
Miguel de los Santos
YO NO VENGO A DECIR UN DISCURSO – Gabriel García Márquez (EDITORIAL MONDADORI – Octubre 2010)
Cuando en 1982 la Academia Sueca concedía el Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, acababa de publicar dos de sus obras menos emblemáticas (si se me permite el término en el contexto de una producción literaria tan prolífica como brillante en su absoluta totalidad): Crónica de una muerte anunciada (1981) y Viva Sandino (1982). Es decir, casi dos décadas más tarde de su formidable irrupción en el mundo de las letras con La hojarasca, carta de presentación del joven escritor colombiano de 28 años y prólogo de su prematura consagración universal como novelista con la sucesiva publicación de una serie de títulos que en su forma y fondo iban a revolucionar el mundo de las letras castellanas e impulsando definitivamente un nuevo movimiento literario, el “realismo mágico”. Todas ellas inspiradas en los escenarios de su infancia que el autor bautizará definitivamente como Macondo y en la figura patriarcal de su propio abuelo, de nombre José Arcadio Buendía en la ficción, van viendo la luz y construyendo el mito de una saga literaria sin parangón en el siglo XX de las letras castellanas títulos como El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Los funerales de la mamá grande y, finalmente, glorioso colofón de su talento incomparable, Cien años de soledad, obra cumbre de su prolífica e impecable producción y, me atrevo a decir, de la narrativa hispana contemporánea.
Cómo lector empedernido de la producción literaria en lengua castellana a uno y otro lado del Atlántico desde el Siglo de Oro hasta nuestros días, pasando por la generación del 98 encabezada por Unamuno y Machado y la del 27 de Lorca, Baroja o Valle Inclán, el “realismo mágico” constituye el último gran movimiento novelístico en nuestro idioma alimentado de una a otra orilla del océano por la eclosión de una formidable nómina de autores probablemente irrepetible. Un nuevo hermanamiento entre las dos Españas por obra y gracia de lo que más nos une: el lenguaje común, el castellano. Cortázar, Borges, Cela, Torrente, Roa Bastos, Vargas Llosa, Rulfo, Fuentes, Delibes, Mutis, Asturias, Carpentier, Uslar, Dueñas, Ruiz Zafón, Benedetti… son algunos de los más destacados representantes de este formidable rebrote universal del talento literario. A la cabeza, por su gigantesca dimensión universal, Gabriel García Márquez es, en mi modesta opinión, faro y paradigma de lo que puede considerarse, sin duda alguna, toda una revolución del fondo y la forma en la narrativa en castellano.
Desde la aparición de La hojarasca en 1955, como queda dicho, hasta su muerte en 2014, el autor colombiano publicó un total de sesenta y un libros, incluyendo la novela En agosto nos vemos, que vería la luz diez años después de su fallecimiento. Es decir, prácticamente un libro por año de su carrera literaria. Resulta curioso el hecho de que, a tan voluminoso trabajo, tan solo doce de sus obras pertenecen a la novelística de ficción, género que le encumbró hasta la cima de la literatura universal. El resto lo componen una serie de relatos de no ficción de gran factura literaria como Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile o Noticia de un secuestro; un sinnúmero de cuentos y ensayos y varios testimoniales de sus experiencias personales como De viaje por los países socialistas o Vivir para contarla; y algunas obras también relacionadas con sus trabajos periodísticos o académicos donde por cierto y tratándose de un género menos proclive a la fantasía e imaginación que suele marcar el paso de toda producción literaria, Márquez es capaz de deleitarnos con esa prosa tan bella como original donde prevalece el “cómo”(lo cuenta) aún por encima del “qué”(nos cuenta). Claro ejemplo es precisamente Yo no vengo a decir un discurso, uno de los libros de mi vida que hoy les recomiendo.
En 1944 el joven estudiante Gabriel García Márquez, de 17 años de edad, fue invitado por el claustro de profesores del Liceo de Zipaquirá a pronunciar las palabras de clausura del curso con motivo de la graduación del alumnado. Desde el estrado del Aula Magna, Gabrielito se dirigió así a ellos:
«Generalmente, en todos los actos sociales como este, se designa a una persona para que diga un discurso. Esa persona busca siempre el tema más apropiado y lo desarrolla ante los presentes. Yo no vengo a decir un discurso.»
En 2007, sesenta y tres años después, el escritor Gabriel García Márquez cumplía ochenta años. Con tal motivo fue invitado a impartir una charla en México ante las Academias de la Lengua y los Reyes de España. Entre ambas fechas transcurren los veintidós relatos con los que el Nobel colombiano construyó esta monumental pieza literaria donde recopila sus apariciones públicas en los más selectos foros académicos del mundo. Nunca fueron discursos. Fueron y son la esencia de un talento inigualable al servicio de la narrativa que nos hacen recorrer prácticamente toda su vida desvelándonos sus obsesiones como escritor y ciudadano. Tal y como reza textualmente la contraportada de este libro de apenas 150 páginas: «su fervorosa vocación por la literatura, su pasión por el periodismo, su inquietud ante el desastre ecológico, su propuesta de simplificar la gramática, los problemas de su tierra colombiana o el recuerdo emocionado de amigos escritores como Julio Cortázar o Álvaro Mutis, entre otros muchos». Es el cofre que guarda la llave para abrir y entender el pensamiento y la obra de Gabriel García Márquez.



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