
Felipe Díaz Pardo
UN INTENTO DE DEFINICIÓN DEL CUENTO DE TERROR
Según dice Bioy Casares en el prólogo a la Antología de la literatura fantástica de 1940: “Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras”. Propone así un origen mítico de la literatura fantástica, donde incluimos los cuentos de miedo. No obstante, según algunos críticos, como Fernando Valls en el prólogo de Cuentos de terror, editado por Grijalbo, en 1989, en España nunca ha habido una verdadera tradición de literatura de terror. Tal vez, el realismo, esa característica tan propia siempre de la literatura española ha llevado con demasiada frecuencia al olvido de este tipo género o subgénero en la historia literaria. Tendremos que poner la vista en autores extranjeros como H. P. Lovecraft, B. Stoker, Allan Poe, Mary Shelley y otros más actuales como Stephen King, Peter Straub, Clive Barker, por citar unos nombres, para poder disfrutar de este tipo de literatura.
Los cuentos fantásticos de misterio, de miedo, de terror, de fantasmas, etc., en realidad son diferentes variantes o ramas de un género que en inglés recibe diversas denominaciones –ghost story, entre otras–, pero que los anglosajones suelen agrupar bajo el término genérico de supernatural story. En este género –de gran aceptación entre el público juvenil– aparecen fantasmas, espectros, espíritus benéficos y maléficos, magia, talismanes, poderes supranormales, percepción extrasensorial, lo numinoso, etc., y en prosa tiene sus antecedentes en los cuentos de hadas de los hermanos Grimm y en los de Perrault. Pero, en el siglo XVIII, confluye con la novela gótica (Daniel Defoe, Mary Shelley, E.T.A. Hoffmann y, sobre todo, Edgar Allan Poe y sus seguidores), en el siglo XIX, y da lugar al género de terror o fantástico tal como lo conocemos actualmente. Este tipo de ficción se manifiesta lo mismo en forma de cuento como de novela corta o novela larga.
Las historias de terror, en concreto, suelen contener hechos sangrientos, fantasmas, monstruos y, por lo general, cierto suspense antes de comenzar con los sobresaltos. En su origen, el género fue, en parte, una reacción contra el racionalismo del siglo XVIII. No todos intentaban comprenderlo todo, y el afán de misterios distintos a los presentados por la religión establecida ayudó a inspirar a la novela gótica, a la que antes nos referíamos, precursora de la historia de terror.
La primera novela gótica fue El castillo de Otranto (1764) a la que le siguieron otras, cuyo éxito provocó el desarrollo de la roman noir (novela negra) en Francia y el Schauerroman (novela de terror) en Alemania. En Inglaterra, lo gótico inspiró el horror del Frankenstein de la mencionada Shelley, en la que un científico usurpa el papel de Dios y crea un monstruo terrible. Más tarde, Drácula, de Bram Stoker, se convertiría en otro hito del mismo género. Edgar Allan Poe, con sus inquietantes relatos influiría de obras posteriores del mismo género. A finales del siglo XX y principios del XXI, el maestro de terror fue Stephen King. Últimamente, podemos leer en España la historia de la saga Blackwater, del norteamericano Michel Mcdowell, publicada por primera vez en 1983. En ella, la intriga, lo inexplicable y lo terrorífico se mezclan con el mundo real. Para las seis entregas que la forman, el autor eligió el folletín como medio de difusión más popular.
En una primera definición de la literatura de terror, diremos que esta se caracteriza por dos elementos necesarios: por un lado, el efecto que produce en el lector; y por otro, la atmósfera de miedo y horror que lograr sugerir. En un lugar secundario dejamos la preocupación por el lenguaje y la estructura narrativa, dado a que, tal vez, el tema y los efectos interesan más que la estética. Sería el citado H. P. Lovecraft quien relaciona lo fantástico con el terror poniendo por medio la psicología del lector, cuando en Supernatural Horror in Literatura (1945), dice lo siguiente: “Un cuento es fantástico simplemente si el lector experimenta en forma profunda un sentimiento de temor y terror, la presencia de mundos y de poderes insólitos”. Ante un mismo cuento unos lectores se asustan, se angustian; otros se regocijan, se ríen. Por tanto, la emoción que produzca esa historia no se encuentra en quien la lee, sino dentro del cuento. Dentro del cuento es donde ocurren las cosas. Será allí donde el narrador se sobresalte o no ante los hechos sobrenaturales, extraños, abominables o asesinos que en él aparezcan.
