
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
No sé en qué momento exacto ocurrió. Tal vez mientras esperaba en la cola de una librería que parecía más una oficina de la seguridad social, con su olor a plástico reciclado y su luz blanca de quirófano. O quizá fue cuando abrí un libro recién publicado y tuve la certeza de que lo había visto antes, no una, sino cien veces, bajo disfraces apenas diferentes: el mismo azul deprimente, la misma tipografía geométrica, una foto de archivo con cara de “me han pagado en cupones descuento”. La portada, como un pasaporte caducado, ya no decía nada. Apenas un murmullo estándar. Nada que contar, salvo que había que cumplir con la obligación de existir.
–– Se ha puesto de moda — me dicen, como si fuera una moda simpática, como las zapatillas con luces o los vapeadores de olores extravagantes, publicar libros que parecen fotocopias mal escaneadas de otros libros.
No importa el género: novela histórica, autoayuda, ensayo filosófico… todos están envueltos en la misma estética de plantilla gratuita. Se diría que las editoriales han firmado un pacto clandestino, casi masónico, un juramento solemne ante una impresora láser que nunca descansa:
–– No arriesgarás jamás con la portada, lo bueno –– dicen ––, está dentro.
El lector, pobre criatura, se pasea por los estantes como un funcionario perdido en un laberinto ministerial, tratando de distinguir un expediente del otro. Todos grises, todos iguales, todos con un membrete en negrita que anuncia exactamente nada. Uno compra casi al azar, esperando que al menos dentro haya algo que justifique el envase. Y claro, a veces lo hay, pero la sospecha se instala: ¿y si todo fuera igual, hasta las páginas? ¿Y si las frases también fueran fotocopias, réplicas de un molde industrial con olor a tóner quemado? ¡Qué mal sueño, por el amor de Dios!
La portada, se suponía, era la carta de presentación, la huella dactilar, la prueba de que detrás de esas páginas había un autor con voz y carne. Hoy es más bien un formulario anónimo, como esos impresos en los que uno debe marcar con una equis si es soltero, casado o ausente. Y claro, siempre falta la casilla que nos representa de verdad.
Lo sarcástico del asunto es que esta uniformidad no es fruto de un accidente, sino de un sistema que lo prefiere así: limpio, homogéneo, intercambiable. El mercado editorial se ha convertido en un gran archivo donde los libros entran en carpetas idénticas, selladas con el mismo estampillado burocrático. No se busca personalidad, sino legibilidad rápida en la estantería de un supermercado. Que nadie se detenga demasiado, que nadie piense que una ilustración rara o un color incómodo puedan producir preguntas indeseadas.
Recuerdo, y lo hago con la misma ternura con la que uno recuerda un juguete roto, aquellas portadas atrevidas, incluso feas, que se quedaban pegadas en la memoria. Libros con letras imposibles, dibujos que parecían delirios de un primo artista, o fotografías de rostros que nos miraban con sospecha. Aquellas portadas no querían agradar; querían molestar, atraer, seducir. Ahora, en cambio, todo parece diseñado para no ser recordado. La portada de hoy es como el silencio administrativo: su función es precisamente no significar nada.
Y mientras tanto, uno se siente atrapado en una especie de juego rocambolesco: rodeado de libros que parecen sellos de un mismo organismo invisible, obligado a fingir entusiasmo por ediciones que parecen expedientes duplicados. Si al menos nos dieran un número de serie, podríamos coleccionarlos como cromos burocráticos. Pero ni eso: apenas un ISBN en la contraportada, que podría pertenecer a un electrodoméstico o a un prospecto farmacéutico.
Lo absurdo se convierte en rutina: entro en la librería, veo una mesa de novedades y me descubro buscando no el libro que me interesa, sino las siete diferencias entre uno y otro, como si estuviera en un pasatiempo infantil. No hay siete, claro, apenas media. A veces el título es más largo. A veces, la paleta de color cambia de azul a verde menta, como si alguien hubiera jugado con los ajustes de Word. Y a veces me pregunto si no acabaré soñando con portadas idénticas, todas en fila, marchando como soldados hacia una guerra contra el asombro.
Quizá exagero, aunque sospecho que la exageración es la única forma honesta de hablar de este asunto. Si no exagero, parecería que todavía hay un resquicio de esperanza, y no conviene engañarse. ¿O sí? Porque de algún modo, en medio de tanta repetición, surge un fenómeno curioso: la rareza, cuando aparece, brilla con más fuerza. Una portada distinta, un dibujo incómodo, un color que no debería estar ahí, se convierte en un gesto casi revolucionario. El simple hecho de apartarse un centímetro del molde ya produce un temblor en el lector.
Y ahí está la contradicción: el sistema nos asfixia con su uniformidad, pero al mismo tiempo prepara el terreno para que un mínimo gesto de diferencia parezca una llamarada. Como si todo este gris burocrático fuera el telón necesario para que la anomalía se convierta en acontecimiento.
No sé si es un consuelo o una trampa. Tal vez ambas cosas. Lo cierto es que seguimos leyendo, seguimos buscando entre los lomos idénticos ese libro que, de alguna manera, nos devuelva la sensación de estar vivos. Y a veces lo encontramos, aunque no lo merezcamos, aunque su portada sea otra fotocopia más.
Porque, y en esto me sorprendo a mí mismo, incluso en la uniformidad hay un misterio extraño: ¿cómo es posible que lo idéntico siga prometiendo lo distinto? Piénsalo.
No tengo la respuesta. Nadie la tiene. Pero sospecho que el día en que todos los libros se vean iguales, tal vez entonces volvamos a mirar no las portadas, sino lo que llevamos dentro. O tal vez simplemente aprendamos a amar la fotocopia como quien se acostumbra al ruido de un fluorescente que nunca se apaga.
Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podríamos hacer?



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