
Khalid Al Dieri Al Akeel
Siria no es solo un nombre en el mapa, sino una memoria viva que habita en mí. Es una tierra donde las civilizaciones no se sucedieron borrándose unas a otras, sino que se acumularon, capa sobre capa, como los estratos de su propio suelo. En Siria, el pasado y el presente conviven sin anularse, formando una identidad profunda que se resiste al olvido.
Cuando hablo de Siria, me detengo inevitablemente en Daraa. Daraa no es una ciudad cualquiera; es la puerta del sur, la llave del Levante y una tierra que aprendió la agricultura antes que la política. Aquí, la fertilidad del suelo es tan evidente que incluso la historia decidió echar raíces en ella. El trigo, el olivo, la vid y las hortalizas no fueron simples productos agrícolas, sino la base de una economía sólida y el motor del comercio desde tiempos antiguos.
Daraa conoció las caravanas mucho antes de conocer las fronteras modernas. Fue punto de paso y centro de intercambio entre el Levante y la península arábiga, entre el interior de Siria y Palestina y Jordania. Su ubicación geográfica la convirtió en un nudo comercial natural, y esa misma ubicación sigue otorgándole hoy un enorme potencial económico para el presente y el futuro, si se gestiona con visión y responsabilidad.
Desde una perspectiva cultural, Daraa —y Siria en su conjunto— se asemeja a un gran mosaico. Árabes, siríacos, romanos, otomanos y una antigua presencia judía dejaron huellas visibles y profundas. Estas huellas no deben entenderse como fragmentos de conflicto, sino como signos de una civilización rica y diversa. Nuestros restos arqueológicos no son piedras mudas, sino testigos del paso de imperios y pueblos. El oro hallado, ya sea de época romana, otomana o judía antigua, no representa solo un tesoro material, sino la prueba de que esta tierra fue siempre un centro de valor, de intercambio y de riqueza.
Siria no puede comprenderse sin analizar conjuntamente su historia agrícola y comercial. La fertilidad del suelo generó excedentes; los excedentes impulsaron el comercio; el comercio dio origen a ciudades, y las ciudades forjaron cultura. Esta cadena lógica se transformó, en Siria, en identidad. Por ello, no es exagerado afirmar que regiones del sur sirio, incluida Daraa, fueron consideradas en ciertos períodos como una auténtica despensa para grandes imperios, entre ellos el romano.
Hoy, a pesar de todo lo que hemos vivido, sigo convencido de que Siria posee un futuro real. No solo porque su pasado fue grandioso, sino porque aún conserva los elementos necesarios para renacer: la tierra, la ubicación estratégica, el ser humano y la memoria histórica. Daraa, como en el pasado, puede volver a ser un punto de partida económico, agrícola y comercial, siempre que regresen la estabilidad, la voluntad colectiva y el respeto por esta tierra.
Siria no es una historia concluida, sino un capítulo que se ha retrasado. Y Daraa no es una ciudad derrotada, sino una ciudad que sabe levantarse, porque fue construida sobre una tierra que no conoce la esterilidad, ni en la agricultura ni en la civilización.



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