
Lola Prol
Marcial era un buen hombre. Esta definición la daría de él cualquiera que lo conociera. Buen hijo, buen vecino, buen amigo, buen compañero. Procuraba ser comedido sin ser débil, siempre dispuesto a echar una mano si alguien le necesitaba. Parecía más pendiente de los demás que de sí mismo, pero, al mismo tiempo, era ingenioso y ocurrente, con un fino sentido del humor. Sus intereses eran de lo más variado, lo que hacía de él un buen conversador. Era, en definitiva, una persona de trato más que agradable y sabía hacerse querer.
Aquella mañana, como tantas otras, bajó corriendo las escaleras del Metro para no perder el tren que, parado en el andén, ya daba el último pitido antes de cerrar las puertas. Colándose con una rapidez adquirida por la experiencia diaria, consiguió entrar en el vagón. Todavía sofocado por la carrera, buscó un hueco para poder hacer más cómodo el recorrido hasta Delicias, donde estaba su trabajo. Aún iba con suficiente tiempo para abrir la librería, pero, si llegaba con algo de margen, podría parar a tomar un café en el bar de al lado y comentar las últimas noticias con Paco, el propietario.
Esquivando codos y mochilas, procurando no pisar demasiados pies y deseando poder estar un rato tranquilo, llegaba a la siguiente estación cuando consiguió un espacio que, aunque reducido, le permitía una cierta comodidad en la postura. Siempre le admiraba el intercambio de gente que se producía en cada nueva parada, el flujo de lo que salían se compensaba con los que entraban. Mientras, los que quedaban, aprovechaban para tomar posiciones más ventajosas y cómodas.
Volvió a recorrer el vagón con un golpe de vista y entonces apareció de nuevo esa sensación de alegría que le llenaba tantas mañanas. Ahí estaba ella, acababa de entrar. Igual que él, igual que tantos habituales del viaje diario, abandonó con rapidez la zona de las puertas para conseguir un lugar más protegido de las continuas entradas y salidas. Ganando terreno consiguió un pequeño hueco, casi en el extremo de vagón, quedando frente por frente con Marcial. Cruzaron la mirada y en los dos coincidió el gesto de reconocimiento. No era casual que se vieran, era más bien algo natural debido a una rutina establecida, marcada por gestos y acciones encaminados a un ahorro de tiempo y energía. Tanto uno como otro procuraban siempre montarse en el mismo punto del tren que luego venía a ser el más cercano a las salidas respectivas. Así, eran varios los que coincidían la mayor parte de los días en trayecto y horario.
Virginia también se había fijado en él. Cómo no hacerlo si, día tras día, compartían el inicio de la jornada. Se sentía identificada con todas aquellas personas a las que veía más que a su propia familia o a sus amigos. Pensaba que cualquier día se acabarían saludando y sería algo natural.
Marcial no se sentía cómodo. No sabía cómo actuar. No es que él fuera especialmente tímido pero estas situaciones siempre se le escapaban de las manos. Si dirigía la vista al frente, allí se encontraba con los preciosos ojos de aquella chica y, como no quería que se sintiera molesta por su interés, apartaba rápidamente la mirada, como un chiquillo pillado en falta. Habría sido más fácil si no se sintiera atraído por ella porque entonces la habría podido mirar con la familiaridad de lo cotidiano, pero sin sentirse turbado. Así que se quedó mucho más tranquilo cuando vio que sacaba un libro y se centraba en la lectura. Entonces sí, ya podía contemplarla a su antojo y disfrutar observando sin ser visto, aprovechando el trayecto que aún quedaba por delante.
—¡Qué mala suerte tienes con las mujeres, hijo! No me explico cómo alguien tan bueno como tú todavía no ha encontrado una mujer con la que compartir su vida- En multitud de ocasiones, Marcial había oído a su padre decirle aquello y sabía que lo hacía con todo el cariño, convencido de que la situación ideal de cualquier hombre era la que proporciona el matrimonio.
Sus padres se habían conocido siendo apenas unos críos y tras un largo noviazgo habían formado una familia unida, en la que el amor y la admiración mutua había estrechado los lazos de la pareja, siendo su única pena haber tenido un solo hijo ya que ambos provenían de familias numerosas y les habría gustado reproducir el mismo modelo familiar. Sin embargo, Rosa, la madre, siempre fue una mujer frágil y enfermiza y por eso a nadie le extrañó cuando una gripe, más virulenta que la de años anteriores, se convirtió en una neumonía que la llevó a la tumba en apenas tres días, dejando así un marido desolado y un hijo adolescente que tardó años en comprender qué es lo que les había pasado.
