
Felipe Díaz Pardo
Tras el número del último mes de 2025, en el que hicimos un gozoso y positivo balance de lo hasta ese momento conseguido en los cuatro meses de vida de la revista, cabe ahora dejar el papel o la mente en blanco y seguir con la misma ilusión este 2026, a la que se unen nuevos amigos y colaboradores, los cuales harán más grande nuestra iniciativa, como estamos viendo día a día.
Las expectativas con las que nació esta propuesta se van cumpliendo, a tenor de la red de relaciones que vamos entablando, gracias a las personas que se van incorporando y a las que, con el mismo ahínco del principio, siguen con nosotros. Y eso ocurre porque todos sabemos del potencial de nuestra publicación, los que escriben y los que leen.
Y una parte importante del éxito, como venimos diciendo, proviene de ese empeño por hacer de La torre del ojo un producto total, dentro del ámbito cultural. No solo se convierte en una selección de textos de todos los géneros y posibilidades comunicativas, sino también en una galería de arte, debido a las magníficas ilustraciones que cada mes nos acompañan en la lectura, con total armonía.
Son estos dibujos, estampas o como queramos llamarlos, los que potencian el aspecto visual de la publicación y su riqueza y variedad, que nos esforzamos en remarcar buscando nuevas posibilidades en su presentación, cada mes. Prueba de ello es la presencia en este número de enero de las fotografía de Julián Villar, creador de una expresividad manifiesta, como nos viene demostrando desde hace mucho tiempo y de muy diversas maneras.
Sentimos que este año será el que, desde La torre del ojo, el horizonte creativo que queremos alcanzar se ensanche. No es solo una ilusión, como decíamos al principio, sino una realidad que venimos consiguiendo a lo largo de estos primeros cuatro meses. Y todo ello, debido a todos los que participan de este proyecto, como creadores y como lectores, que no para de crecer y mejorar.



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