
Elena Belmonte
En el despacho de GLENDA. GLENDA y EDGAR. Sentados en sillones; uno frente a otro.
Ella tiene un cuaderno y un bolígrafo en la mano.
EDGAR: He venido para despedirme, doctora. Agradecerle sus desvelos y bla, bla, bla. He decidido que me voy a pegar un tiro en mi dormitorio. Lo haré al anochecer. Hoy. A las 21 y 5.
GLENDA: ¿Puede explicarme por qué esa exactitud?
EDGAR: Porque es a esa hora cuando sacan los contenedores de basura a la calle. No quiero dejar la basura en mi casa. Sobre todo, porque con el verano olerá mal enseguida. No creo que el forense vaya a encargarse de algo así. Y como usted sabe, no tengo a nadie a quién dejarle el encargo…
GLENDA: ¿Se trata de una broma?
EDGAR: Usted me conoce, doctora, y sabe que no soy un tipo con sentido del humor. Los fracasados no lo tenemos. Si alguna vez decide suicidarse, se dará cuenta de las cosas tan tontas que uno pretende dejar resueltas antes de… (con ironía.) partir…GLENDA: Me decepciona, Edgar.
EDGAR: Lo siento. No pretendo que lo entienda. Pero me alegra que saque el tema de la decepción. Llevamos con esta terapia más de un año y, a la vista está, que no ha servido de nada. Es más, diría que estoy peor que cuando llegué.
GLENDA: Perdone que discrepe.
EDGAR: ¿Discrepa?… Tiene gracia. No me obligue a pensar que además, es usted una cínica. Hace un año yo podría estar desesperado, pero ni se me ocurrió pensar en conseguir una pistola.
GLENDA: Sinceramente, creo que todo esto es una manipulación. ¿A qué ha venido, a hacerme culpable de su suicidio? ¿Se trata de una venganza porque piensa que la terapia no ha dado resultado?
EDGAR: Empiezo a estar harto de tanta cháchara. “Manipulación, venganza”. Aquí la única que me ha estado manipulando todo el tiempo es usted.
GLENDA: …
EDGAR: Sí, no me mire con esa cara.
GLENDA: ¿Podría explicármelo mejor?
EDGAR: Por supuesto. Supongo que ya por el mes de marzo tuvo que darse cuenta de que me sentía atraído por usted, ¿por qué no cogió el toro por los cuernos y me dijo…?
GLENDA: ¿De qué está hablando?
EDGAR: Deje de hacerse la tonta conmigo. Tuvo que notarlo. Si no estaba interesada en mí, debería habérmelo hecho saber. Me ha estado entreteniendo todo este tiempo, hasta que no he tenido más remedio que abrir los ojos y aceptar que yo a usted le importo un pimiento.
GLENDA: Pero ¿cómo puede decir eso, Edgar? Lo está usted confundiendo todo. Nuestra relación ha sido terapeuta paciente en todo momento. No sé de dónde se saca que haya podido haber otra cosa.
EDGAR: Sigue haciéndose la tonta. Y, además, está enfadada. Conozco muy bien su cara y sé cuándo algo la contraría. Ese pliegue que se le hace ahí, en un lado de la boca. Se ha enfadado, pero no tiene ningún motivo para hacerlo. La vida le sonríe. Tiene usted todo esto (señalando lo que les rodea.), una profesión lucrativa, seguridad y estabilidad y estoy seguro de que no hace más que salir a cenar con su marido a restaurantes lujosos de esos que lo ponen todo perdido de flores y velas. Debe de ser maravilloso pasarse el día escuchando las penas de los demás y luego llegar a un pedazo de casa, poner música, tomarse una copa y luego… follar como una perra.
GLENDA: Creo que vamos a dar la sesión por terminada.
EDGAR: ¿Lo ve? Está enfadada.
GLENDA: No voy a tolerar que venga aquí a insultarme. Márchese, por favor, y a partir de ahora haga con su vida lo que le parezca. (Se levanta.).
EDGAR: ¡Así de fácil! Es usted la que me ha llevado a una situación sin salida y ahora es tan fácil como chasquear los dedos y volver a su vida muelle, ¿no?
GLENDA: ¡¿Quiere explicarme de dónde, demonios, se saca todo eso?! ¡Podría ser que no tuviera marido o que viviera en un chamizo con cuatro tablas porque se quemó mi casa o porque mi tía abuela me dejó arruinada o puede ser que me violaran con dos años y no me guste el sexo! ¿Y qué tal si le dijera que ni siquiera mi trabajo me satisface porque a veces vienen pacientes a contarme que se van a suicidar por mi culpa y me llaman perra!
EDGAR: (Con mucha ironía.) Vaya, ¿quiere esto decir que ha habido más pacientes que la han llamado así? Tendré que pensar que usted se las trae, doctora. Pero si tan desesperada está, matémonos juntos. Pero no, claro, solo está hablando de boquilla porque ¿cómo va a renunciar a sus cenas con velas, su casita de doce habitaciones y sus noches de lujuria?
GLENDA: ¡Le aseguro que, si alguna vez decidiera matarme, usted sería la última persona por la que me haría acompañar!
EDGAR: Al menos, esto deja las cosas claras. Yo tenía razón: usted no se siente atraída por mí.
GLENDA: ¡Puede jurarlo!
EDGAR: ¿Ni siquiera asistirá a mi entierro?
GLENDA: ¡Váyase!
EDGAR: Está bien. He intentado ayudarla, pero usted se resiste. Le vendría bien ir a mi entierro, al menos. Eso tranquilizaría a la opinión pública. Porque después de que la policía lea la nota que dejaré escrita, le aseguro, doctora, que va a tener mucho jaleo. Si usted y yo no podemos tener una relación más personal estando vivos, la tendremos con uno de los dos muertos.
GLENDA: ¡Está loco!
EDGAR: Me encanta esa cara que pone ahora. ¿Es miedo?… Si le digo la verdad, tampoco sería mala idea que me suicidara aquí o… quizá mejor matarla a usted que, al fin y al cabo, no sacará mi basura al contenedor… Sí, eso es lo que más me molesta, doctora.
Lentamente, EDGAR saca una pistola y se apunta a la sien.
GLENDA: Edgar…
Luego EDGAR la retira y apunta a GLENDA.
GLENDA: Escuche, Edgar…
Luego EDGAR de nuevo apunta a su propia sien y de nuevo a GLENDA.
GLENDA: Todo esto…
Repite el juego una vez más, con aire perverso y divertido. Mientras GLENDA ha ido reculando y poniéndose detrás del respaldo del sillón.
OSCURO. Suena un disparo.



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