
Fernando Escudero Oliver
102 o 104 años del esperpento nacional, y parafraseando a Carlos Gardel, en su inmortal Volver, cien años no es nada para lo excepcional
El pasado 3 de febrero tuve el privilegio de asistir a la reposición de Luces de bohemia en el Teatro Español – se había estrenado en el último trimestre de 2025-, en la magnífica versión de la obra que monta el director Eduardo Vasco, ofreciendo una de las más completas y ajustadas representaciones de la obra más emblemática del esperpento valleinclanesco.
El director, Eduardo Vasco, en el pequeño tríptico informativo que se entrega a los espectadores, deja una “nota” que no tiene desperdicio, pues justifica acometer la empresa al calificar este esperpento de “quizás la pieza dramática más bella, más importante de la literatura dramática española del Siglo XX”.
La representación de Luces de bohemia fue el acto-homenaje más destacado a la obra y al propio Valle-Inclán en el centenario de su publicación completa, que se cumplió en 2024, sin olvidar la publicación conmemorativa de la primera versión, publicada por entregas (1920) en la revista España, que realizó el grupo editorial Sial Pigmalion y la mesa redonda que organizó el Instituto Cervantes de Palermo donde intervinieron José María Paz Gago – especialista en el teatro de Valle- y Miguel Losada -poeta, impulsor de la Academia de los melancólicos, y Presidente de la Sección de Cine del Ateneo de Madrid-; la representación leída de la obra que ofrecieron también en el Ateneo de Madrid la Asociación Amigos de Valle-Inclán; el Coloquio Valle-Inclán sobre Luces de Bohemia realizado en el Ateneo de Madrid por el ITEM (Instituto del Teatro de Madrid), dirigido por Miguel Rellán y donde también participó José María Paz Gago, y un sinfín de actos reivindicativos de uno de los genios teatrales más sobresalientes del siglo XX.
Efectivamente, Luces de Bohemia tiene dos partidas de nacimiento: una, por entregas, en el semanario España, dirigida por el socialista Luis Araquistáin, amigo de Largo Caballero, en una serie de 13 números desde el 31 de julio al 23 de octubre de 1920 que, para gran disgusto del autor (el primer y más acérrimo defensor de sus escritos), suprimió la “Escena segunda” entera, por supuesto contenido blasfemo e irreverente con las prácticas religiosas de los españoles (según consta en la espléndida biografía del autor, XXVII Premio Comillas, La espadas y la palabra, de Manuel Alberca, obra de imprescindible consulta y referencia cuando se habla del maestro, que cita algunas frases de esa Escena segunda –“Aquí los puritanos de conducta son los demagogos de la extrema izquierda”; “España en su concepción religiosa es una tribu del centro de África”, como causa de censura de esta parte de la obra.
En realidad, se excluyeron las tres escenas con el anarquista Mateo: su prendimiento, su encuentro con Max Estrella en el calabozo de la “Delega” y su aniquilación premeditada por la aplicación de la Ley de fugas, siendo sorprendente esta mutilación de la columna vertebral de la obra, basada en un auténtico anarquista, Mateo Morral, al que Valle-Inclán había conocido y con el que había simpatizado, junto con Ricardo Baroja, en la Horchatería de Candela, en la calle Alcalá, y que fue el autor del atentado mortal del 31 de mayo de 1906, cuando arrojó una bomba envuelta en un ramo de flores sobre la carroza nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, produciendo un balance de 25 muertos y un centenar de heridos, y cuya autoría (achacada al anarquista Morral) siempre negó el autor pontevedrés, comenzando con la visita a su cadáver (al que se le aplicó realmente la Ley de fugas) expuesto en la cripta de la iglesia del Buen Suceso, que provocará un aguafuerte del hermano de Baroja y un poema, Rosa de llamas, del propio Valle.
La reacción de Valle-Inclán, como ocurriría más tarde con María Guerrero y su esposo en la tortuosa representación de Voces de gesta -siempre escasa para el autor- yque no fue estrenada en Pamplona, una de las cunas del carlismo, fue el enfado y alejamiento de trato con quien no valoraba su obra, incluso con María Guerrero y su marido, Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero – figuras importantísimas de la escena española en su doble faceta de actores y empresarios-. De esta manera, no volvió a publicar en el semanario España más que un pequeño texto en 1922, boicot semejante al que realizó con el diario El Sol cuando publicó, también censurada, por entregas, su Divinas palabras, y con el que apenas colaboró hasta 1931.
En un terreno más personal tuvo una pelea callejera con el bohemio ruso Ernesto Bark (Ernest von Bark Schultz), publicista y periodista de adopción madrileña que se sintió ridiculizado en la figura de Basilio Soulinake, y que, en la vida real, se había opuesto al entierro del cadáver de Alejandro Sawa (trasunto real de Max Estrella) aduciendo que se encontraba en estado cataléptico por una sobredosis de morfina inyectada, erróneamente, por su mujer, de la misma forma que el personaje de Luces de bohemia, Basilio Soulinakealude a sus supuestos conocimientos médicos para hacernos creer que Max Estrella no está realmente muerto, provocando una de las escenas más cómicas, de un retorcido humor negro, al final de la obra.
