
Tiburón (Jaws), de Steven Spielberg, Universal Pictures, 1975.
Fernando Martín Pescador
Steven Spielberg ha demostrado ser uno de los mejores directores de cine de la toda la historia. Este año, la película que le ayudó a triunfar cumple 50 años. Nacido en 1946, cuando el largometraje se estrenó el 20 de junio, Spielberg tenía 28 años y una larga carrera de dirección a sus espaldas. A los trece años dirigió su primer cortometraje, The Last Gun, (de alguna forma, el cineasta retrata a ese director precoz en su última película, Los Fabelman, 2022). En 1970 dirige, por primera vez, un episodio de la serie televisiva Marcus Welby; en 1971 dirige varios episodios de distintas series de televisión (incluyendo uno para la serie del detective Colombo) y a finales del mismo año, firma su primer telefilm, El diablo sobre ruedas (Duel), que llegó a proyectarse en una versión un poco más larga en algunas salas de cine de los Estados Unidos. Firmó dos películas más para la televisión hasta que consiguió dar el salto al cine con la película Loca evasión (The Sugarland Express) en 1974, que recibió el premio al mejor guion en el festival de Cannes ese año.
Y entonces llegó la hora de Tiburón, basada en una novela homónima del autor Peter Benchley publicada el año anterior. En 2025, gracias a la celebración de su 50 aniversario, hemos tenido la suerte de poder ver la película de nuevo en las salas de cine. En esta ocasión, antes de comenzar el largometraje, un Steven Spielberg de 79 años sentado en una butaca y mirando a la cámara nos brindaba una pequeña introducción a la película. En su monólogo, Spielberg nos recuerda cómo Bruce (así bautizaron al tiburón mecánico que protagoniza la película) les dio muchos problemas y no dejaba de fallar. Por eso, el director debió tirar de imaginación y sustituir muchas imágenes en las que tenía que aparecer el tiburón con trucos cinematográficos en los que se insinuaba la presencia del escualo. Esos trucos, acompañados por la magnífica banda sonora de John Williams, salvaron al joven Spielberg y lo llevaron a la fama mundial. En español, decidieron titular la película Tiburón, pero recordemos que la traducción literal del inglés habría sido «Mandíbulas». Creo que eso también fue un acierto por parte de la distribuidora en la península Ibérica.
No hay que olvidar que la película tiene 50 años y forma parte del final de una época cinematográfica y del comienzo de otra. La película todavía se permite, por ejemplo, no tener ningún tipo de diversidad racial: todos y cada uno de los actores y figurantes son blancos. Solo hay dos escenas protagonizadas por una mujer: la primera, la que comienza la película, muy acertada cinematográficamente, aunque con un final un tanto trágico; la segunda, tiene también un tono trágico, pero está menos lograda. La multitud se abre para dar paso a la madre que acaba de perder a su hijo destrozado por el tiburón. Como no nos había dado tiempo a quedarnos con su cara, Spielberg se asegura de que la reconocemos vistiéndola de un negro absoluto, con un sombrero y velo de redecilla más propio de otros tiempos. Se acerca al jefe de policía y lo culpa por la muerte de su hijo.
Las mujeres desaparecen a mitad del metraje y son tres hombres los que deben resolver el problema que castiga las playas de la supuesta isla de Nueva Inglaterra. También esto parece poco propio de los estadounidenses a la hora de una emergencia. En la mayoría de las películas nos tienen acostumbrados a un despliegue de medios: policías, bomberos, ambulancias, ejército… Sin embargo, aquí, son tres hombres los que deben ir en un barco, más bien pequeño, a dar caza al tiburón. De alguna forma, esta solución cinematográfica parece explicarse ante la insistencia del alcalde de la isla para que la alarma por tiburón no les arruine los ingresos turísticos de todo el verano.
Un barco pequeño. Tres hombres. Un tiburón blanco de unos ocho metros de longitud. El vasto océano. Es entonces cuando la magia de la película nos cautiva. Tiburón tiene escenas que no son fáciles de olvidar, pero la escena en la que los tres protagonistas charlan por la noche en el interior del barco se convirtió en mi favorita desde la primera vez que vi la película. Antes de ese momento, todos creemos que solo uno de los tres tripulantes está allí por la recompensa: estamos hablando de Quint (interpretado por Robert Shaw), el capitán de barco que no deja de cantar canciones de marineros irlandeses, el único que ofrece ciertas garantías y experiencia en dar caza a tiburones, pues a eso se dedica. Cuando el alcalde reúne a las fuerzas vivas de la isla para ofrecer 3.000 dólares por la captura del tiburón, Quint dice que lo hará por 10.000 (el equivalente a unos 60.000 euros de hoy en día). Al final, aceptan su contraoferta. Sabemos que los otros dos tripulantes no están en ese barco por dinero. Martin Brody (interpretado por Roy Scheider), el jefe de policía, llegado recientemente a la isla, se fue de la gran manzana porque el trabajo de un policía en Nueva York parece no tener sentido: tras un crimen, hay otro; tras un delincuente, viene otro más. Es como barrer arena en el desierto. Martin Brody se muda a la isla con su mujer y sus dos hijos porque quiere que su trabajo tenga sentido; porque, en un lugar como ese, un policía puede sentirse orgulloso de lo que hace. Hooper (interpretado por Richard Dreyfuss) es un biólogo marino enviado por el Instituto Oceanográfico que, en un momento de la película, confiesa que sus padres son millonarios. Es solo Quint el que está en ese barco por dinero. Por la recompensa que ha solicitado. Hasta que llega la escena nocturna en el interior del barco y se desvelan sus verdaderos motivos. Quint es en realidad la reencarnación del capitán Ahab, el marino obsesionado con dar caza a Moby Dick. Y, a partir de ese momento, Tiburón, la película, enlaza con la tradición literaria estadounidense y se convierte en un clásico.




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