
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
A veces pienso que la lectura murió el día que todos empezamos a desplazar el dedo índice de abajo arriba, como un rosario moderno cuyo único dios es el algoritmo. Puede sonar exagerado —yo mismo me río cuando me escucho pensarlo—, pero luego salgo a la calle, contemplo la gente mirando sus teléfonos como si esperaran instrucciones directas de un alto mando invisible, y me pregunto si no vivimos todos en un nuevo orden policial, vigilados por supervisores con corbatas digitales. Me imagino a un subalterno en alguna planta administrativa subterránea, tomando notas cada vez que deslizo el dedo por la pantalla: «Ha leído quince segundos. No ha llegado al final. No ha visto la imagen número tres. La muestra no presenta señales de retención. Procesar como desinterés. Reducir alcance». Lo peor es que lo imagino con el gesto resignado y anodino del que cumple órdenes absurdas sin cuestionarlas, y eso es precisamente lo inquietante: que ya nadie cuestiona nada.
Leo, o mejor dicho, intento leer, porque la lectura hoy ha adquirido una cualidad casi heroica. Es un gesto de resistencia lenta contra un mundo que solo premia lo inmediato. Es como intentar beber agua con cucharilla en mitad de una tormenta. Dicen que la atención humana se ha reducido al nivel de un pez dorado, lo cual me parece ofensivo para el pez: al menos él parece disfrutar del momento sin necesidad de validación externa.
Recuerdo cuando abrir un libro era abrir una puerta que llevaba a otra intimidad, distinta, secreta. Ahora abrir un libro se parece a ejecutar un programa pesado en un ordenador antiguo; se oye un ruido mental, como una lavadora intelectual agitándose, y uno tiene que esperar a que el cerebro se reconfigure, como si hubiera estado hibernando en un lenguaje que intenta olvidar. La primera página se lee con el mismo esfuerzo que el primer día de gimnasio tras dos años de sedentarismo emocional.
Me descubrí el otro día leyendo tres veces la misma frase porque, mientras lo hacía, mi mente proponía: «¿No debería comprobar si tienes una notificación?». Luego: «Quizá alguien ha dicho algo interesante». Después: «Tu vida podría estar ocurriendo sin ti mientras te atascas en este párrafo sobre la infancia rural de un protagonista ficticio».
La novela, hasta entonces bella, se convirtió en una sala de espera. Mierda.
La sala de espera es ahora la metáfora definitiva de nuestra existencia. Estamos siempre en tránsito, desplazándonos hacia contenido nuevo, más breve, más jugoso, más inmediato, aunque una parte de nosotros sepa, con esa sinceridad apagada que se siente en el estómago, que nada de eso nos llena. Somos comensales frente a un bufet infinito en el que todo está diseñado para abrir el apetito, pero nada está pensado para nutrirnos. Pasamos hambre con el plato lleno.
Los gurús tecnológicos prometieron que todo sería más fácil. Y lo es, en efecto. Cualquier cosa puede ser consultada, leída o vista en pocos segundos. El problema es que hemos confundido acceso con profundidad. Podemos saber de todo sin saber nada. Yo mismo puedo explicar con solvencia superficial el origen de la ópera, el apareamiento de los pulpos y la historia de la depuración de aguas en el siglo XIX, pero no recuerdo la última vez que dejé que una idea me acompañara lo suficiente como para que de verdad comprendiera algo. La información llega, se posa unos segundos en el interior, y se va. Como un gorrión asustado.
La lectura lenta, por el contrario, es un acto íntimo, casi clandestino. Requiere algo que casi nos avergüenza admitir que tenemos: tiempo. Peor todavía: requiere disposición. Es una entrega sin garantías. A veces uno lee diez páginas y solo obtiene la vaga sensación de haber rozado algo que todavía no se despliega. Y sin embargo, ahí reside el poder: en aceptar que lo valioso se presenta despacio, con una timidez que exige solo una cosa: paciencia.
Cuando leo despacio, el lenguaje se vuelve un territorio; cuando leo rápido, se convierte en ruido. La velocidad nos hace sentir competentes, pero la lentitud nos recuerda que somos humanos. Quizá por eso tememos tanto a la lentitud: nos enfrenta a lo que somos sin distracciones.
No culpo únicamente a las redes sociales. Son solo la herramienta más brillante del sistema que nos educa para desear lo que se agota rápido. El problema es más profundo: vivimos en un mundo donde lo urgente ha devorado lo importante. Leer lentamente no produce resultados cuantificables, no genera métricas, no se puede mostrar en una captura de pantalla para demostrar capital cultural. Leer lentamente es casi un acto secreto contra el vértigo colectivo.
Me pregunto si, en unos años, necesitaremos permisos para desconectarnos. Una licencia, expedida por una oficina gris donde un burócrata con gafas espesas revise nuestros niveles de dopamina y nos autorice a pasar treinta minutos sin pantallas, bajo la condición de no aprovechar el tiempo para pensar demasiado. Quizá nos lo concedan solo bajo supervisión, como quien administra un medicamento peligroso.
Sin embargo, pese a todo, continúo leyendo, actualmente, Cartas a Milena de Kafka. Lentamente, sí, a veces con torpeza, pero leyendo. Y cuando lo hago, hay momentos diminutos, un giro de frase, una imagen inesperada, una idea que me toca en un lugar que no se usa en la vida diaria, en los que siento algo parecido a la antigua arquitectura del alma.
Algo que se abre, algo que respira.
Quizá el mundo no se ha vuelto más ruidoso. Quizá nosotros hemos olvidado cómo escuchar.
Y, sin embargo, siempre queda la opción de volver a abrir un libro.
Despacio.
Como quien abre una ventana para comprobar si aún queda aire afuera.



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