
Pedro Fajardo
EVELIO arrastra el cuerpo de una mujer hasta detrás del banco, dejando sus piernas a la vista. Cojea un poco y muestra síntomas de párkinson en su mano derecha. Parece exhausto tras haber arrastrado el cuerpo inerte de la mujer.
EVELIO. — ¡Hostia puta! ¡Cómo has engordao, Marichu! Toda la vida haciendo dieta y ¿para qué? ¿te ha servido de algo? Escucha que te diga, al final va a ser verdad que hay un destino cabrón que nos castiga, a ti te impide adelgazar y a mí me acerca a… a lo que quise evitar…
Recoge del suelo una pala y extrae tierra del hoyo abierto mientras canturrea unos versos.
No son tus ojos lo que más quiero,
es tu mirada frágil que me susurra
suaves paisajes, bellos boleros,
que guían mis pasos a la locura.
No son tus manos las que venero,
son las caricias que me procuran
bálsamo dulce de que yo espero
vaivén confuso de olas de azúcar.
Detiene un momento su labor y mira hacia donde está su mujer.
¿Te suena este poema, Marichu? Sí, claro que te suena. Te lo regalé en nuestro primer aniversario de novios. ¡Hostia puta, qué cara pusiste! Luego supe que esperabas un anillo. (Ríe.) Pues el día en que me largué de casa, hace ya… ¡Uff, he perdido la cuenta! Bueno, pues ese día yo buscaba un imperdible porque se me había rasgao el bolsillo de la chaqueta y, después de la bronca que tuvimos la noche anterior, no quería molestarte… Y al abrir tu costurero, pegado bajo la tapa, ahí estaba el poema. Lo habías guardao desde entonces y hasta es posible que te lo supieras de memoria…
Se sirve de la pala como si fuera un bastón y va hacia el banco. Se sienta y coloca la pala en su regazo. Coge la botella de vino casi vacía y bebe un trago. Habla a la pala.
Escucha que te diga, estás muy pálida, Marichu. Has salido poco de casa en todo este tiempo, ¿verdad? ¡Claro, no eres poeta! A los poetas nos da más el aire y el sol porque salimos al mundo a buscar versos, aunque eso no nos dé para comer (Permanece unos segundos ensimismado).
¿Qué voy a hacer ahora, Marichu? ¿Qué puedo hacer?
Retoma la tarea abandonada, pero con mayor precipitación.
Aquella mañana, después de ver lo que vi en tu costurero, salí de casa como siempre, pero no sentía mis pasos, algo me arrastraba como… como si caminara en el aire. En Atocha, subí al primer tren que estaba a punto de salir. Al llegar a su destino, tomé otro tren; a mitad de trayecto, me bajé y subí a otro, y luego a otro más… Cuando llegó la noche, el tren se detuvo en este pueblo y, en el silencio, escuché una trompeta… (Se dirige al lugar en que asoman las piernas de su mujer). Y aquí sigo desde entonces, entre la estación de tren, el asilo de viejos y el camposanto. (Ríe.) ¡Hostia puta, qué lumbreras! ¡Poner un asilo al lado del cementerio! Digo yo que será para ahorrarse el traslado del fiambre (Mueve a un lado las piernas de su mujer para coger una pequeña caja.) Caronte, estás despedido, vende tu barcaza y jubílate.
Abre la caja, extrae unos pedazos de papel y, a modo de confeti, los lanza al aire. Mira a su mujer.
¿A qué has venido, Marichu? No sé cómo has dao conmigo. Pero cuando te acercaste a la entrada del Carrefour, sentí un pañuelo atravesao en la garganta: «¿Por qué me dejaste sola? ¿Por qué te fuiste?». (Pausa.) ¿Por qué has venido, Marichu? No creo que sea sólo para traerme estos pedazos de papel.
Retoma la tarea de excavar en la tierra como enajenado.
¿Te acuerdas de la noche previa a mi fuga? ¡Claro que te acuerdas! Es difícil olvidarlo… Yo no he podido. Nada más abrir la puerta, me abordaste mostrándome tu brazo escayolado: «Yo sola en Urgencias y tú por ahí, pariendo versitos como un mamarracho, creyendo ser algo que no serás nunca». Y después, cuando vi mi cuaderno de versos hecho trizas… ¡Hostia puta, se me fue la mano, Marichu!
Se escucha un sonido de trompeta.
Esa trompeta es la que oí aquella madrugada en el tren, la misma que suena ahora…
Despierta de su aturdimiento y, con determinación, arroja en el hoyo los pedazos de papel que hay en la caja y echa tierra sobre el agujero. Se acerca al cajón canturreando unos versos.
“Te acompañan las barras de los bares,
los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida…”.
Va a recoger la rebeca que está sobre el banco.
¡Marichu, vas a coger frío!
Arrastra a su mujer hasta dejarla al descubierto, intenta incorporarla mientras le pone la chaqueta.
¿Ves? No puedes beber. ¡Te amodorras! ¡Vamos, despierta! Ya has vuelto a perder el tren… Escucha que te diga, a ver si va a resultar que le has cogido gustillo a esto de vivir a la intemperie…
EVELIO acerca su rostro al de ella y, con mucha ternura, la rodea con sus brazos.
¡Marichu, creo que va siendo tiempo de volver a casa!
Vuelve el sonido de trompeta y lentamente se va atenuando la iluminación de la escena.



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