
Lee antes La Taberna de Aqueronte 1
Benito García
La madrugada seguía resistiéndose a ceder su lugar a la luz del sol.
Tras el desafortunado encuentro con la singular pareja surgida del subsuelo, consideré cubierto mi cupo de sobresaltos nocturnos y proseguí mi camino con algún que otro rodeo, volviendo sobre mis pasos en un par de ocasiones para asegurarme de que nadie me seguía hasta mi humilde morada, entre los muros de un viejo edificio que resultaba discretamente modernista, en comparación con las recargadas fachadas que lo flanqueaban. Abrí con sumo cuidado la pesada puerta de alerce, intentando que los viejos goznes no despertasen al vecindario y la cerré tras de mí. La portería del edificio seguía vacía desde que su antigua inquilina la abandonase tras toda una vida fregando escaleras de lunes a domingo, y durmiendo en un jergón de lana raído en aquel pequeño cuchitril donde convivían dormitorio, cocina, baño y comedor.
Subí las escaleras hasta el segundo piso, atento a cualquier presencia extraña en los rellanos. No era infrecuente que algún ratero se colase, o sorprender a una pareja que recurría a la intimidad que los recovecos de las escaleras ofrecían para sus cinco minutos de desfogue. Ni siquiera hice ademán de pulsar el interruptor de la luz: nadie se molestaba ya en cambiar las bombillas que se iban fundiendo.
Llegué hasta la puerta del viejo despacho sin sobresaltos, y mi improvisado hogar me recibió en silencio. Cerré la puerta mientras colgaba de manera mecánica mi abrigo en un enorme perchero de latón. Encendí la luz para no tropezar en aquel desorden: cajas con libros todavía sin encontrar su lugar en los estantes, archivadores con papeles y legajos totalmente prescindibles y objetos inútiles que arrastraba a lo largo de mi existencia, de una ciudad a otra. Al fondo, en un armario embutido tras la mesa de roble que se interponía entre la puerta y la ventana, estaba mi cama. Tiré del pomo, y extendí el catre.
Me derrumbé pesadamente para desabrocharme los zapatos y acostarme, cuando me pareció ver una luz bajo la puerta. Hay una liturgia en el peligro: una concatenación de deslices y actitudes que conducen, inequívoca y fatalmente a un pésimo desenlace, en muchas ocasiones mortal. Y yo aquella noche me estaba esmerando en cumplir prácticamente con todos y cada uno de ellos.
Unas tenues pisadas fueron acercándose por el pasillo hasta detenerse frente a mi puerta. Me maldije en silencio por el estúpido y arrogante exceso de confianza que había demostrado. El pomo de la puerta hizo ademán de moverse, y me felicité por al menos haberme acordado de echar la llave.
Empecé a levantarme del colchón lenta y silenciosamente, excepto por el ruido atronador de mi corazón latiendo en mis oídos, esforzándome por no hacer crujir los listones de madera del somier plegable apoyándome en la mesa cercana y evitando interponerme en la luz que delataría mi posición al extraño que se había detenido frente a la puerta. Unos segundos de tensión, rezando en silencio para que nada delatase mis movimientos. Milímetro a milímetro fui abriendo el cajón del escritorio, donde guardaba un clandestino nueve corto. La luz al otro lado de la puerta se apagó en el preciso instante en que me aferraba a la pistola como a un clavo ardiendo, y percibí el ruido que hacía un objeto al ser introducido por la rendija de la puerta. Me quedé paralizado, silencioso, la pistola en mi mano derecha apuntando hacia la puerta, mientras el ruido de unos pasos que se alejaban por el pasillo se iba difuminando.
Esperé aún unos minutos, intentando convencerme de que quienquiera que fuese el que me había seguido, no permanecía vigilante atento a mi puerta o aguardase parapetado en la escalera esperando a que en un cándido presentimiento de seguridad y reiterado ejercicio de inconsciencia, siguiera actuando como un imbécil y me abalanzase al pasillo en su búsqueda.
Lentamente abandoné mi refugio tras la mesa y me acerqué hasta la pared. Palpé el bolsillo de mi abrigo hasta encontrar las llaves e introducirlas en la cerradura. Entorné la puerta mientras me mantenía pegado al muro, apuntando al pasillo vacío. Sin bajar el arma me aseguré, esta vez con más seso, de que no hubiera peligro. Volví a cerrar la puerta, bajé la cortina para procurarme cierta intimidad y concentré mi atención en el sobre que me esperaba en el suelo. Encendí la lámpara de escritorio, dejé la pistola sobre la mesa montada y lista para disparar, y me senté a observar con detenimiento el envoltorio. De color sepia, bastante deteriorado, como si llevase mucho tiempo guardado en algún estante, cajón o armario. Estaba cerrado y sin ningún tipo de inscripción, matasellos ni nada que permitiera identificar a su propietario o remitente.
Abrí el cajón a mi izquierda, extraje un estilete y rasgué el sobre con limpieza. Del interior extraje un puñado de viejas cartas medio amarillentas, cubiertas por una caligrafía ilegible de pluma estilográfica que me encogió el corazón al reconocerla. En ese momento deseé haberlas quemado, y quizás habría sido lo más sensato. Pero reconozco que aquella noche me sentía especialmente inclinado a las complicaciones, mucho más allá de lo razonable; así que empecé a releer una tras otra aquellas hojas, que tenue y lentamente volvían a dibujar un pasado que casi había logrado olvidar.
Entre las cartas aparecieron varias fotografías. Una de ellas con su retrato. Al ver de nuevo sus ojos felinos, que parecían contemplarme desde algún remoto lugar en el tiempo, como si estuviese de nuevo frente a mí en aquel desvencijado cuarto, un nudo de melancolía casi logró estrangular mi garganta. La acaricié como si ella fuese a abandonar aquel pedazo de papel al sentir de nuevo las yemas de mis dedos acariciando sus mejillas, como solía hacer cuando la besaba.
Recordé en aquellas fotos una tarde de octubre, en un tiempo en que éramos ingenuos, y creíamos que aquello podría salir bien, y que duraría para siempre. Nos habíamos escapado juntos del trabajo, de los amigos, la familia y de nuestras vidas, tan dispares entre sí. Estuvimos paseando por las ruinas de un antiguo pueblo abandonado, y la fotografié junto al único muro de una casona que seguía en pie, con un curioso blasón, tras haber desaparecido de ella su último morador. En ese momento algo llamó mi atención. De manera inconsciente mi mano empezó a jugar con un objeto en mi bolsillo: era la moneda que le había quitado al pequeño buscavidas. La examiné bajo la luz del flexo: antigua, aunque no podría precisar cuánto, y con los bordes algo deteriorados: quizás mordidos para arrancar el metal, quizás deteriorada por el paso del tiempo. Y al observar su grabado, un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando reconocí el emblema del escudo de la casa junto a la que la había retratado aquella tarde olvidada.



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