
Gustavo Gac-Artigas
Hace 52 años se escuchó por última vez mi voz —a través de un actor— en Chuquicamata, un 10 de septiembre de 1973. Veinticuatro horas más tarde, detenido, un soldado susurró a mis espaldas: «Libertad, libertad», título de la obra que estaba presentando con mi grupo, el Teatro Experimental del Cobre de la mina El Teniente.
Hasta hoy no sé si fue un gesto de solidaridad, un intento de darme fuerzas para enfrentar lo que vendría, un decirme «no estás solo». En todo caso, no fue malintencionado: no le siguieron golpes a mansalva.
Expulsado de mi país meses más tarde, gracias a la intervención de las Naciones Unidas —que me arrancó de las manos de mi torturador y de la cárcel de Rancagua—, fui enviado al exilio.
Han pasado 52 años en los cuales mi voz, la de mis nuevos actores, mis versos, se han escuchado en distintos escenarios del mundo. Versos vagando, huérfanos de tierra —no de sueños—, soñando con que algún día pudieran dirigirse a mi gente, antes de desaparecer en las olas del olvido.
Hoy regreso a mi cordillera. No a mis recuerdos. Voy en una aventura. No en busca de mis raíces, aquellas que en Temuco, Valdivia y Rancagua fueron alimentadas y en el mundo enriquecidas. Regreso, oh libertad, libertad, a pedir permiso para dirigirme a ti, mi querido, mi querida desconocida.
En abril de 2026—y 82 años en la vida de un poeta no son nada— pondré en tus manos un verso, una trayectoria solitaria. Nada aprendí más importante que la humildad. De todos aprendí, y me pregunto si algo entregué, si abracé, y si mi pueblo me faltó en ese abrazo.
Conocí el amor y, sin embargo, no te traicioné, mi tierra lejana, primer amor.
No sé dónde leeré mi primer poema ni si ese será el último, como lo fue aquel parlamento perdido en la cordillera: libertad, libertad. No visitaré los cementerios; no quiero conversar con los muertos —eso vendrá más adelante—. Escucharé el viento trayendo los versos del poeta, de la poeta.
¡Vientos de mi pueblo, traedme un poema! Rescatad los versos de Pablo de las olas, impedid que naufraguen; traed los versos de la cordillera, del valle del Elqui, aquel valle sagrado que albergó la soledad y el alma de Gabriela; bajad del cerro a la playa para entregarnos un antipoema de Nicanor en Las Cruces.
Sangre de mi pueblo, traedme los versos que nacieron en el alma de Chile. Traedme los versos universales que, desafiando la cordillera, las tormentas de nuestro océano, los vientos y las nubes, desafiando sotanas y fusiles —cantaría Violeta—, salieron de esa delgada franja de tierra que se entrega al mar, allá donde termina el mundo.
Cincuenta y dos años que me faltáis, verso y sangre, sueño y hombre.
Oh tierra mía, aquella de la cual jamás debí salir.
(Sentimientos a la ocasión de la invitación a participar en el IV Festival Internacional Vino y Poesía, Colchagua, Chile, 2026)



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