistaran hasta que se hubo despachado bien a gusto:
—Óiganme ustedes: satanases, belcebúes, luciferes…, ¡lo que quiera que sean! No he visto en mi vida descortesía mayor. Menudo ninguneo con la clientela, llega una nueva, y les resbala. Y pensar que invertí todas mis ganancias en hacerme congelar con la única esperanza de alcanzar un futuro mejor. Quería empezar de nuevo, reparar mis múltiples pecados. ¡Se lo juro! Para una vez que el arrepentimiento llama a mi corazón, ni una puñetera oportunidad me da la vida. Ni la muerte. He sido ladrona, indecente, vengativa, avariciosa, retorcida… Sé muy bien que me merezco el infierno, pero ¿podrían decirme al menos qué clase de infierno es este?
—Afirmativo, mich. Bienllegada al infierno terrenal de tres mil tres.
—Y ¿de qué antro estelar te has caído tú, piyón? Estás muy postergada. —Se echaron a reír.



Deja un comentario