
Felipe Díaz Pardo
A quienes no veis en la oscuridad,
os digo que las nubes se disipan
cuando los rayos pierden su presencia.
.
Que las sombras perpetuas fingen
ser algo más que simples urdidoras
de los miedos que nos aterran
para luego desvanecer su odio
entre las borrascas que expanden
su poder por los campos yertos.
.
A quienes lamentan la desdicha
vertida en la niebla que despierta
con su aliento a los insomnes;
os recuerdo que nadie es dueño
del sueño que le cubre,
ansioso, en los ruidos de la noche,
por encontrar sentidos a su causa.
.
Que el lamento tardío y solitario
alimenta con su llanto tan solo
los fulgores que a la mañana
pierden sus fuerzas entre las brasas
de la noche que se escapa.
.
A todo el que piensa huir,
inmune a los caprichos de la vida,
sabed que solo es posible librar
batallas si los vientos nos anidan
y demandan vuestro saber hacer.
.
Que nadie salvará a los héroes
irredentos, ni absolverá las culpas
del que jugó con víctimas indefensas,
ajenas a las devastadoras tempestades.
.
Son estas advertencias oportunas,
aprendidas en mis dominios absolutos,
durante años de estepas sin futuro
que recorren ahora la memoria
de quien esto escribe.


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