
SEIS PROBLEMAS PARA DON ISIDRO PARODI
Bustos Domecq
Miguel de los Santos
Allá por la década de los años treinta del pasado siglo Buenos Aires era ya una ciudad pujante y prolífica en lo que se refiere a los imparables movimientos artísticos y especialmente literarios que a mi entender impulsarían más tarde la gran eclosión de la literatura castellana conocida como «realismo mágico» gracias a la coincidencia en el tiempo y el espacio de una generación de autores probablemente irrepetible. Uno de los centros de reunión más populares y apetecibles para los intelectuales bonaerenses de la época era el domicilio de la escritora argentina Victoria Ocampo situado en el muy exclusivo barrio de San Isidro donde esta controvertida mujer por su involucración en las primeras manifestaciones feministas intelectuales y antifascistas gustaba de convocar periódicamente a todo tipo de personajes exponentes de la literatura y el ámbito intelectual que había conocido a través de sus constantes viajes por el mundo. Resultaría ocioso e innecesario enumerar aquí la interminable lista de famosos que desfilaron por aquellas reuniones que la anfitriona solía promover y convocar desde la prestigiosa revista y editorial SUR que ella misma había fundado y dirigía cuyas páginas fueron trampolín para mayor reconocimiento y prestigio de autores como Ernesto Sábato, Virginia Wolf, André Malraux o Henry Miller, pongamos por caso. Unas reuniones que, a la postre, no solo servirían para un encuentro de cerebros privilegiados y personalidades contradictorias sino para crear nuevos vínculos de amistad entre ellos e, incluso, provocar algún que otro devenir sentimental que desembocaría en himeneo. Puede que el más notable de estos fuera el romance surgido allí entre su propia hermana, la también escritora Silvina Ocampo, con el entonces joven autor emergente Adolfo Bioy Casares. Una relación sentimental que se prolongaría por más de seis décadas, desde que ella tenía 30 años y Bioy 19, culminando en matrimonio meses antes de la muerte de Silvina en 1993. A decir verdad, esta curiosa anécdota no deja de ser una digresión respecto del asunto principal que nos ocupa por más que el propio Bioy Casares es uno de los autores del libro que hoy recomiendo, aunque su nombre no aparezca en la cabecera del artículo. No hay nada extraño en ello. Sino una historia de amistad y compañerismo entre dos grandes genios de la literatura contemporánea. Por si no la conocen, se la cuento.
A una de aquellas famosas reuniones en el domicilio de Victoria Ocampo fue invitado por primera vez el joven Adolfo Bioy Casares. Tenía tan solo 18 años. Tres años antes había escrito su primer libro,” PRÓLOGO”, que fue revisado y mandado a imprimir por su propio padre. Una publicación que obtuvo el suficiente recorrido y notoriedad como para que la escritora se sintiera interesada en conocer aquel fenómeno de tan solo quince años. De entre los muchos invitados de aquella noche Bioy se sintió especialmente atraído por la figura de Jorge Luis Borges tanto por el impacto que había experimentado con la lectura de sus primeros libros de poesía como por la proximidad e interés que el ya famoso escritor había mostrado hacia él cuando fueron presentados. Se refugió en su compañía y a pesar de la distancia generacional (Borges era ya un hombre de 33 años) surgió entre ellos una complicidad espontánea que iba a devenir en la amistad profunda que conservarían durante el resto de su vida. Empezaron por frecuentar encuentros en el estudio del ya consagrado escritor donde intercambiaban ideas sobre literatura, poesía e historia. Siguieron acudiendo juntos a las periódicas reuniones de la Ocampo. Hasta que un día el joven Bioy se presentó al amigo con una propuesta insólita de todo punto. Pero, tras una serie de chanzas y ditirambos, Borges decidió aceptarla como un divertimento.
El asunto consistía en que la familia del joven, confiada en su ingenio para la escritura, le había propuesto redactar un anuncio publicitario para la promoción de ”La Martona”, empresa láctea de la que eran propietarios. Exactamente consistía en un folleto de doble página para distribuir por los buzones de las casas que sirviera para instruir a los clientes sobre las bondades del yogur. Se pusieron a ello mano a mano utilizando un estilo literario y ficticio lleno de ironía y humor donde relataban una historia sobre un producto ”milagroso” y sus bondades, con tintes de ciencia ficción y promesas de curaciones. Así fue su primera colaboración escrita, en la que Bioy le propuso a Borges el proyecto para ayudarlo a ganar dinero y, de paso, divertirse escribiendo juntos. El germen del seudónimo BUSTOS DOMECQ, que tuvo su debut con la publicación de ”Seis problemas para Don Isidro Parodi”, uno de los libros de mi vida. Pues fue tal el éxito del famoso folleto publicitario que decidieron ampliar la experiencia de escribir juntos en algo más serio: una serie de relatos de intriga impregnados del humor del que hacían gala ambos genios de la literatura argentina. Para colmo de tal desafío decidieron ocultar sus nombres bajo un seudónimo y siguiendo el camino de aquello que ya consideraban un juego de despropósitos tomaron el apellido del bisabuelo materno de Borges y el de la abuela paterna de Bioy. Respectivamente, BUSTOS y DOMECQ. Con él vería la luz ”Seis problemas para Don Isidro Parodi” publicado en 1942 que constituiría todo un éxito de crítica y ventas.
Es indubitable que para los millones de seguidores de Borges en todo el mundo” El Aleph” es el referente de su inmensa obra. Como lo es ”La Invención de Morel” para aquellos que gustan de la pulcra narrativa de Bioy Casares. Pero si ambas legiones de lectores quieren paladear el agridulce estilo del cóctel ”Borges-Bioy” no dejen de paladear, sorbo a sorbo,” Seis problemas para Don Isidro Parodi” de cuya trama les ofrezco una breve referencia:” es la historia de un recluso que resuelve seis misterios policiales desde su celda a través de los hechos que le cuentan sus visitantes. Los relatos se desarrollan en Buenos Aires a principios del siglo XX y presentan un estilo policial con mucho humor, personajes extravagantes y diálogos llenos de modismos porteños, donde la verdadera solución es más absurda que el crimen en sí”.



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