
Pedro Fajardo
Empieza a sonar “Pena, penita, pena”, de Lola Flores. La acción se sitúa en un parque de una gran ciudad.
Lali viste con jersey amplio, falda que le cubre por debajo de las rodillas, calcetines de colores y zapatillas de andar por casa. Lleva también un chaleco como los que lucen los corresponsales de prensa, nota curiosa de su indumentaria. Y, debajo, un delantal con manchas de sangre. Entra abrazada a una olla exprés y llamando a un gato.
LALI. — ¡Pinocho! ¡Pinocho! (Pausa.) Tú no te vas a dejar coger tan fácilmente como tu hermano, ¿verdad? Te hueles la tostada y no te arriesgas a salir, bribonazo. El Geppetto ha sido menos listo que tú y ya está en el cielo de los gatos… Bueno, no sé si existe un cielo gatuno… ¿No dicen que tenéis siete vidas? Pues si fuera cierto, el Geppetto ya estaría aquí otra vez y no parece que vaya a volver.
Deja la olla sobre el banco, se acerca a los matorrales y mira.
¿Ves, Pinocho? Lo que yo decía. Nada de siete vidas: una sola y vas que te mueres.
Se despoja del delantal ensangrentado e intenta eliminar con él la sangre de sus manos. Se oyen los pasos y las risas de una pareja de jóvenes. Lali se asusta y se esconde detrás del banco.
Creí que era la policía que, cuando quiere, bien que se afana en cumplir su tarea.
Se sienta y extrae del bolsillo del delantal dos frascos. Son dos viales de vidrio de inyección. Uno lo deja volcado, pues es el que ya ha utilizado con Geppetto. Coloca el otro en vertical. Extrae también una jeringuilla. Y tararea “Pena, penita, pena” mientras intenta eliminar con el delantal la sangre de sus manos.
¿Sabes, Pinocho? Yo he salío a mi madre en lo cantarina. Ella cocinaba y cantaba, fregaba y cantaba, barría y cantaba… Hasta se murió cantando. (Pausa.) ¡Pobrecilla, parecía un acerico! En sus últimos días, le pinchaba en el cuello, como me dijo la médica y, amodorrada por la morfina, aún tarareaba y me repetía: “El Zurdo no es trigo limpio, aléjate de él”.
LALI canturrea el estribillo de “Pena, penita, pena” mientras extrae el líquido con la jeringuilla.
¡Ay, pena, penita, pena, pena!
Pena de mi corazón,
que me corre por las venas, pena,
con la fuerza de un ciclón.
Es lo mismo que un nublado
de tiniebla y pedernal,
es un potro desbocado
que no sabe dónde va.
Es un desierto de arena, pena,
es mi gloria en un penal.
¡Ay, penal!, ¡Ay, penal!
¡Ay, pena, penita, pena!
Se pone de rodillas para seguir buscando a Pinocho, que se resiste a salir de su escondrijo.
¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Ven aquí, ladrón! (Pausa.) ¡Nada, no hay manera! Lo hago por tu bien. Yo no voy a volver. ¿Quieres quedarte solo? Sin el Geppetto, sin comida, sin agua… ¿Y entonces qué va a ser de ti? Es mejor dormir y no despertar.
Se escuchan los gemidos de los jóvenes que están follando en un banco cercano. Lali se acerca a un lateral y anima a los jóvenes.
¡Vamos, vamos! ¡Que si hay césped crecido, se juega el partido! (Se oye un movimiento precipitado de los jóvenes.) ¡No, no os vayáis! (Pausa.) ¡Pobres! Les he jodido el polvo y, a lo mejor, era su primera vez. (Pausa.) ¡Ay, Pinocho, ni te imaginas cómo fue mi primera vez!
Coge el delantal y lo sostiene en sus manos mientras recuerda.
Entonces las vecinas tenían la costumbre de mandar a hacer recaos no sólo a sus hijos, sino también a los hijos de los demás. Más de una vez bajé yo las escaleras del patio como si caminara en el aire, pero ni por esas. La Aurora era la peor porque tenía el oído más fino que tú, Pinocho. ¡Y ya es decir! ¡Qué mujer! En lugar de llamar al José Andrés desde el balcón, como hacían las demás —porque entonces todos jugábamos en la calle—, ella perseguía con un palo a su hijo hasta que conseguía encaminarle hacia el portal y meterlo en casa.
