
Felipe Díaz Pardo
Cuando entró al vagón, el silencio reinaba entre los viajeros, hipnotizados por la luminosidad de las pantallas que sujetaban impasibles. Solo una de aquellas personas sujetaba algo que se parecía a un libro.
Tras sentarse, timorato, pero confiado, quiso él también atreverse a practicar el acto de la lectura y sacó el volumen que en ese momento estaba leyendo.
Su escasa habilidad le impidió advertir la trampa y descubrir la inmovilidad del maniquí. En pocos minutos, acudieron los guardias de seguridad del tren, quienes le esposaron por atentar contra las buenas costumbres de la sociedad del futuro.


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