El terror o el miedo aparece cuando la realidad cotidiana se ve alterada por la aparición de un factor sobrenatural. No obstante, el término fantástico, en donde habitan la mayoría de los cuentos de terror, exige matizaciones dependiendo de cada autor. No es igual lo fantástico en Kafka, que, en Borges, en Edgar Allan Poe o en Tolkien, por ejemplo. En un intento aglutinador, podía considerarse fantástico a todo aquello que supone una ruptura del orden conocido, la irrupción en el relato de algo que es inadmisible de acuerdo con las leyes cotidianas.
En sus comienzos, la técnica de la narración fantástica era sencilla. Para causar miedo, para hablar de lo desconocido, basta describir una atmósfera lúgubre o inquietante (un castillo, mansión o bosque tenebroso) y acompañar al protagonista en sus encuentros con lo desconocido o un mundo diferente al que habitamos racionalmente. Las exclamaciones (¡Horror!, ¡Espanto!, ¡Cuál no sería mi sorpresa!) servían para reemplazar el esfuerzo del lector para sentir miedo únicamente por el ambiente, por la anécdota o el desenlace. Será con la citada novela gótica cuando se intensifiquen los detalles tormentosos y hasta grotescos, con las excepciones de los títulos antes nombrados. Sera Lovecraft quien, a principios del siglo XX, inaugure un nuevo estilo de cuento fantástico, al sacar el horror de sus ambientes habituales (noche, tormenta, etc.) y mostrarlo al aire libre y a la luz del sol. Kafka incorporará la alegoría a sus relatos: la música, los estados de felicidad, la mitología, ciertos crepúsculos y lugares.
Por lo que respecta al lector de cuentos de terror, este no necesita catarsis o moraleja alguna. Únicamente busca el disfrute que surge del miedo. A este respecto cabe señalar que el efecto o el desenlace del cuento de terror ha de contribuir a que el aficionado al género, con un final sorpresivo, quede satisfecho, o que con un final sugerido y en suspenso, se sienta inquieto al llegar al punto final de la historia. Para Lovecraft, como hemos apuntado más arriba, el criterio de lo fantástico no se sitúa en la obra, sino en la experiencia particular del lector, y esta experiencia debe ser el miedo. Según este autor, “un cuento es fantástico simplemente si el lector experimenta en forma profunda un sentimiento de temor y terror, la presencia de mundo y potencias insólitos ”.
El género vive hoy más de la tradición que de la actualidad y se encuentra difusamente instalado entre lo fantástico, lo misterioso y la ciencia-ficción, si no desaparece antes teniendo en cuenta que tanto lo terrorífico como lo fantástico lo encontramos ya en la vida cotidiana. Basta con conectar la radio o la televisión, leer la prensa o navegar por las redes sociales para constatar tal afirmación.
EL CUENTO FANTÁSTICO Y DE TERROR EN ESPAÑA
A pesar de lo dicho anteriormente y centrándonos en el cuento de terror que, como decimos, se asimila o se relaciona en muchas ocasiones con el relato fantástico y, en concreto, en nuestra lengua, nos encontramos con otros estudiosos del género como José Luis Martín Nogales, quien, en su artículo “Evolución del cuento fantástico español”, publicado por la revista Lucanor en 1997, afirma que esta literatura se encuentra en el cuento español desde sus primeras manifestaciones.
Aunque el ingrediente del misterio, lo maravilloso, lo extraordinario se encuentra ya en la literatura medieval y renacentista, a través de elementos mitológicos o folclóricos, será en el Romanticismo cuando lo fantástico adquiera una relevancia especial. La literatura fantástica dio paso en sus páginas a la demencia, al delirio, a la locura, a la hechicería. Todo ello, favorecido por la propagación en España de ciencias esotéricas y de filosofías espiritistas a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
A partir del Romanticismo se desarrolló un concepto del cuento fantástico basado en los sentimientos que provoca el relato en el lector: miedo, inquietud, desasosiego ante la ruptura de las leyes de la realidad. Los cuentos trataban de narrar la irrupción de lo inexplicable en los espacios cotidianos. Así, por ejemplo, la obra publicada en 1831 en doce tomos, de Agustín Pérez Zaragoza, titulada Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, se presentaba como una “colección curiosa e instructiva de sucesos trágicos para producir las fuertes emociones del terror”. En ella se acumulaban, según se anuncia al lector, “prodigios, acontecimientos maravillosos, fenómenos terribles, crímenes históricos y fabulosos, cadáveres ambulantes, cabezas ensangrentadas, venganzas atroces, casos sorprendentes”.
