
Elena Belmonte
Conocí a Sonia en un tren. En uno de ésos modernos que te plantan en cualquier parte en un abrir y cerrar de ojos. Hubiese preferido conocerla en el Transiberiano, por ejemplo, que es más romántico, pero no todo iba a ser ideal.
Sonia llevaba un vestido azul de tirantes, se le veían las piernas y la cara tan tostadas que parecía casi imposible. ¿Vas a la piscina a menudo?, fue lo primero que le pregunté y ella me dijo que sí. Que iba a la piscina, que iba a la playa y que incluso a veces también bajaba al pantano que estaba cerca de su ciudad, que le gustaba tanto nadar que no se cansaba del agua. A ver si vas a ser una sirena, le dije. Y ella dijo que sí, que a lo mejor lo era. Y los dos nos echamos a reír.
A decir verdad me gustó que Sonia dijera eso. Me gustó tanto que, a partir de aquel momento, empecé a figurármela en esos términos. Como una sirena, con su melena y su colita, a la orilla del mar, acariciada por los peces y la brisa.
En cualquier caso fue un buen comienzo. Y lo diré siempre, ¿qué importa lo que sucediera detrás?
Cuando el tren se detuvo en la provincia de Ciudad Real, donde yo tenía que bajarme, donde me esperaba mi madre que era todo un portento, Sonia y yo habíamos llegado a un buen grado de intimidad. Yo ya le había hecho mi declaración de principios. Le había dicho que era todo un romántico, que me gustaba la carpintería y que en mis ratos libres escribía algunos versos que, por otra parte, no estaban nada mal. Incluso le había dicho que me estaba enamorando de ella y luego, cuando nos fuimos hacia los lavabos y ella se desnudó y más tarde los dos caímos exhaustos sobre la taza del retrete, le dije que la querría para siempre. Y no, no estaba exagerando.
En el andén de la estación Sonia me despidió desde el estribo. Levantó una mano en el aire y la agitó como si llevara un pañuelo. Sus labios dibujaron la palabra adiós y me lanzaron un beso. Yo llevaba todavía el olor de su piel encima, el movimiento de sus caderas, el sudor de sus muslos, el brillo de sus ojos y estaba a punto del delirio. A ratos me llevaba una mano a la frente y juro que no lo podía soportar. ¿Sería cierto que se pondría en contacto conmigo cuando llegara a Málaga?, ¿sería cierto el número de teléfono que me había dado?, ¿cierta su certeza de que también me amaba?, ¿de que nos tomaríamos una limonada con vodka en el primer domingo de agosto en una terraza que olería a jazmines?
Caminé por el andén como un sonámbulo. Dudaba si algún día sería capaz de recuperar el sueño, si no moriría de insomnio, de angustia o de terror. Si sería capaz, de ahí en adelante, de recordar mi propio nombre y si mi pobre madre me reconocería.
Pero sí, mi madre me reconoció. Estaba en medio de la estación esperándome. Y me miraba como si en realidad no le gustara verme. ¿Quién es ésa?, me preguntó sin saludarme siquiera. Es Sonia, le dije y le hablé de todo lo que eso significaba. Le dije que el nombre de Sonia era lluvia fresca para mis oídos, que era la brisa del mar y las tardes de primavera y las noches de verano y de tormenta. Le dije que moriría si alguna vez Sonia desaparecía de mi vida. Le dije que pondría una soga en el desván y me ahorcaría si algún día lo nuestro se acababa. Hay paella para comer, dijo mi madre, así que aligera porque, si se enfría, no habrá quien se la coma. Me dolió que dijera aquello. ¿Qué clase de persona se pondría a hablar de arroces y de enfriamientos en un momento así? Tú no tienes escrúpulos, le escupí, cuánto siento que, a pesar de que tú seas mi madre y yo sea tu hijo, en realidad no me quieras, es triste darse cuenta de que he nacido en un seno familiar equivocado y que, si no fuera por Sonia, estaría más solo que un perro.
