
Carmen Ciria
Huelen a otoño las hojas húmedas del parque
en esta rota lumbre de noviembre. Aplasto, como un niño,
sus matices naranja, marrón, ocre en un revuelo
dorado que alborota el sueño de las alas.
Los bancos del paseo parecen desear que un caminante
se detenga y los habite, alguien que ya se haya librado
de la terca proyección de la memoria,
alguien de piel ilesa que espere todavía
el frescor de la savia y su destello en el color del ocaso.
Y en mi deambular apacible encuentro
un solitario sauce, curvada aún su alma
por el llanto amarillo de las hojas a punto de caer,
mas aguantando, deteniendo su rumbo
en una obstinación heroica que sólo el caminante aprecia
bajo los impasibles escarlatas del cielo.



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