
ORWELL: 2+2=5, dirigida por Raoul Peck, documental – Estreno 27/02/2026
“Why I Write”, de George Orwell, publicado por primera vez en 1946.
Traducción: Fernando Martín Pescador
Desde muy temprana edad, tal vez desde los cinco o seis años, supe que, cuando fuera mayor, sería escritor. Entre los diecisiete y los veinticuatro años aproximadamente, intenté quitarme esta idea de la cabeza, pero lo hice a sabiendas de que estaba despreciando mi verdadera naturaleza y que, tarde o temprano, tendría que sentar la cabeza y escribir libros.
Fui el mediano de tres hermanos, pero con una separación de cinco años con cada uno de ellos, y apenas vi a mi padre hasta que no cumplí los ocho años. Por esta y otra razones, me sentía, en cierta forma, solo y pronto desarrollé comportamientos que me hicieron poco popular en mis años escolares. Tenía la costumbre del niño solitario, que inventa historias y mantiene conversaciones con personas imaginarias, y creo que, desde el primer momento, mis ambiciones literarias se mezclaron con la sensación de estar aislado e infravalorado. Sabía que tenía cierta facilidad con las palabras y el poder de enfrentarme a hechos desagradables, y sentía que esto creaba una suerte de mundo privado en el que podía resarcirme de mi fracaso en la vida cotidiana. Sin embargo, la cantidad de escritura seria (la que pretendía ser seria, quiero decir) que produje a lo largo de mi infancia y adolescencia no llega a media docena de páginas. Escribí mi primer poema a la edad de cuatro o cinco años, siendo mi madre la que lo anotaba mientras yo se lo dictaba. No me acuerdo de nada, salvo que iba de un tigre y el tigre tenía dientes en forma de silla, una frase lo suficientemente buena, aunque me temo que el poema era un plagio del “Tigre, tigre” de Blake. A los once años, cuando estalló la guerra de 1914-18, escribí un poema patriótico que fue impreso en el periódico local, del mismo modo que otro, dos años más tarde, sobre la muerte de Kitchener. De vez en cuando, ya un poco más mayor, escribía poemas malos, que ni acababa, sobre la naturaleza de estilo Georgiano. Un par de veces, también intenté una historia corta que fue un fracaso estrepitoso. En realidad, ese fue todo el trabajo con pretensiones de ser serio que trasladé al papel durante todos esos años.
Sin embargo, en todo ese tiempo, sí que, de alguna manera, me embarqué en actividades literarias. Para empezar, estaba el material que me mandaban hacer y que escribía de forma rápida, fácil y sin mucho placer por mi parte. Además de las tareas para clase, escribía vers d’occasion, poemas semicómicos que podía crear a una velocidad que ahora me parece asombrosa (a los catorce años, escribí una obra de teatro rimada, imitando a Aristófanes, en una semana) y ayudaba en la redacción de las revistas de la escuela, tanto la impresa como la manuscrita. Estas revistas eran el material burlesco más penoso que se puedan imaginar y les dedicaba muchísima menos atención de lo que le dedicaría ahora al más barato de los periodismos. Pero, al mismo tiempo, durante quince años o más, llevé a cabo un ejercicio literario de una naturaleza bien distinta: se trataba de la creación de una “historia” de mí mismo, una especie de diario que existía solo en mi cabeza. Creo que este es un hábito bastante común en niños y adolescentes. Siendo bien pequeño, solía imaginar que era, digamos Robin Hood, y me imaginaba como el héroe de emocionantes aventuras, pero bien pronto mi “historia” dejó de ser narcisista de una manera bastante cruda y se fue convirtiendo paulatinamente en una mera descripción de lo que hacía y de las cosas que veía. Durante unos minutos, fluían por mi cabeza este tipo de cosas: «Abrió la puerta de un empujón y entró en la habitación. Filtrándose a través de las cortinas de muselina, un rayo de sol amarillo caía oblicuo sobre la mesa, en la que había una caja de cerillas medio abierta junto al tintero. Con su mano derecha en el bolsillo, se dirigió hacia la ventana. Abajo, en la calle, un gato carey perseguía una hoja marchita…» Esta costumbre me duró hasta los veinticinco años, a lo largo de mi época no literaria. Aunque tenía que buscar, y buscaba, las palabras apropiadas, me daba la sensación de que hacía este esfuerzo literario casi contra mi voluntad, obedeciendo a una pulsión externa. La “historia”, imagino, habría reflejado los estilos de varios escritores que fui admirando a diferentes edades, pero, por lo que recuerdo, siempre tenía la misma calidad de descripción meticulosa.
