
Raquel Bordóns
¿Los egipcios tienen la culpa? Bueno, eso sería demasiado decir, o quizá no. Desde luego, ellos fueron los primeros en apostar por medir el tiempo. Aprovecharon obeliscos y otros dispositivos para medir las sombras y, de esa forma poder determinar las horas. A partir de ahí, las distintas civilizaciones miraron al cielo y les pedían a la luna, al sol y a los astros respuestas para poder establecer ciclos prácticos para las distintas actividades de cada sociedad. Y así se sucedieron los pueblos en su apuesta por ordenar el tiempo y atraparlo en un papel.
Lógicamente, los romanos, como ya hemos visto en artículos anteriores, fueron los artífices de ese calendario juliano que se impuso durante más de quince siglos. Y ya entonces apareció en el mes de febrero, de 28 días, la posibilidad de aumentar un día para ajustarse a los 365 días que la tierra tarda en darle la vuelta al sol, siendo esos años llamados bisiestos. Recordemos que febrero se correspondía con el final del año, y por eso era ahí donde se hacían los ajustes correspondientes.
Febrero no era un mes como tal, pero sí era el periodo de tiempo en el que se hacía el festival de purificación llamado februa. En esos días se realizaban rituales de limpieza y de expiación de culpas para poder comenzar el año en marzo con la primavera, rebosantes de energía fértil y pureza. Es por eso por lo que se utilizaban las februas (correas) para golpear a las mujeres y, de ese modo, aumentar su fertilidad.
La historia está repleta de rituales basados en los sacrificios y violencia relacionados con mujeres. Encontramos ejemplos en los entierros en vida de las vestales en Roma o en la inmolación de jóvenes de alto linaje para asegurar la continuidad de una comunidad en la antigua Grecia, como se explica en el mito de Ifigenia. El campo de la psicología reconoce en estos rituales históricos relacionados con el cuerpo femenino el origen de lo que nombran como «Mito del sacrificio cotidiano». Basan en él la idea de que, hoy en día, muchas mujeres sienten que deben sacrificar sus propios deseos, necesidades y desarrollo por el bienestar de otros, a menudo glorificando esta sumisión como una «predisposición natural».
Pero, volvamos al mes de febrero. Fue en el siglo XVI, con el papa Gregorio XIII, cuando se comenzaron a ajustar, con el calendario gregoriano, el movimiento de la tierra alrededor del sol con las estaciones. Esto llevó a una curiosidad. Y es que Suiza intentó hacerlo eliminando un día del calendario desde 1700 hasta 1710. Esto se consiguió el primer año, que era bisiesto, pero la Guerra del Norte desbarató los planes, de modo que en 1712, bisiesto también, debieron compensar el error añadiendo un día extra en el mes de febrero creando así el primer y único 30 de febrero de la historia.
Esto ha generado nuevos estudios que llevan a identificar una fecha en la que habrá que ajustar nuevamente el calendario añadiendo un 30 de febrero en 3334. ¿Se sorprenderán los habitantes de 3334 de esta modificación? ¿Existirá para entonces otro calendario que ayude a ajustar algún otro tipo de situación mundial o planetaria? ¿Quizá el calendario Trumpiano?. ¿Se seguirán sucediendo situaciones de violencia de género, sin especificar de cuál, que sigan creando nuevos «mitos de sacrificio» que les resuenen históricamente?
Todavía la historia estará llena de situaciones sorprendentes. Unas las veremos y otras no pero, con un poco de suerte, el mundo seguirá existiendo para que nuestros descendientes lo vean. Y quizá alguno de ellos seguirá la tradición familiar y escriba sus inquietudes en una Torre del Ojo del siglo XXXIV.



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