
Susana Coyette Urrutxua
A veces, la verdadera fragilidad de la mente no está en lo que falta… sino en lo que creemos que nos falta.
Era un jueves por la tarde cuando Laurent, un funcionario público en la ciudad de Marsella, sintió aquella extraña debilidad en su pierna derecha. No le dio demasiada importancia, pero su esposa insistió en que fuera al hospital. Y así, entre la molestia de haber perdido su tarde libre y la incomodidad de la sala de espera, entró caminando a la consulta médica, sin saber que estaba a punto de convertirse en un caso único en la historia de la neurología.
El médico ordenó una serie de estudios y, cuando la resonancia magnética apareció en la pantalla, la sala se sumió en un silencio abrumador. La imagen mostraba algo que desafiaba toda lógica: el cráneo de Laurent estaba prácticamente vacío. Donde debería haber un cerebro, había líquido cefalorraquídeo, y solo quedaba una delgada capa de tejido neuronal comprimida contra los bordes de su cabeza.
Pero ahí estaba Laurent. De pie. Conversando con los médicos. Lúcido, funcional, consciente.
— ¿Es… un error? —preguntó el radiólogo, revisando la máquina.
No lo era.
Laurent había vivido así toda su vida sin saberlo.
Los especialistas revisaron su historial médico y descubrieron que había sufrido una hidrocefalia desde la infancia. Su cerebro, en lugar de sucumbir a la presión del líquido, se había reorganizado, adaptándose lentamente hasta funcionar con apenas un 10% de su volumen original.
—Esto no tiene sentido —murmuró uno de los médicos, mientras otro revisaba las pruebas neurológicas de Laurent. Todo estaba en orden. Memoria funcional, capacidad de comunicación, respuestas emocionales intactas.
La noticia se difundió rápidamente entre la comunidad médica, y el caso llegó a ser publicado en The Lancet, hasta convertirse en un fenómeno que desafiaba todas las creencias sobre el cerebro humano. Si Laurent podía llevar una vida plena con apenas una fracción de su cerebro, ¿qué significaba realmente la conciencia? ¿Cuánto necesitábamos para ser nosotros mismos?
Pero entonces ocurrió lo más sorprendente.
Días después de su diagnóstico, Laurent comenzó a preocuparse. Antes de la resonancia, nunca había sentido ninguna diferencia con los demás. Nunca se había cuestionado su funcionalidad. Pero ahora, con el conocimiento de su condición, algo cambió.
— ¿Y si, en realidad, no soy yo? —le dijo a su esposa una noche, con el rostro desencajado—. ¿Y si solo estoy funcionando por inercia?
Las dudas crecieron en su interior como un eco persistente. Si su cerebro había encontrado formas alternativas de procesar información, ¿seguía siendo él mismo? ¿O era simplemente una versión adaptada de lo que una vez fue?
Los síntomas de ansiedad lo abrumaron. Comenzó a olvidar cosas. A hablar con más dificultad. A actuar como alguien con una discapacidad que no tenía hasta que supo que la tenía.
Finalmente, una mañana, los médicos recibieron una noticia inquietante. Laurent había entrado en coma.
No por un fallo neurológico evidente. No por una complicación repentina. Simplemente, había dejado de responder.
El hombre que había vivido toda su vida como una persona plenamente funcional había sido derrotado, no por su condición física, sino por… la certeza de ella.
Y así, Laurent dejó de existir, no por su falta de cerebro, sino por la idea de que no debería haber existido.
¿Somos siempre como somos, o somos como creemos que deberíamos ser?



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