
Jesús Les
Jesús Les acaba de publicar su primera novela, Las naranjas azules.
Seis y media. París despierta entre sombras y humo frío. El violinista, puntual, avanza por la línea trece. El instrumento duerme en su funda envejecida y desgastada por los roces. Cada paso resuena contra las paredes del metro como un arpegio que bosteza.
Algunas veces lo veía caminar sobre las aceras de la Gare Montparnasse; otras, bajando por aquellas escaleras deslustradas, esperando impaciente en el andén, somnoliento y silencioso, distante y distraído entre los olores a desagüe y humedad que cobijaban el subsuelo de las madrugadas parisinas. Muchas veces —la mayoría de las veces— coincidíamos sentados ya dentro del vagón, frente a frente. Todo envuelto, a esas horas, de un extraño color blanco fluorescente, frío olor a óxido y temblorosa legaña.
Una vez sentados, él solía apretar contra el pecho su inseparable estuche oscuro, de indefinible color. Parecía, inseguro y tímido, querer proteger su violín frente al ruido, los frenazos y los peligros de aquel metro que cada madrugada ambos tomábamos. Lo aplastaba con fuerza contra su esternón, de la misma manera que una adolescente comprime, avergonzada e insegura, la carpeta del instituto contra sus pechos incipientes e inmaduros. Yo visualizaba aquel viejo Stradivarius, mimado como un niño al que es necesario proteger de golpes, arañazos y despropósitos. Nunca hablábamos; era como si nos costara un mundo articular un saludo, siquiera un gesto, en los despertares del metro de París.
Él bajaba en Saint-Lazare y yo continuaba, como siempre, hasta Saint-Denis. Desde el primer día que lo vi me cautivó; me llamaba poderosamente la atención su humilde indumentaria, siempre la misma: un pantalón algo corto y ancho, de tela beis más bien desgastada; su pequeña chaqueta raída, muy usada y de un color impreciso; y sus zapatos limpios y lustrosos, con cordones a juego con sus ojos marrones, ausentes y fijos en algún punto siempre indeterminado e inexpugnable para mí. Lo encontraba a menudo pensativo, medio adormilado, impecablemente aseado y siempre sujetando, como un auténtico tesoro, aquel manoseado estuche de concertista.
Estaba convencido de que era un músico virtuoso, un genio abnegado, un celoso intérprete de su instrumento; tal vez el violinista principal de una gran orquesta, su concertino, un maestro disciplinado que madrugaba, levantándose cada mañana puntual para acudir a un ensayo, para trabajar su partitura desde muy temprano, obligado a desplazarse a su estudio para no molestar con su violín a la gran mayoría de las personas que, a esas horas intempestivas, todavía dormían.
Otras veces me daba por conjeturar que el motivo de levantarse tan temprano era que impartiría clases particulares a algún joven de familia acomodada, cuyas obligaciones le impedirían aprender o ensayar en otro momento del día. También, algunas otras veces, me daba por pensar que se trataba de un músico bohemio callejero que volvía a casa a esas horas, después de interpretar el repertorio en algún punto indeterminado del bulevar Haussmann, del quartier de la Madeleine o de la rue Pasquier, o incluso que pudiera dirigirse a tomar posiciones en alguno de los puntos más transitados y disputados de la línea trece: en la Gare Saint-Lazare o en alguna correspondencia con la tres, la doce o incluso la catorce.
Siempre discreto y reservado, con semblante de bardo desubicado. Sus manos pequeñas, como sus dedos, no delataban en absoluto su profesión; no parecían precisamente las de un virtuoso y delicado instrumentista. Sin embargo, sabe Dios por cuántos cafés y bistrós habría viajado aquel estuche de violín.
Así transcurrieron no menos de siete meses, durante los cuales me tropezaba a diario con aquel hermético violinista.
De pronto, un día, el misterio que lo envolvía, y sobre el que yo tanto había especulado, acabó. Recuerdo bien el momento: era lunes, y una lluvia fina pero constante se precipitaba sobre París; el metro iba atestado de pasajeros, más de lo habitual. Levanté la mirada y lo vi: iba sentado frente a mí, en el mismo vagón. Como siempre, rehuimos la mirada con timidez. El vagón embocaba velozmente el final de una curva de un túnel, a la altura de Miromesnil, cuando un pasajero que permanecía de pie, nervioso y apresurado por salir antes que nadie en la próxima parada, se desequilibró torpemente sobre el violinista, provocando que se le escurriera la funda de las manos.
El estuche de madera cayó violentamente sobre el suelo del vagón en medio de un bosque de piernas y pies inmóviles. A consecuencia del impacto con el suelo, el cierre del estuche cedió y la funda se abrió completamente. Solo por un segundo temí boquiabierto por su instrumento, por ese violín que debía ser su bien más pre-ciado, su más querido tesoro.
No había ningún violín; no había dentro instrumento alguno. El contenido que rodó por los suelos y que salió de su interior no era un violín ni, siquiera, otro instrumento musical. Lo que salió del estuche, desparramándose entre las piernas, bajo los asientos de los viajeros, que abríamos incrédulos nuestros ojos, fue un bocadillo envuelto modestamente en papel de periódico, una pequeña fiambrera de plástico con su tapa color clara de huevo y una manzana de buen tamaño, que rodó de ex-tremo a extremo del vagón.
Un embarazoso asombro me paralizó mientras él se apresuraba a recoger del suelo su fiambrera, su bocadillo y a tomar de mi mano esa manzana que había rodado de aquí para allá y que yo, ágilmente, me había adelantado a alcanzarle. No dijo nada; todos miraban la escena en incómodo silencio. Nervioso y contrariado, volvió a depositar la comida dentro de su estuche de violín, asegurando el cierre justo en el momento en que el metro se detuvo en la estación de Saint-Lazare.
Recuerdo bien su cara sonrojada, los nervios que compartimos en la incomodidad del silencio, la sorpresa de los pasajeros. Demasiado castigo para él, para ese sencillo y humilde obrero que yo imaginé tantas veces interpretando con maestría una deliciosa melodía que se había apagado de repente, muy a mi pesar.
Nunca más lo volví a ver; esa fue la última vez que fijaron mis ojos: perdido por las escaleras de la estación del metro, cabizbajo, pensativo… arrastrando consigo un espejismo en aquella madrugada en la que lloviznaba sobre París.



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