El segundo nacimiento de Luces de Bohemia se produce en medio de la recuperación del autor de un cáncer de vejiga del que es operado recibiendo un tratamiento dolorosísimo, del que se va recuperando a principios de junio de 1924, mientras sale de la imprenta su mejor obra teatral, esta vez sin censuras y en todo su esplendor, editada por “Renacimiento” (volumen XIX de su Opera Omnia) , con quien tiene sus más y sus menos, recibiendo una elogiosa crítica de Gómez Baquero, Andrenio, famoso periodista y crítico de su época, comparable en erudición a Leopoldo Alas o Manuel de la Revilla, que le defendió de la mordaz crítica del filólogo, miembro de la Real Academia de la Lengua Española y diplomático, Julio Casares Sánchez, autor del Diccionario ideológico de la lengua española que en su obra Crítica profana (1914), había denunciado los supuestos plagios de Valle-Inclán.
Son los tiempos del Directorio militar de Miguel Primo de Rivera -que le calificó de “eximio escritor y extravagante ciudadano”- , de Alfonso XIII y de la Guerra de Marruecos, malos tiempos para la lírica, parafraseando la conocida canción, o al contrario, un inmejorable momento para oponerse al poder, pues Valle-Inclán inicia un largo y tortuoso camino político que parte de su amistad con Carlos VII, su defensa del carlismo y el cristianismo, para desembocar en una admiración por el anarquismo y la amistad sincera con Manuel Azaña, y el respeto por Indalecio Prieto y Alejandro Lerroux, lo que se puede apreciar en la entrañable escena donde Max Estrella coincide en un calabozo con el anarquista catalán.
¿Qué papel le queda, entonces, al esperpento, en relación con la época actual, tan solo la de valiosísima antigualla arqueológica teatral o corbacho de la sociedad y azote de látigo a los malos políticos, a los pésimos ciudadanos contemporáneos?
Hasta el propio Azaña dudaba de la verdadera idiosincrasia de su amigo Valle-Inclán, aunque le apreciaba realmente, y hacer literatura ficción con el escritor pontevedrés parece sumamente arriesgado y soberbio, pues no sabemos siquiera de qué lado se hubiera colocado Valle-Inclán en la Guerra Civil, y mucho menos cómo hubiera interpretado estos tiempos actuales donde casi todos nuestros contemporáneos se han ido a pasear por los espejos deformantes del Callejón de Álvarez Gato. Tal vez la pervivencia de Luces de bohemia, y del propio Valle-Inclán habría que buscarla en la miseria social y personal que transmiten los personajes que transitan por sus obras, incluyendo al Marqués de Bradomín y a Rubén Dario , asistentes al entierro de Max Estrella – una parodia hamletiana absolutamente genial-. Valle-Inclán deforma a sus héroes cuando los pasea por los espejos cóncavos y convexos alejándolos de la gloria, del honor, de la admiración, de la ejemplaridad, y dejando a nuestros pies toda una galería humana que invita a reír por no llorar, convirtiendo al invencible Aquiles en un ridículo Capitán Pitito, o al astuto Ulises en un ganapán bohemio cochambroso llamado Don Latino de Híspalis.
No hay grandeza en los hijos literarios de Valle-Inclán, al contrario, una dolorosa y atemporal miseria que se asienta en los pies de barro de todos sus personajes, así Max Estrella es el primer poeta de España, y un vago bohemio, alcohólico y acanallado que presume de una honestidad mantenida con el hambre de su familia; el Ministro es un bohemio listo que supo zafarse a tiempo de los cantos de sirena de la poesía y hacer carrera en la política; el anarquista, un muerto-viviente inútil para lograr sus ideales; la familia de Max Estrella, dos buenas mujeres incapaces de atar corto al genio y lograr un sustento para sí mismas…
Valle-Inclán representa como nadie la tragedia verdadera de la vida: la mediocridad, la falta de ideales y voluntad, la ausencia de horizontes más allá del plato de garbanzos y el vaso de vino diarios, el plegamiento constante al poder, la traición a los ideales cuando interfieren en nuestro beneficio económico; la falta de cultura y de capacidad crítica; y la libertad siempre ausente y deseada, pues no se deja de nombrarla…
El localismo y la visceralidad de las obras de Valle-Inclán le convierten a él mismo en un genio mal reconocido: si hubiera nacido en EEUU y hubiera creado personajes extraordinarios moralmente, sería venerado como un segundo Shakespeare. Pero no, tuvo la decencia de nacer entre Villanueva de Arosa y La Pobla de Caramiñal (él decía, jocosamente, que en una barca entre ambas localidades donde iba su madre embarazadísima, para que no hubiera disputas entre ambas localidades), crear uno de los primeros papeles modernos de divo literario maldito y terrible (con sus barbas de chivo, su extravagante vestir, su ira bíblica ante las injusticias) y mostrar al mundo que los monstruos somos nosotros, todos, y solo nos toleramos cuando podemos reírnos ante nuestra imagen deformada en los ridículos espejos de un callejón madrileño, umbrío y estrecho.


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