Se ríe y se frota las manos en un nuevo intento de eliminar la sangre. Toca con una mano la olla.
Ni siquiera acudes al olor del cocido como ha hecho el Geppetto. Tú eres un zorro, como lo era el señor Joaquín, que sólo quería que le hiciera yo los recaos. Y, a la vuelta, siempre me acariciaba las manos, me ponía una peseta en cada palma, me apretaba los dedos y besaba los puños. Aquello resultaba raro precisamente por lo agarrao que era el señor Joaquín. Pero ya se sabe: en el arca del avariento, el diablo yace dentro. Una tarde me invitó a entrar en su casa, me sentó sobre sus muslos, me sobó son sus dedos siempre sudorosos y me metió su asquerosa lengua de sapo hasta el galillo. “Así lo hacen los mayores”, me dijo, “y tú ya empiezas a ser una mujercita”. En esa nueva rutina, siempre añadía algunos caramelos a las dos pesetas y me advertía que aquello era un secreto de los dos y que no debía contárselo a nadie. Y no se lo conté a nadie. Miento, al cura de la iglesia del barrio cuando nos llevaron a los del colegio a tomar la ceniza. Aquel hombre me acarició también las manos y me pidió que le esperara en la sacristía mientras terminaba de confesar a mis compañeras. “Quien no te conozca que te compre”, pensé, y salí pitando no veas cómo, que cuando la borrica quiere correr, ni el borrico la puede detener.
Se queda ensimismada mirándose los calcetines caídos y los sube mientras canta y se emociona.
Si en el firmamento poder yo tuviera,
esta noche negra lo mismo que un pozo,
con un cuchillito de luna lunera
cortaría los hierros de tu calabozo.
Si yo fuera reina de la luz del día,
del viento y del mar,
cordeles de esclava yo me ceñiría
por tu libertad…
Acaricia la jeringuilla y la vuelve a depositar sobre el banco.
Con los hombres no he tenido mucha suerte, ésa es la verdad, Pinocho. Durante muchos años, si un tío intentaba tocarme, se me arqueaba el lomo y los pelos se me ponían de punta. Hasta que llegó el Zurdo, que tenía el guapo subido y me regalaba los mejores higadillos, mondongos, carrilladas… para mis gatos callejeros. Y mi madre erre que erre: “Que el ayudante del carnicero no es trigo limpio”. Me colé por él y ya se sabe: el amor es el vino que más pronto se avinagra (Pausa.) A la chita callando, me hizo pasar las de Caín: excusas para que saliera de casa lo menos posible; un día, un grito; otro día, un insulto; otro, un insulto más fuerte, hasta que le cogió gustillo a zarandearme y después a golpearme con el puño cerrado apretando un mechero. Y desde que se ha jubilao, es todavía peor. Hazme caso, Pinocho, es mejor parar aquí…
Se escucha a lo lejos una sirena de policía. Lali coge la jeringuilla y la vuelve a depositar sobre el banco. Se remanga uno de los brazos de su jersey mientras sigue hablando.
Hace un rato estaba preparando el cocido para mañana, que es su plato favorito y, por el rabillo del ojo, le vi acercándose con el cuchillo jamonero en su mano, dispuesto a ensartarme como un pincho moruno.
Pausa. Lali abraza la olla exprés.
Por san Martín deja el cerdo de gruñir. Me he traído el arma del delito, Pinocho. Sé por las pelis que, si no encuentran el arma, no pueden acusarte de nada…
Se escucha un movimiento entre los matorrales. Lali deposita de nuevo la olla sobre el banco y se levanta. La sirena de policía se acerca. Empieza a sonar “Pena, penita, pena” en la voz de Lola Flores. Lali se sienta de espaldas al público. Coge la jeringuilla letal y, cuando se va a pinchar, se escucha el llanto de un bebé entre los matorrales. Ella lo confunde con el maullido de Pinocho. Lali abandona la jeringuilla, se agacha…
¡Pinocho! (Pausa.) ¿Qué demonios…?
Arrastra una bolsa de Mercadona en cuyo interior está el bebé envuelto en una toalla. Lo coge en brazos.
¡Criatura! ¿Para eso has venido al mundo? ¿Para que te abandonen como a un gato? Tranquilo, mi vida, tranquilo…
El bebé cesa en su llanto.
Ya no estás solo…
Sale de escena llevándose al bebé mientras sigue sonando la canción de Lola Flores.
OSCURO



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