
Marcos Ballester Matito
Antes de llegar a tierra yo estaba solo. Creía que el mundo entero estaba vacío, pues yo era el único navegante del barco.
Pasaba cada día como el día anterior, entre el constante traqueteo de la sala de máquinas, a solas: las válvulas del motor y yo.
Todos los días eran el mismo día. Yo no era ni joven ni viejo. El tiempo no pasaba en la inmensidad del mar. Tampoco el viento. El mar era siempre calmo. Ni una sola ola. Tan solo la estela que dejaba atrás el barco. Y no me hacía falta comer ni dormir, porque tampoco existía la noche.
Estaba solo en el mundo y el mundo éramos el barco, el mar y yo. El infinito mar parecía no acabar nunca. En todas direcciones que miraba encontraba lo mismo: mar; infinito mar. Un cielo sin nubes y el mar.
Un día, al asomarme a la borda, vi un diminuto punto en la lejanía. El barco parecía que había estado siempre navegando en esa dirección, aunque yo nunca me había dado cuenta.
Llegué cuando tenía que llegar. Ni pronto ni tarde. La tierra era verde, llena de vegetación. Había de múltiples tipos: plantas altas y pequeñas. Y también viento.
Al pisar la tierra fue cuando noté por primera vez la brisa en mi cara.



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