Serán los románticos, con su gusto por la mezcla de lo real y lo irreal y, en concreto, Bécquer, quien, con sus Leyendas, nos lleven por ese mundo de lo macabro. Será en la segunda mitad del siglo XIX donde los cuentos se llenen de personajes alucinados, trastornados, enloquecidos y en donde autores del Realismo se incorporaron a este tipo de cuentos, como Galdós, Silverio Lanza, Fernán Caballero, Valera, de Alarcón, Pardo Bazán o Clarín, quienes manifiestan la heterogénea concepción a que llega el género fantástico. No obstante, en España el género no alcanzó el apogeo y difusión que tuvo en otros países como Estados Unidos, Alemania o Francia, de la mano de escritores como los citados Edgar Allan Poe y Hoffmann o Maupassant, quienes fueron publicándose en nuestro país a lo largo de dicho siglo.
En el siglo XX los límites del género se amplían y es posible encontrar relatos de apariciones fantasmales, historias espiritistas, intervenciones diabólicas, narraciones de brujería, crímenes espantosos, inexplicables comportamientos humanos y misteriosas situaciones en las que lo sobrenatural irrumpe en la realidad. Así, por citar a algún escritor, Antonio de Hoyos y Vinent, autor decadentista, se muestra atraído por temas espiritistas, por narraciones de fantasmas y sucesos macabros. Sus relatos inclinan lo fantástico hacia lo terrorífico.
Tras la guerra civil, el cuento fantásticos con tintes terroríficos lo encontramos en Rafael Dieste quien en sus libros (De los archivos del trasgo e Historias e invenciones de Félix Muriel, mezclan lo real y lo sobrenatural, lo poético con lo terrorífico o el humor con el misterio. Álvaro Cunqueiro, desde Galicia mezcla realidad y ensueño y crea atmósferas espectrales con Las crónicas del sochantre y nos transporta a lugares bizantinos y orientales y a la época del rey Arturo y a la Galicia céltica.
En definitiva, la vitalidad del cuento fantástico, en sus diversas concepciones, es uno de los rasgos más significativos del cuento español de las últimas décadas del siglo XX. Destacamos de este periodo a Cristina Fernández Cubas quien, con sus relatos que surgen de una situación cotidiana, no lleva hacia algo extraño e inexplicable que desencadena cierto terror.
En los autores del siglo pasado, que no citamos para no hacer excesivamente extensas y prolijas estas páginas, el concepto y el objetivo de lo fantástico tampoco es homogéneo. Entre otros fines buscan provocar el terror estético y el asombro; o emplear la literatura como método de conocimiento e indagación en las zonas misteriosas de la vida. Lo fantástico se emplea, por tanto, al servicio de intenciones diversas y una de ellas es el horror, sentimiento que es el que ahora nos ocupa.
En los últimos años, los motivos para lo fantástico también son muy diversos: el doble, la metamorfosis, los espectros, la vida de ultratumba, objetos que cobran vida, naturaleza animada, ruptura de las leyes temporales y espaciales, etc. Como el género exige, siempre se parte de lo cotidiano y del mundo reconocible para llevar al lector a la esfera de lo inquietante, desconocido, insólito o inexplicable, a través del desembarco en mundos extraños, paralelos, enigmáticos o irreales, donde desaparecen los límites entre la realidad y la ficción, el sueño y la vigilia, lo normal y lo monstruoso, la lógica y el desvarío. Y todo ello con distintas funcionalidades, entre las cuales se encuentran: romper con la fuerza de la costumbre, presentar imágenes que impacten en el lector o ayudar a imaginar posibilidades que trascienden el mundo material y la realidad cotidiana.



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