Ella seguía formando parte de sus vidas, las continuas alusiones a las cosas que le gustaban, o a su forma de hacer esto y aquello o las suaves recriminaciones de “a tu madre no le habría gustado nada que hicieras esto…” cuando cometía alguna trasgresión, más bien gamberrada propia de la edad, hacía que no se hubiera marchado del todo. No obstante, Marcial vio en su padre muchos síntomas de lo que aquella pérdida había significado para él. Se apreciaba un ligero encorvamiento de la espalda, la falta de brillo en la mirada y las sombras de unas ojeras más marcadas, formaban un conjunto de signos que habían hecho envejecer a aquel hombre varios años en pocos días. Y el gesto, sobre todo aquel gesto entre confuso y dolido, aquel aire taciturno de un hombre bondadoso que se había olvidado de reír fue lo que marcó la adolescencia y juventud de Marcial que intentó superar la pérdida de la madre siendo el apoyo y el compañero inseparable de un padre que no se congració nunca con la vida y que no perdonó jamás la falta de la compañera.
Marcial creció como cualquier chico de su edad. No era ni bueno ni malo en los estudios, lo justo para ir pasando de curso. No tenía ningún interés demasiado definido por nada y concluyó el Bachillerato sin tener una idea muy clara de lo que quería hacer con su vida. Para ganar tiempo hasta tener más claro lo que quería ser, se matriculó en Filología Hispánica porque lo único que no había variado a lo largo de su vida era la afición a la lectura, lo que le había permitido tener un conocimiento, infrecuente a su edad, de autores clásicos españoles y extranjeros que estimulaban su mente y su imaginación. Hizo los cinco años de la carrera sin gran convicción, pero, ante la falta de otras alternativas más prometedoras, fue pasando el tiempo y con él los cursos hasta que, cuando se quiso dar cuenta, tenía un flamante título de licenciado que, como ya sabía, pocas oportunidades le iba a dar en el mercado laboral.
Pero su futuro sí que estuvo vinculado a los estudios de su elección ya que, en el último curso de carrera, conoció a Clara, su primera novia. A diferencia de Marcial, Clara sabía desde niña a qué se quería dedicar. Su gran vocación era la enseñanza y por ello apenas acabada la carrera ya se había puesto a preparar las oposiciones para ser profesora.
Los padres de Clara siempre habían visto con buenos ojos aquella elección. Dedicados los dos al mundo de las Letras en profesiones distintas: ella bibliotecaria, él con una librería de su propiedad, veían con buenos ojos que su hija siguiera, de alguna forma, la tradición familiar si bien en un nuevo campo que completaba las experiencias a compartir entre los tres.
Así se llegó a una solución que complacía a todas las partes. Clara se dedicó a preparar sus oposiciones con ahínco mientras Marcial estrechaba lazos familiares pasando a ser ayudante y luego encargado de la librería que el padre de Clara tenía en la calle Delicias. Pronto la relación entre dueño y empleado se hizo más estrecha, no sólo por el roce diario sino porque la mayoría de los días Marcial acompañaba a Justo hasta su casa para poder ver a Clara, aunque sólo fuera un rato.
Las cosas entre la pareja no podían ir mejor. Es cierto que llevaban una vida rutinaria, más propia de gente de edad madura que de dos veinteañeros, pero a ambos les satisfacía lo suficiente. Pronto se acostumbraron tanto el uno al otro que Marcial empezó a darse cuenta de que Clara era un elemento imprescindible en su vida.
A los dos años de relación, Clara consiguió su objetivo y sacó las oposiciones colmando así sus aspiraciones y las de los que la rodeaban.
—Tenemos la suerte de cara, así que deberíamos aprovechar la buena racha e ir pensando en la boda- Cuando Marcial oyó estas palabras en boca de su novia, sintió tal variedad de emociones que no sabía realmente como se sentía. Lo primero pensó en su padre, en lo contento que se iba a poner al volver a tener a una mujer en casa porque, evidentemente y como le había hecho saber a Clara desde el primer día, él nunca podría dejar a su padre solo. Pero por otra, notaba también cierta desazón cuya causa no sabía identificar y que achacó, razonablemente, a los nervios naturales ante un cambio trascendente en su vida.
