
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
Esta mañana, mientras untaba mermelada sobre una tostada que parecía mirarme con cierto resentimiento, llegué a la conclusión de que la realidad ha despedido a sus editores. No hay otra explicación. Si el universo fuera una novela, habría sido rechazada por cualquier editorial respetable bajo el argumento de «incoherencia narrativa» y «exceso de golpes de efecto».
Miro por la ventana. En la acera de enfrente, un hombre pasea a un galgo afgano que tiene un peinado sospechosamente parecido al de un filósofo del siglo XIX. Ambos caminan con una dignidad que me ofende. El mundo sigue girando con esa indiferencia mecánica que te hace sospechar que todo esto es un decorado de cartón piedra a punto de desplomarse si sopla el viento equivocado.
El problema, verán, es que la Historia —esa señora borracha y caprichosa— ha decidido que la verosimilitud es un accesorio pasado de moda.
Vamos a ver… piensen en el 15 de enero de 1919. Boston. La gente caminaba hacia sus trabajos, preocupada por la queja o por el precio del carbón, cuando un tanque de acero reventó y liberó una ola de melaza de ocho metros de altura. No fue agua, ni fuego, ni un gas noble. Fue sirope. Veintiuna personas murieron ahogadas o aplastadas por una sustancia pegajosa y dulce que se movía a cincuenta kilómetros por hora. Si yo escribo un relato donde el clímax dramático es una inundación de azúcar caramelizado, ustedes se reirían y usarían mi libro para calzar una mesa coja. Dirían que es grotesco, que rompe el pacto de lectura.
Pero la realidad no tiene pactos firmes. La realidad te ahoga en melaza y luego espera que sigas pagando impuestos como si nada hubiera pasado.
Salgo a la calle para huir de la tostada, que se ha enfriado y ha adquirido la textura de la piedra pómez. El aire huele a ozono y a fritura barata. Me cruzo con una vecina que insiste en hablarme del tiempo, ignorando que el cielo tiene hoy un color violeta amoratado, como la piel de una ciruela a punto de pudrirse. Ella sonríe y dice que «refresca». Yo asiento: claro, estamos en febrero.
La respuesta me hace sentir un poco avergonzado y desvergonzado a la vez, por decir una obviedad tan obvia. Vivimos en una conspiración de silencio donde aceptamos lo imposible como cotidiano para no tener que gritar.
La ficción es un refugio seguro porque tiene reglas. En una novela, si hay una pistola en el primer acto, debe dispararse en el tercero. Hay una estructura, una causalidad, una lógica reconfortante. Incluso en las historias de terror, el monstruo tiene una motivación, aunque sea el hambre. Pero aquí fuera, en la intemperie de la historia real, las pistolas aparecen, se convierten en ramos de flores, o se disparan solas y matan al protagonista en la página dos por un error de cálculo.
Es de locos.
Recuerdo a Esquilo, el padre de la tragedia griega. Un hombre que escribió sobre dioses, destinos y guerras sublimes. Murió porque un águila confundió su cabeza calva con una roca y le soltó una tortuga encima para romper el caparazón. Un final de farsa, una broma de mal gusto. Imaginen la escena: estás reflexionando sobre la condición humana y, de repente, una tortuga cae del cielo a velocidad terminal. Crac. Pijama de madera.
Es un guion insultante. Si la realidad fuera una película, yo me habría salido del cine hace media hora pidiendo la devolución de la entrada.
Camino hacia un parque cercano a mi casa. Los árboles están quietos, demasiado quietos, como si estuvieran conteniendo la respiración para no alterar su posición. Me siento en un banco que tiene una pintada obscena y reflexiono sobre cómo la historia nos ha robado la capacidad de asombro. Ya no nos sorprende nada porque lo real ha devorado a la sátira. Leemos las noticias en nuestros teléfonos luminosos y vemos dictadores que parecen caricaturas dibujadas por un niño perverso, políticos con la mano suelta, millonarios que lanzan cohetes al espacio por aburrimiento y guerras que comienzan por motivos que harían sonrojar a un guionista de telenovelas turcas.
Miren, esta es buena:
La Guerra del Cerdo, 1859. Estados Unidos y el Imperio Británico casi se aniquilan mutuamente por un cochino que se comió unas patatas en una isla de la que nadie había oído hablar. Miles de soldados movilizados, buques de guerra apuntándose con sus cañones… por un cerdo. ¿Dónde está la épica? ¿Dónde está el sentido? No existe. Estamos atrapados en una comedia negra escrita por algo que no funciona en nuestra masa gris.
Un niño pasa corriendo delante de mí persiguiendo una bolsa de plástico que vuela con el viento. La persigue con una fe ciega, absoluta. Quizás él haya entendido algo que yo no. Quizás el sentido de la vida sea perseguir basura que vuela hasta que te canses o hasta que te caiga una tortuga en la cabeza.
La gran estafa de la existencia es hacernos creer que somos los protagonistas de un drama solemne, cuando en realidad somos figurantes en una broma cruel. La ficción intenta ordenar el caos, darle un sentido estético al dolor. Pero la historia real es desordenada, sucia y, a menudo, estúpidamente ridícula. Nos esforzamos por buscar símbolos, metáforas, señales divinas en los eventos mundiales, pero a veces, un cigarro es solo un cigarro y una pandemia es solo un virus que tuvo suerte… y nosotros ninguna.
Me levanto del banco. Siento un hormigueo en la nuca, podría ser por la pintada o por esa sensación precisa de estar siendo observado por alguien que sostiene un bolígrafo rojo, listo para tacharme si mi comportamiento no es lo suficientemente entretenido.
Regreso a casa. La tostada sigue allí, sobre la mesa, inmutable, victoriosa. Ha ganado la batalla de la voluntad. La tiro a la basura y escucho el golpe seco contra el fondo del cubo. Un sonido definitivo.
La historia supera a la ficción porque la ficción debe ser creíble para ser amada, pero la realidad tiene la arrogancia de existir sin nuestro permiso. No necesitas convencerte de nada. Simplemente sucede, te atropella con su absurdo y te deja ahí, parpadeando, tratando de encontrarle la moraleja a un chiste que nadie te ha contado.
Miro el reloj. Son las once y el día se estira ante mí como un desierto de horas vacías que debo llenar con simulacros de propósito. Probablemente no caerá ninguna tortuga del cielo hoy. Probablemente no nos ahoguemos en melaza.
Pero es esa «probabilidad», ese margen de error, lo que me impide cerrar los ojos con tranquilidad. Porque sé que el guionista está borracho, y todavía le quedan muchas páginas en blanco.



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