
Rafael Yuste Oliete
El conejo apareció de repente, como suelen hacer estos animales, en una rotonda urbana. Árboles y arrietes sombreaban un paraíso acotado por el tráfico y el asfalto; el colono lagomorfo despertaba simpatía. Al año, de nuevo la chistera, un segundo conejo aparecía. Aquello era un idilio. Hasta dibujarse una mancha oscura, sospechosa, en la calzada. Pobrecico, el infeliz, Dios lo tenga en su gloria. Mas lo mantuvo en la glorieta, ja. Hasta catorce conejos se contaron saliendo cada mañana de aquel sombrero divino. Sin duda, el sexo es el más depurado ilusionismo, pues, al final, todo jardín es finito.
Cuento e ilustración publicados en La Revista de Valdemoro (diciembre 2023).



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