Nadie podría haber imaginado un desenlace tan inesperado y fatal. Una noche en que habían quedado, como otras tantas, para tomar algo juntos y verse un rato, Clara volvía sola a casa ya que Marcial tenía que hacer inventario y no la podía acompañar. Sus padres comenzaron a inquietarse cuando vieron que pasaba con creces la hora habitual de volver y su hija, siempre cumplidora y responsable, ni llegaba ni daba señales de vida. Pasadas las dos de la mañana y con la casi certeza de que algo terrible había ocurrido, Justo se echó a la calle, más por no estar en casa que porque pensara que así iba a encontrarla. Al rato de salir su mujer le llamaba angustiada. Una llamada de la policía les comunicaba que su hija había ingresado en “La Paz” y debían acudir inmediatamente. Nada se pudo hacer por Clara. Según les informó posteriormente la policía, quedaba claro que había sido víctima de un atraco con fatales consecuencias. Su agresor la había sorprendido por la espalda y, tras asestarle un golpe mortal en la nuca, la había despojado de todo lo que llevaba de valor. Cuando la encontraron, ya estaba muerta.
Marcial pasó unos días como sonámbulo. No sabía qué hacer. Sólo salía de casa para ir al trabajo que fue lo único que sostuvo su ánimo en aquellos momentos. Nuevamente solo, se refugió en la lectura, como cuando era adolescente, como cuando su madre les había dejado.
El paso del tiempo fue mitigando el dolor de la pérdida y Marcial fue el primer sorprendido cuando, un año después de la muerte de Clara, se encontró nuevamente ilusionado por una mujer. Cuando su amigo Alberto le propuso, como otras tantas veces, una cena fuera de casa no le comentó que también iría una amiga suya de la infancia, de regreso a Madrid después de varios años destinada en una pequeña capital de provincias. Carmen era totalmente distinta a Clara, diferente también de la mayoría de chicas que había conocido. Entregada a su profesión de trabajadora social y dedicada fundamentalmente al apoyo de mujeres víctimas de violencia de género, era una mujer vital, habladora y un poco caótica en su forma de vida. Odiaba hacer planes y variaba constantemente su estilo de vestir, su peinado, sus amistades o aficiones. Sin embargo, siempre sintió un cariño especial por Alberto, aquel amigo de la niñez que, de alguna forma, siguió vinculado a su vida.
Carmen y Marcial eran opuestos en todo, tanto que estaban condenados a atraerse. Él no pudo resistirse a aquella mujer extrovertida, divertida y sorprendente que contaba anécdotas sin parar y que llenaba cualquier espacio con su presencia. Ella pronto se dio cuenta que se sentía muy cómoda al lado de aquel hombre tranquilo que le daba el toque de serenidad que ella necesitaba.
Desde que había conocido a Carmen, la vida de Marcial había cambiado sustancialmente. Ajena a cualquier rutina, había días que pasaba varias veces a visitarle como luego estaba más de una semana ocupada, sin encontrar un momento para verse. Ni siquiera tenía muy claro qué tipo de pareja formaban ya que ella, en su línea, rechazaba las etiquetas y aquel término de “novios” que tanto agradaba a Clara, no encontraba sitio en esta nueva relación. No obstante, Marcial sabía que Carmen le amaba, igual que él a ella, y que no había cabida para otras personas, lo que les convertía en lo más parecido a una pareja estable.
Pasaron tres años juntos. Fue una época feliz para Marcial. Le gustaba su trabajo a cargo de la librería, llevaba una tranquila vida doméstica junto a su padre y tenía a Carmen, que le aportaba la justa dosis de emoción y le sacaba de la rutina.
Sin embargo, también esta relación se vio truncada de una forma fatal. Lo que en principio parecía un agotamiento producido por el ritmo frenético de vida que Carmen llevaba, se mostró rápidamente como una grave enfermedad coronaria que la dejó postrada en la cama y sin capacidad de reacción. Los médicos sólo pudieron certificar su defunción, pocos meses después, sin haber tenido nunca claro cuál era el origen de que aquel corazón, tan joven en apariencia, hubiera dejado de funcionar.
