
Felipe Díaz Pardo
Cada mañana me cruzaba en la calle con la misma anciana paseando un perrito al que no dejaba de lanzar reproches y reprimendas como si este entendiera cada una de sus palabras. En la mirada de la mascota detectaba, cada vez que lo veía, una incómoda sospecha cuando ambos nos observamos silenciosamente. Entonces el animal agachaba la cabeza, resignado, como quien soporta la pesada carga de una vida ya inmersa en la vejez y arrastraba su cuerpo con indolente pesadumbre.
Pasado un tiempo aquella viejecita ha cambiado de animal y ahora es un cachorro, quien, con sus agudos, incómodos e insolentes ladridos la acompaña mientras ahora es ella, en silencio, paciente y en actitud estoica, quien aguanta el insufrible comportamiento del canino.
Y es que, por los hijos, una madre aguanta lo indecible.



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