
Luis Carlos Marco Bruna
(a Augusto Monterroso)
Al volver del baño me recibe ciclópea, en carne viva, mientras con un aleteo alegre de violines en glissando me apremia: “el pollito quiere comer, mi amor”. Ella misma me coloca el preservativo. Entonces se reparte entera en la cama, hunde su lengua feroz en mi boca, deja imperativamente una palabra dentro, dale. Yo me arrotondo en su ombligo, me demoro cresteando en la línea imposible de su ilíaco, ruedo entre dunas mojadas. Me guía estremecida hasta el fondo con sus manos. Anclo mi nave en un puerto silencioso y subterráneo. Me muerde, la siento en todas partes, hasta que me previene al fin con un “yaaa” extendido para así poder llegar juntos de nuevo a la orilla convertidos en un soplo de mar ardiente. Y llegamos. Desembarcamos. Resbalamos despacio sin saber muy bien por dónde, perdidos el uno en el otro. Jadeamos. Besa mi vientre, me quita el preservativo, comprueba que no está pinchado y me lo da. Me deshago de él y al volver del baño me recibe ciclópea, en carne viva, mientras con un aleteo alegre de violines en glissando me apremia: “el pollito quiere comer, mi amor”.



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