
R. Kipling
En esta vida hay pocas cosas que me produzcan más placer que el sol acariciando mi rostro expuesto al gélido invierno. Sentado en mi banco preferido, antiguo, recio, no conoce la pintura desde hace décadas y, sin embargo, es mi cálido refugio en estos fríos días del año, cuando acudo a escuchar las olas eternas del mar. En mi refugio me siento intocable, nada puede derrotarme, ni los años que me acompañan desde que nací, ni los males que me atenazan y carcomen mi cuerpo, aquí soy invencible. Es una sensación de poder que solo percibo frente al mar en este viejo banco, es mi atalaya, mi Ítaca.
El leve calor de los rayos del sol, que adormecen mi maltrecho cuerpo, es suficiente para que me inunde una paz que no recordaba desde hacía tiempo. Cierro los ojos y la sensación de tranquilidad aumenta como si no hubiera límite, solo sensaciones: calor en el rostro, frío en las manos, voces lejanas de los transeúntes y frente a mí, el murmullo de las olas imparables. Oigo pasos que se acercan, tranquilos, sosegados, sin prisa. Se detienen junto a mi banco y noto que alguien se ha sentado al otro lado. No quiero abrir los ojos, no quiero que nada disturbe la paz que siento en este momento, desconozco cuántos momentos tan intensos me quedan todavía, aunque no deben ser muchos. No puedo luchar contra mi naturaleza, siempre he sido un curioso pertinaz, un insaciable devorador de conocimiento, de búsqueda de lo nuevo, amante de los retos imposibles, y no puedo seguir evitando conocer a mi compañero de banco.
Me cuesta mucho abrir los ojos, pero los abro guiado por ese ansía de saber, de conocer, de curiosidad nunca saciada. Apenas distingo el sol que me calienta y me ciega a la vez, tampoco veo con nitidez las olas, hasta que mi castigada visión comienza a acostumbrarse de nuevo a la luz después de unos minutos de penumbra deseada. Giro la cabeza levemente para intentar alcanzar una imagen de mi compañero y descubro que se trata de una joven. Apenas puedo ver su rostro porque los cabellos lo ocultan con el movimiento del viento, pero voy percibiendo retazos de una belleza escondida que iluminan su cara.
Vuelvo a mirar hacia el mar, no quiero que se incomode, no quiero que piense que soy un viejo anticuado y sin modales. Solo quiero que se quede allí un poco más, junto a mí, como invitada en mi castillo, nada le incomodará, ni si quiera yo mismo, me doy mi palabra. No había nada que superara lo que esa mañana sentía en mi viejo banco junto al mar, y sin embargo, ella ha demostrado que las cosas siempre pueden crecer, mejorar, llevarte a lo inimaginable. Mi mente no para de preguntarse lo que debo hacer, iniciar una conversación, preguntar su nombre, estoy confuso, nervioso. La paz y tranquilidad que parecían eternas hace tan solo unos instantes, se han visto desarmadas por un rostro y un cuerpo de mujer. “Las mujeres serán tu perdición”, aventuraba mi madre cuando era joven, pero fue una de las pocas cosas en las que se equivocó, al igual que este viejo banco no recuerda ya una mano de pintura, yo no recuerdo un cuerpo de mujer desde hace más o menos el mismo tiempo.
La inquietud se va apoderando de mí a pasos agigantados, siempre he sido una persona muy resolutiva, no me daba miedo enfrentarme a nada, es más, me gustaban los retos que la vida me iba poniendo a cada paso, pero ya no soy aquél que una vez fui, ahora soy este viejo que no es capaz de intercambiar palabra alguna con una joven que el destino a puesto a su lado.
“Me llamo Rafael”, fue lo único que mi voz pudo articular. Lo hice con un tono que indicaba de todo menos decisión. Sin embargo, ella me dedicó una sonrisa que, mientras inundaba mi alma, podía escuchar como pronunciaba su nombre, “Ariadna”. Y entonces, se acabó la indecisión, la duda, y comencé a hablar como si no hubiera un mañana, a veces intentaba dejarle hablar a ella, pero no sé lo que me pasaba, era como un desahogo largamente esperado, como una terapia acertada, como un orgasmo interminable. Me sentía como un niño, feliz, dichoso, no podía creer que una mujer como ella estuviera charlando conmigo y el tiempo pasaba sin que nos diéramos cuenta.
El cálido sol parecía comenzar a rezagarse y de nuevo la inquietud asomó a mi rostro. No puedo seguir hablando sin parar, pensará que soy un viejo majara y no tardará en levantarse y marcharse. Mis palabras comenzaron a escasear, no sabría cómo explicarlo, pero fue en ese momento cuando me di cuenta de que no se marcharía, de que se quedaría allí conmigo. Una sensación de paz infinita inundó mi cuerpo y mi alma, y esta vez nada que ver con la sensación de hacía unas horas, era mucho más intensa. Me sentía feliz, afortunado, y no paraba de mirar su rostro, de una belleza sin igual, transmitía serenidad, era prácticamente mágica. Fue entonces cuando se acercó hacia mí, y sujetando mi rostro con su mano, me besó. Sus labios calmaron mi cuerpo ansioso, dolorido, hastiado por los años. Su mano en mi cara, me llevó a recuerdos de la infancia, de la adolescencia y después, a la época en que se suponía que ya era todo un hombre. Mi vida entera pasó ante mí por efecto de su piel y de sus labios y un suave y dulce sueño comenzó a inundarme. Nunca desperté, pero no me importó, mi viejo banco fue mi última morada.



Deja un comentario