
Francisco José Segovia Ramos
El otoño siempre me pareció triste, cargado de melancolía que me llegaba hasta los huesos. El invierno, si cabe, añadía más dolor a mi alma entristecida. Tal vez por eso, el día del equinoccio de otoño, cuando las hojas comienzan a secarse y caen sobre el pavimento, y el aire sabe a frío y desdicha, morí.


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