
Rafael Yuste Oliete
El pez mordió el anzuelo. Su vida entera pasó ante sus ojos, ojos de pez y de pescado.
De alevín, la primera bocanada ahogándole hasta las branquias. La orilla nutricia. Meciéndose. Los otros. La caricia del limo. La luz inundándolo todo, la negritud reptando desde el fondo, como alma de tritón. Todo el terror anfibio, la monstruosidad larvaria, el inquebrantable silencio de las algas lavanderas. La paz de la badina. Las joyas de las guijas. Remansarse. Brillar. La singladura infinita. Hasta el vado y su frontera de légamo. La primera freza, ese goce viscoso. La segunda, la tercera… La fuerza: el nervio: la inercia: el salto: el vacío: el deslumbramiento. Un destello curioso, bello, inspirador, como la llamada de un bien necesario desde las alturas, todo por cuanto se puede vivir… y morir, del otro mundo, del más allá.



Deja un comentario