Otra vez solo, nuevamente abatido, Marcial hizo de la rutina su compañera de vida. Cogía el metro todos los días a la misma hora; si se retrasaba, aunque sólo fueran unos minutos, ya se sentía mal el resto del día. Pasaba el día atendiendo la librería, concentrado en la tarea, evitando tener que pensar. Al cerrar, volvía a casa y tras cenar y charlar un rato con su padre, se acostaba puntualmente a las once de la noche. Los detalles más nimios se volvieron, de repente, mucho más importantes y se acostumbró a que le tacharan de maniático cada vez que alineaba los libros en los estantes para que ningún lomo sobresaliera sobre los demás, o que cortara el pan en porciones exactamente iguales, o que no consintiera quedar a cenar en un sitio que no fuera alguno de los que ya conocía. Él se sentía bien así y no se consideraba, para nada, un tipo raro. Sólo algunas veces, cuando iba hablando solo en el metro y se daba cuenta que sus vecinos le miraban, entre sorprendidos y asustados, pensaba que quizá tenía que empezar a preocuparse por su salud mental. Pero se tranquilizaba a sí mismo recordando lo que tantas veces contaba su amigo Alberto, recordando su época de estudiante de Psicología, cuando remedaba a su profesor sentenciando: “lo peligroso no es hablar solo, sino no darse cuenta”. Lo suyo, entonces, no debía ser muy grave porque aún era consciente de que lo hacía.
Pero ahora era distinto. Sentía que tenía que recuperar el control sobre su vida y no dejar que le dominaran las costumbres. Hacía ya unos meses que cada mañana, al coger el metro, coincidía con aquella chica que, desde el primer día de verla, le había llamado la atención. Primero se fijó en los libros que iba leyendo y que él, como experto que era, sabía reconocer como propios de un gusto refinado de una persona habituada a la lectura, como también era él. Después se fijó en la mujer, para descubrir una belleza sin estridencias, pero armónica, con un cierto aire etéreo que unos días su imaginación asociaba a una profesional de la danza y, otros a algo mucho más prosaico relacionado con alguna nueva disciplina gimnástica.
Mientras, Virginia era totalmente ajena a tanto escrutinio y, tímida como era, no habría sabido cómo valorar la admiración que aquel desconocido sentía hacia ella. Tan sólo era consciente de una mirada fugaz alguna mañana que achacaba, sin ninguna duda, al reconocimiento de una cara conocida sin poder llegar a pensar que el interés fuera más allá.
Esta mañana Marcial va pensativo hacia el trabajo. Por primera vez en mucho tiempo, no tiene ganas de dedicarse a los libros, los albaranes, los clientes o la simple lectura. Quiere pensar, tiene que pensar. Sabe que en esto nadie puede ayudarle y, por eso, necesita tener la cabeza bien fría y decidir qué va a hacer. No puede negarse a sí mismo el interés que siente por aquella compañera de viajes matutinos y sabe también que, de seguir manteniendo la coincidencia, algún día dará el primer paso para intentar tener más relación con ella y, quién sabe, llegar a introducir nuevamente una mujer en su vida. Pero no, no se lo puede permitir. Ya no es tan joven, ya sabe las consecuencias y, por tanto, lo mejor es que busque una salida alternativa que le haga desistir de esa idea. Él es un hombre tranquilo. Ni quiere tener problemas ni volver a pasar por lo mismo.
Para él fue muy duro tener que prescindir de Clara y de Carmen. Tardó mucho en poder superar el esfuerzo que le costó terminar con la primera, con aquel golpe que le dolió a él mucho más que a ella; o ver cómo se iba marchitando la alegría de Carmen, debido a aquel veneno que sólo un lector impenitente como él podía llegar a conocer a base de muchos días de rastreo en Internet.
Tiene claro que una nueva muerte sería sospechosa y no sólo producto de la mala suerte que su padre le adjudica. Y por eso no quiere tener nada con aquella Virginia, aún desconocida para él. Ni puede ni debe encariñarse con ella como hizo, aún joven e inconsciente, con Clara y con Carmen, así no tendrá que deshacerse luego de ella. No, no está dispuesto a entregarse por entero a una mujer para que luego ella le abandone, como hizo su madre….



Deja un comentario