A los dieciséis años aproximadamente descubrí repentinamente el gozo por las palabras en sí mismas, es decir, por los sonidos y las asociaciones de palabras. Unos versos de Paraíso perdido, “So hee with difficulty and labour hard / Moved on: with difficulty and labour hee,” (Así que él, con trabajo duro y adversidad / siguió para delante: con adversidad y trabajo él) que hoy día no me parecen especialmente maravillosos, me producían escalofríos que me bajaban por toda la columna vertebral; y el deletreo de hee en vez de he constituía un placer añadido. En cuanto a la necesidad de describir cosas, ya lo controlaba todo. Ya está claro qué tipo de libros quería escribir, si se pudiera decir que, en ese momento, quería escribir libros. Quería escribir larguísimas novelas naturalistas con finales infelices, llenas de descripciones detalladas y símiles impresionantes, y también llenas de pasajes recargados en los que las palabras se usaban, en parte, por cómo sonaban. Y, de hecho, la primera novela que llegué a terminar, Los días de Birmania, que escribí cuando tenía treinta años, pero que había planeado muchísimo antes, se corresponde bastante con esa clase de libro.
Doy toda esta información de fondo porque creo que no se pueden analizar los motivos de un escritor sin saber algo sobre su desarrollo temprano. Sus temas vendrán determinados por la época en la que vive (esto es verdad, al menos, en épocas tumultuosas y revolucionarias como la nuestra), pero, antes incluso de que comience a escribir, habrá adquirido una actitud emocional de la que nunca escapará completamente. Es su obligación, sin duda, disciplinar su temperamento y evitar quedar atrapado en una etapa inmadura o en un estado de ánimo perverso: pero, si escapa completamente de sus primeras influencias, habrá matado su pulsión escritora. Dejando a un lado la necesidad de ganarse la vida, creo que hay cuatro grandes motivos para escribir; al menos, para escribir prosa. Están presentes en todo escritor en grados diferentes y, en cada escritor, las proporciones variarán con el tiempo, dependiendo del ambiente en el que esté viviendo. Los cuatro motivos son:
- Mero egoísmo. Deseo de parecer inteligente, de que hablen de ti, que te recuerden después de muerto, de vengarte de los adultos que te despreciaron durante tu infancia, etc., etc. Es una idiotez fingir que esto no es un motivo y, además, importante. Los escritores comparten esta característica con los científicos, artistas, políticos, abogados, militares, hombres de negocios con éxito; en resumidas cuentas, con la corteza superior de la humanidad. La gran mayoría de seres humanos no son extremadamente egoístas. Una vez cumplen treinta años, abandonan toda ambición individual (en muchos casos, de hecho, casi abandonan por completo el sentido de individualidad) y viven principalmente para otros o se ahogan en trabajos aburridos. Pero hay también una minoría de personas, muy capacitadas y con una voluntad de hierro, que se empeñan en vivir sus propias vidas hasta el final y los escritores pertenecen a este grupo. Los escritores serios, debería precisar, son generalmente más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, aunque menos interesados en el dinero.
- Entusiasmo estético. La percepción de la belleza en el mundo que nos rodea o, por el contrario, en las palabras y su correcto ordenamiento. Placer en el impacto de un sonido sobre otro, en la firmeza de una buena prosa y en el ritmo de una buena historia. El deseo de compartir una experiencia que uno siente que es valiosa y no debería pasar desapercibida. El motivo estético es muy débil en muchos poetas, pero incluso un panfletista o un escritor de libros de texto tendrán palabras y frases favoritas que les atraigan por razones menos prácticas; o tal vez, pueda sentir pasión por la tipografía, el ancho de los márgenes, etc. Con la excepción de las guías de horarios de trenes y similares, ningún libro se libra de ciertas consideraciones estéticas.