Pero a mi madre le molestó que dijera aquello. A ti lo que te pasa, me dijo, es que has conocido a la pija ésa tan bronceada y ahora te avergüenzas de mí, que lo único que quiero es que tengas una vida sencilla, apruebes unas oposiciones, sientes la cabeza y te comas la paella.
Había empezado a llorar cuando salimos de la estación. No llores, por Dios te lo pido que me exasperas, le dije quince veces, pero ella nada. No llores, le volví a repetir, o acabaré haciendo un disparate y lo lamentaremos los dos. Sólo entiendes de violencia, fue todo lo que consiguió decir.
Seguía llorando cuando deshicimos mi maleta y cuando nos sentamos a tomarnos la paella, fría ya como una noche de invierno, como el hielo en la retama, como mi historia con Sonia que, a aquellas alturas y dadas las circunstancias, parecía hundirse en el pasado.
Seguía llorando cuando fue a echarse la siesta. Cuando acabó con la siesta y levantó las persianas. Cuando salió a dar una vuelta y a tomarse un helado. Cuando volvió y calentó los restos del arroz para la cena porque su estado de ánimo le impedía cocinar otra cosa. Cuando pusimos los cubiertos en la mesa y escuchamos al hombre del tiempo y nos enteramos de que al día siguiente llovería. Fue entonces cuando ella paró de llorar un rato para decirme: Con el buen tiempo que estaba haciendo y lo has estropeado. Fue entonces cuando me levanté de la silla en la que estaba sentado y la rompí contra el televisor. Con una de las patas rompí también las fotos familiares que colgaban de la pared: la de mi padre, la de mi abuela, la del gato, la mía y la de mi madre. Luego rompí la vajilla con los restos del maldito arroz, los cristales del balcón, el aparador y la lámpara del techo. ¿Estás contenta?, le grité, pero ella seguía llorando.
Durante toda la noche la escuché llorar al otro lado del tabique. La oía hablar en sueños y decía: Con lo que yo le quería y me hace esto, con lo que yo le quería y le ahora le tendré que dejar de querer. A ratos también se preguntaba a gritos por qué narices habría tenido yo que ir a Madrid a examinarme de una oposición para el Ministerio de Justicia.
No pude pegar ojo en toda la noche. Mucho menos dedicarle ni un solo pensamiento a Sonia, esa sirena que tomaba el sol a la orilla del mar, que nadaba entre algas y nenúfares. A las siete de la mañana había empezado a llover. Primero una lluvia fina y después un torrente que parecía confundirse con las lágrimas de mi madre.
Déjalo ya, le dije entrando en su habitación con la pata de la silla. No, me dijo, déjalo tú, déjalo tú o me matarás. Deja a esa mujer, a esa pija, a esa bruja, a esa arpía, a esa serpiente bronceada y venenosa. A esa hija de puta que te destrozará, que hará que te pierdas, que hará que te ahorques y te claves un tenedor en el cuello mientras nos comemos la paella, con lo tranquilos que podíamos estar y mira.
No la dejé acabar, destrocé la cabecera de su cama, la mesilla de noche con su vaso de agua, destrocé un butacón y rompí a pedazos las cortinas. Y ella lloró más fuerte. Lloró desde julio hasta septiembre mientras yo acababa con todo el mobiliario de la casa.
Y luego en octubre le dije que sí. Que renunciaba. Que dejaba a Sonia como antes había dejado a Violeta, la del estanco, Y a Merceditas, la hija del cerrajero y a Gloria, la bailarina.
Le dije que sí y su llanto cesó dando lugar a una sonrisa. Y debo reconocer que no hay nada en este mundo como la sonrisa de una madre. Esa sonrisa de infancia y de pan con chocolate.
Algunas noches me acuerdo de Sonia. Me gusta imaginar que no es una mujer. Ni siquiera una sirena, sino un pez. ¿Y qué cosa se podría hacer con un pez sino ver cómo nada o freírlo en una sartén? De todos modos me gusta sentarme y escribir algunos versos para ella y su recuerdo. Para el recuerdo de Sonia y el recuerdo de Violeta, y el de Gloria y el de Merceditas porque, al fin y al cabo, ¿qué soy yo sino un poeta?


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