
Miguel de los Santos
MADERA DE BOJ (Madeira de buxo) – Camilo José Cela (1999)
La vida de Camilo José Cela y Trulock fue tan apasionante y diversa como su obra literaria. En dos ocasiones me entrevisté con él personalmente y puedo asegurarles que imponía. Imponía por su carácter e imponía por su sabiduría. Dotada su cabeza grande y poderosa seguramente de un cerebro a la medida, era capaz de desconcertar en dos segundos al más sagaz y prevenido interlocutor que osara provocarle en cualquier tipo de desafío, ya fuera coloquial o intencionado. Pero lo más curioso del ingenio del que hizo gala en una infinidad de anécdotas que animan su prolija vida pública, es la espontánea naturalidad y el desenfado con que el escritor gallego solía salir de la más engorrosa de las situaciones. Una de las más explícitas y consecuentes con esa personalidad de Don Camilo tuvo por escenario nada menos que el hemiciclo de las recién creadas Cortes Españolas de cuya Cámara Alta fue nombrado senador por designación real. Durante la celebración de una de las sesiones el presidente de la misma, Antonio Fontán, observó cómo Cela dormitaba plácidamente, al parecer, ajeno a cuanto se debatía. Haciendo golpear el mazo insistentemente, Don Antonio consiguió que el escritor recuperara los sentidos y la compostura y, dirigiéndose a él con cierta sorna, le hizo ver de su inconveniente actitud con las siguientes palabras:
—¡Su Señoría está dormido!
A lo que Don Camilo apenas tardó un par de segundos en replicar sin inmutarse lo más mínimo con una puntualización gramatical que, aparte de provocar el asombro y la hilaridad entre senadores y público asistente a la sesión, aún permanece indeleble en la memoria de los españoles:
—¡Se equivoca su Señoría! – replicó Don Camilo con toda naturalidad – No estaba dormido, sino durmiendo. Pues no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.
Mi primer encuentro personal con Camilo José Cela fue en el año 1984 cuando acudí a la villa de su propiedad en el barrio de la Bonanova en Palma de Mallorca para realizarle una entrevista biográfica de la serie Álbum de Oro, que presentaba en la SER, dedicada a grandes personajes del arte y la cultura española por la que ya habían desfilado otros muchos de la talla de Buero Vallejo, Joaquín Rodrigo, Enrique Tierno, Conchita Montes o Luis Rosales. Cinco años después, en 1989, volvíamos a encontrarnos, micrófono de por medio, en la suite del Gran Hotel de Estocolmo, horas antes de que Don Camilo recibiera el Premio Nobel de Literatura, cuya ceremonia de entrega me iba a encargar de retransmitir para España. De ambos encuentros profesionales, aún conservo la sensación de haber salido indemne. No por un efecto de empatía personal, sino porque, tengo para mí, que en ambas ocasiones el asunto que nos reunía era de carácter divulgativo y cultural, pues eran públicos y notorios los habituales desplantes con que Don Camilo solía despachar a mis colegas cuando intentaban hurgar en sus intimidades personales o familiares. Solo si se trataba de su vida presente, porque en lo referido al pasado remoto era él mismo, sin necesidad de provocación alguna, quien gustaba de relatar algunas curiosidades de su vida como haber presenciado la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 desde un balcón de la Academia de Aduanas que regentaba su padre; o cómo, un año después, hubo de ser internado en un sanatorio de la sierra del Guadarrama aquejado de tuberculosis; los fallidos intentos familiares para que estudiara en los Jesuitas o los Maristas para acabar en manos de un tutor particular; y, sobre todo, las glorias de un antepasado suyo llamado Juan Jacobo Fernández, que fuera beatificado por el Papa Pío XI debido al martirio que sufriera en la masacre de cristianos acaecida entre el 9 y 11 de julio de 1860 en la ciudad de Damasco. Quede claro, por tanto, que para entender debidamente la formidable obra literaria de Camilo José Cela, nada mejor que conocer algunos rasgos de su personalidad y de su vida. Dicho y hecho.
Para la mayoría de los mortales hablar de Cela es hablar de La familia de Pascual Duarte y de La colmena. Con estas dos obras de corte social y costumbrismo abre y cierra la fabulosa primera década de una producción literaria que se prolongará hasta su muerte, ocurrida en Madrid el 17 de enero de 2002. En términos reales y absolutos, conviene decir que Cela publicó 61 libros en 60 años de actividad literaria pero que le hubiera bastado aquella primera década comprendida entre 1942 (La familia de Pascual Duarte) y 1950 (La colmena) para pasar a la historia como uno de los escritores españoles más brillantes del siglo XX. No fue así porque, de serlo, no hubiera quizás alcanzado la gloria de los tres grandes premios de la literatura en castellano: El Príncipe de Asturias (1987), Nobel (1989) y Cervantes (1995). Curiosa la cronología delatora del tardío reconocimiento del escritor por su propio país, al no serle concedido el premio de las letras castellanas hasta seis años después de recibir el Nobel. Así todo, tras los dos títulos aludidos, esa que podríamos denominar “la década prodigiosa de Cela”, se completa con otros dos que, a mi entender, alcanzaron un más que significativo reconocimiento popular: Pabellón de reposo (1943), donde el escritor mira por el retrovisor de su memoria para revivir sus experiencias de interno en el sanatorio antituberculoso del Guadarrama, y Viaje a la Alcarria (1948) delicioso relato itinerante por los pueblos alcarreños, donde Cela exhibe esa literatura tan genuina suya con frases como «La Alcarria es un hermoso país al que la gente no le da la gana ir». Sí, a Cela le bastó una década para demostrar quién era. Luego vendrían Del Miño al Bidasoa, San Camilo 1936 y Mazurca para dos muertos como títulos más carismáticos de su sello, junto a una serie de cuentos y relatos para culminar su vida, literal y literaria, con Madera de boj, publicada en 2019, dos años antes de su muerte. La que hoy les recomiendo. Porque tengo para mí que don Camilo se impuso terminar la faena como la empezó: saliendo por la puerta grande. Porque es que, además, en ella se vería culminada su formidable trilogía de novelas gallegas, retrato completo y colorista de su tierra amada, que inició con la publicación de Mazurca para dos muertos en 1984 sobre la Galicia interior y rural, seguida por La Cruz de San Andrés en 1994 sobre la Galicia urbana y que se culminaría con esta Madera de boj, seguramente la más sentida y la más apropiada a su naturaleza y origen. Una novela que es todo un poema en el que se funden el canto épico y la narración lírica durante una supuesta travesía por la llamada Costa da Morte hasta llegar a Noia que el escritor define como «una de las más hermosas villas de Occidente» y muy cerca de su Iria Flavia natal, donde se cuenta la historia de una familia, la suya propia, cuyos miembros viven y mueren obsesionados con una tarea imposible: «levantar una casa con las vigas de madera de boj». Y, al mismo tiempo, la historia de todo un pueblo, gentes de mar acostumbradas a convivir con las brujas y la Santa Compaña, con las sirenas y los hombres lobo, con las galernas y los naufragios. Y es el ritmo de la mar el que marca el ritmo del relato, con piezas magistrales como esta: «El ritmo de la mar no va y viene como piensa Floro Cedeira, el pastor de vacas, sino que viene siempre, zas, zas, zas, zas, zas, desde el principio hasta el fin del mundo y sus miserias». Es por todo ello y más por cuanto Madera de boj es uno de los libros de mi vida.



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