- Inquietud historicista. Deseo de ver las cosas como son, de descubrir la verdad y almacenar hechos veraces para la posteridad.
- Intención política (usando la palabra “política” en el más amplio sentido). Deseo de mover el mundo en una dirección determinada, cambiar la idea que tiene la gente sobre el tipo de sociedad por el que deberíamos luchar. Una vez más, ningún libro es verdaderamente libre de una tendencia política. La opinión de que el arte no debería inmiscuirse en la política es, en sí misma, una actitud política.
Puede verse cómo todos y cada uno de los diversos impulsos deben competir entre ellos y cómo deben fluctuar de una persona a otra y de un momento a otro. Por naturaleza (entiendo por tu “naturaleza” el estado que has conseguido a comienzos de tu edad adulta) soy un persona en la que los tres primeros motivos serían más importantes que el cuarto. En una época de paz, quizá habría escrito libros llenos de adornos o meramente descriptivos, y quizá habría permanecido casi ajeno a lealtades políticas. Sin embargo, se me ha forzado a convertirme en una suerte de panfletista. Primero, pasé cinco años en una profesión inadecuada (la Policía Imperial de la India en Birmania) y luego me sobrevino la pobreza y el sentimiento de fracaso. Esto aumentó mi odio natural a la autoridad y me hizo consciente, por primera vez, de la existencia de las clases trabajadoras, y mi ocupación en Birmania me había ayudado a comprender algo de la naturaleza del imperialismo: pero estas experiencias no fueron suficientes para darme una orientación política precisa. Luego vino Hitler, la Guerra Civil Española…
A finales de 1935 no había tomado todavía una decisión firme. Recuerdo un pequeño poema que escribí en esas fechas, expresando mi dilema:
Un sacerdote habría sido yo
Hace doscientos años,
Para predicar sobre la condena eterna
Y ver crecer mis nueces
Pero nacido he, ay, en un tiempo aciago,
No he disfrutado ese placentero edén,
Porque me ha salido bigote
Y el clero va siempre bien afeitado.
Y más tarde los tiempos todavía eran buenos,
Se nos contentaba fácilmente,
Acunábamos nuestras preocupaciones hasta que quedaban dormidas
En los senos de los árboles.
Ignorantes todos, nos atrevimos a poseer
Las alegrías que ahora desmontamos,
El verderón en la rama del árbol
Podía hacer temblar a mis enemigos.
Pero las barrigas de las chicas y los albaricoques,
El rutilo en un riachuelo a la sombra,
los caballos, los patos volando al amanecer,
Todo esto era un sueño.
Está prohibido soñar de nuevo;
Mutilamos nuestras alegrías o las escondemos;
Los caballos están hechos de acero al cromo
Y hombrecitos gordos van a cabalgar sobre ellos.
Soy el gusano que nunca se resistió,
El eunuco sin harén;
Entre el cura y el comisario,
Caminé como Eugene Aram;
Y el comisario me lee el futuro
Mientras suena la radio
Pero el sacerdote ha prometido un Austin Seven
Porque Duggie siempre paga.
Soñé que vivía en salones de mármol
Y desperté para encontrar que era verdad;
No nací para una época como esta;
¿Y Smith!¿Y Jones?¿Y tú?
La Guerra Civil Española y otros acontecimientos de 1936-37 inclinaron el fiel de la balanza y, desde entonces, supe dónde me posicionaba. Cada línea de trabajo serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor de la social democracia, tal como yo la entiendo. Me parece que no tiene sentido, en un periodo como el nuestro, pensar que se puede evitar escribir sobre estos temas. Todos escribimos sobre ellos de una manera u otra. Es solo cuestión de decidir qué bando eliges y qué enfoque sigues. Cuanto más consciente es uno de su tendencia política, más posibilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar su estética ni su integridad intelectual.
Lo que más he querido hacer durante los últimos diez años es convertir la escritura política en arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento de lealtad a mi causa, un sentimiento de injusticia. Cuando me siento a escribir un libro, no me digo «voy a producir una obra de arte». Lo escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. Pero no podría escribir un libro, ni siquiera un artículo largo de revista, si no fuera además una experiencia estética. Quien quiera examinar mi obra verá que, incluso cuando es propaganda pura y dura, contiene mucho de lo que un político a tiempo completo consideraría irrelevante. No soy capaz, ni deseo ser capaz de abandonar por completo la visión del mundo que adquirí en mi infancia. Mientras siga vivo y con buena salud, continuaré dando importancia a un estilo de prosa, amando la superficie de la tierra y disfrutando de objetos sólidos y de deshechos de información inútil. No merece la pena intentar suprimir esa parte de mí. Mi misión consiste en reconciliar mis arraigados gustos y aversiones con las actividades no individuales, esencialmente públicas que esta época nos impone.
No es fácil, conlleva problemas de estructura y de lenguaje y conlleva, de una nueva forma, un problema de ser fieles a la verdad. Déjenme que les dé solamente un ejemplo de la clase más cruda de dificultad que esto suscita. Mi libro sobre la Guerra Civil Española, Homenaje a Cataluña, es, decididamente un libro político, pero, en su mayor parte, está escrito con cierto desapego y con bastante atención a la forma. Intenté verdaderamente contar toda la verdad sin renunciar a mis instintos literarios. Pero, entre otras cosas, contiene un capítulo largo, lleno de citas de periódicos y similares, defendiendo a los trotskistas que fueron acusados de confabularse con Franco. Claramente, un capítulo así, que después de uno o dos años perdería interés para el lector medio, tenía que arruinar el libro. Un crítico al que respeto me dio una charla al respecto. «¿Por qué incluiste todo eso?», dijo. «Has convertido lo que podía haber sido un buen libro en periodismo.» Lo que dijo era verdad, pero no lo podía haber hecho de otra forma. Yo sabía algo de lo que poca gente en Inglaterra había podido enterarse; yo sabía que hombres inocentes estaban siendo falsamente acusados. Si no hubiera estado enfadado al respecto, jamás habría escrito el libro.
De una forma u otra, este problema vuelve a presentarse. El problema del lenguaje es más sutil y llevaría mucho más tiempo discutirlo. Solo diré que, en los últimos años, he intentado escribir de forma menos pintoresca y con más exactitud. En cualquier caso creo que, para cuando has perfeccionado cualquier estilo de escritura, ya has entrado en otra fase estilística. Rebelión en la granja fue el primer libro en el que intenté, con pleno conocimiento de lo que estaba haciendo, fusionar en un todo la intención política y la artística. No he escrito una novela en siete años, pero espero escribir otra bastante pronto. Es muy probable que sea un fracaso, todo libro lo es, pero sé con cierta claridad qué tipo de libro quiero escribir.
Releyendo las dos últimas páginas, veo que he hecho parecer que mis motivos a la hora de escribir tenían completamente un espíritu público. No quiero que esa sea la última impresión. Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos, y en el fondo de sus motivos se esconde un misterio. Escribir un libro es una lucha horrible y agotadora, como un brote prolongado de una enfermedad dolorosa. Uno no se embarcaría en una tarea así si no fuera empujado por un demonio al cual ni puedes resistirte ni puedes comprender. Por todo lo que sé, ese demonio es simplemente el mismo instinto que hace que un bebé se ponga a llorar para que le presten atención. Y, aun con todo, es también cierto que nadie puede escribir algo que merezca la pena ser leído si no se esfuerza constantemente en borrar su propia personalidad. La buena prosa es como el cristal de una ventana. No puedo asegurar con certeza cuáles de mis motivos son los más fuertes, pero sé cuáles merecen ser seguidos. Y volviendo la vista a todo lo que he escrito, veo que, invariablemente, siempre que me ha faltado la intención política, he escrito libros sin vida, traicionándome con pasajes recargados, oraciones sin sentido, adjetivos decorativos y, en general, con verdaderas pamplinas.



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